Cuando alguien ha disfrutado tanto, siempre afronta con recelo un regreso, y más después de los catastróficos resultados de algunas sagas recientes. Muchos esperaban este regreso con el corazón divido, pero a pesar del placer de volver al Poniente de Martin ninguno podría imaginar que iba a ser tan satisfactorio, llegando a hacer sombra a la serie madre.
Si Juego De Tronos tenía varias señas de identidad propia, La Casa del Dragón las exprime, las aprovecha y las eleva a la enésima potencia. En una sola temporada asistimos a todas las desgracias que puede sufrir un ser humano, algunas ya vistas mucho más espaciadas en las ocho temporadas del producto insignia de HBO. La cadena lo sabe y con esta serie asistimos al nacimiento del Universo de Juego de Tronos, que se alargará con muchos más productos.

Aunque lo más llamativo sean los dragones, lo más importante son los personajes. Los tres episodios iniciales daban la sensación de quiero pero no voy a poder, pese a tener las bestias aladas en pleno apogeo. A partir del cuarto todo cambia. Tras ese paseo por Cáceres convertido en el lecho de pulgas de la capital de los Siete Reinos nada volverá a ser igual, afortunadamente. Es el primer momento donde se respira la esencia que de verdad hizo triunfar a la adaptación de las novelas Canción de Hielo y Fuego, por esas escenas de sexo y los tejemanejes de poder, mostrando que cada acción tiene su consecuencia. Uno ya no se puede imaginar lo que vendrá después, y es lo que la eleva por encima de su predecesora. Todos los episodios terminan a lo grande, cuando no es una muerte o varias, es un engaño o por supuesto una boda. Están jugando siempre con el espectador, al que tanto conocen y saben que se le va a caer la baba con cada mínima referencia a la historia de Jon y Daenerys.

Sin darse cuenta la audiencia ha caído rendida a sus pies, aceptando saltos temporales cada vez más amplios, incluyendo el cambio de las dos protagonistas, el verdadero tema central de esta temporada. Sólo hay que volver a ver el inicio, ese paseo jovial por Desembarco del Rey de las dos jóvenes, que sabiendo lo que les ocurrirá después, es para aplaudir la labor de los guionistas. El viaje en sólo 10 episodios ha sido alucinante. Además con el protagonismo absoluto a las mujeres, cambiando a Cersei, Sansa o Daenerys, por unas mucho más presentes en pantalla Rhaenyra, Alicent y la emergente Rhaenys. Mención aparte merece Daemon Targaryen, el gran personaje de la serie y probablemente de toda la saga, y que Tyrion nos perdone. Pocas veces nos encontramos con un carácter tan impredecible como la propia serie. Su evolución pasando por todos los estados anímicos que puede sufrir un hombre en su vida, y todos de forma creíble por la gran interpretación de Matt Smith. Sin duda pasará a la historia.

Es comprensible que al principio todos se sintieran decepcionados ya que tarda en arrancar, salvo para los no lectores de Sangre y Fuego, el atípico libro de Martin del que toma parte de su historia para novelizarla. Siempre hay detalles que no estaban en la obra original. Pero dada su estructura, había muchos aspectos de libre interpretación y lo se hace aquí es dar su interpretación de los hechos narrados en la cronología de los Targaryen. El resto de seguidores de la saga lo que estaban esperando eran muchas más referencias a los Stark, o los Lanister de lo que aparece al principio. Pero debía ser así, ya que la historia de los Targaryen debía ser contada con ese rey Viserys, que simplemente lo fue, porque los nobles no querían elegir a una reina. Ese es el leimotiv que provocará a la larga esa Danza de Dragones, el que parece será el punto álgido de la serie, como lo era la llegada de los caminantes blancos.

Una vez que la historia ya funciona por sí sola, sólo queda disfrutar de estas intrigas palaciegas, donde dos niñas se encuentran en el centro del meollo, sin quererlo, pero tendrán que tomar duras decisiones para defender a los suyos con terribles consecuencias. Todas las comparaciones son odiosas, pero en La Casa del Dragón tenemos un trama mucho más centralizada en las protagonistas, que ayuda a no desviar la atención, dando velocidad a la historia que avanza de un conflicto tras otro. Además se puede disfrutar mucho más de los detalles: esa daga, esos tres huevos de dragón, esa profecía… son regalos para los fanáticos de Juego de Tronos, a los que saben deseosos de todas esas referencias.

La mayor pega es el exceso del CGI, donde canta mucho la transición de todas las escenas rodadas en exteriores, con Cáceres como plató principal. Se nota demasiado cuando están añadiendo las calles o castillos por ordenador. Sobre todo chocan esas escaleras de Rocadragón, recreadas en estudio, sin necesidad de grabar en San Juan de Gaztelugache. Pero este rechazo ocurre en los primeros episodios, cuando todavía no te ha enganchado. Igual que la polémica decisión de utilizar la misma banda sonora para la intro. Una vez superado el trauma inicial solo queda disfrutar e intentar averiguar de quién son los emblemas que se van llenando de sangre en ese camino por la historia de los Targaryen, y siguiendo la tradición, va cambiando episodio tras episodio.
En resumen
Sin duda es una de las series del año, que marca el inicio de un universo seriéfilo centrado en las historias de Poniente y que promete extenderse como una marca propia, al igual que Star Wars o Marvel, el espejo donde seguramente se está mirando los de HBO. Deben seguir cuidando la historia, mejorando los efectos especiales, gastándose más dinero y tiempo en rodar en exteriores, con Cáceres como centro de operaciones en España y seguirán construyendo una historia a la que siempre será agradable volver.