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Lamine Thior: «Las redes pueden abrirte puertas, pero el escenario es el que realmente te enseña»

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Pablo Arroyo
Pablo Arroyo
Apasionado del fútbol y del cine, me considero un periodista que combina su amor por el deporte con el arte de contar historias. Con un especial interés por las obras de Quentin Tarantino. Intento explorar la intersección entre el cine y el deporte, analizando cómo las narrativas del fútbol pueden ser tan cautivadoras como las mejores películas. Siempre en búsqueda de la próxima gran historia.
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Tras consolidarse como una de las voces más reconocibles de la comedia en España, Lamine Thior continúa ampliando su carrera como actor con «Olivia», la nueva serie en la que interpreta a Iván, un personaje fundamental dentro de una historia que mezcla drama familiar y comedia. En esta conversación, el intérprete repasa cómo llegó al proyecto, habla de la complejidad de la «dramedia», recuerda sus inicios entre el baloncesto, el humor y las primeras webseries, y reflexiona sobre las redes sociales, el síndrome del impostor y el camino recorrido hasta convertirse en uno de los rostros más versátiles de su generación. 

Acabáis de estrenar Olivia, donde interpretas a Iván. ¿Cómo llegó este personaje a tu vida?

Llegó gracias a Enrique Flippi, con quien había trabajado anteriormente en La ley del mar. Durante aquel rodaje hicimos muy buena amistad y, cuando terminó, me dijo que le había encantado trabajar conmigo y que esperaba que volviéramos a coincidir. Cumplió su palabra. Tiempo después me llamó para contarme que tenía un proyecto llamado Olivia y que había un personaje que creía que encajaba conmigo. Cuando me explicó que podía interpretarlo con mi propio acento, prácticamente no necesité saber nada más. Al final, este trabajo también consiste en generar confianza con la gente con la que compartes proyectos. El talento es importante, pero también que el equipo quiera volver a contar contigo.

Olivia combina drama y comedia, un equilibrio complicado de conseguir. ¿Qué fue lo que más te atrajo del proyecto?

Precisamente eso. Creo que en España se hacen pocas dramedias y, además, es uno de los géneros más difíciles porque exige convivir constantemente entre dos registros muy diferentes. Había que encontrar el punto exacto para que el drama emocionara sin romper el tono de la serie y que la comedia fuera natural, sin caer en el exceso. Mientras leía el guion pasaba continuamente de una emoción a otra, y cuando un texto consigue provocarte eso sabes que merece la pena. A eso se sumaba el reparto y el trabajo de Juanma Pachón, que tenía la responsabilidad de mantener ese equilibrio en una serie tan coral. 

Tu personaje parece ejercer de conciencia del resto de la familia. Es quien consigue que los demás se replanteen muchas cosas.

Sí, esa también fue mi sensación desde el principio. Iván hace avanzar a los personajes con los que habla. Yo siempre digo que es un poco el «Pepito Grillo» de la serie. Es prácticamente el único que se atreve a decirle a Tomás las cosas tal y como son y, curiosamente, él lo escucha. También ocurre con Olivia o con Mario. Al final representa una idea muy sencilla: muchas veces los conflictos nacen porque estamos demasiado pendientes de nosotros mismos y dejamos de escuchar al que tenemos delante. Él actúa como ese catalizador que obliga a los demás a detenerse y mirar las cosas desde otro punto de vista. 

Además de interpretar a Iván, tuviste que adentrarte en el mundo del aceite de oliva ¿cómo fue eso?

Absolutamente. Yo partía prácticamente de cero. Lo bonito de interpretar personajes es precisamente eso, descubrir mundos completamente nuevos. Hicimos formación y aprendimos desde cómo se cata un aceite hasta todas las propiedades que tiene. Descubrí que detrás del aceite de oliva hay una cultura enorme, muchísimos matices y hasta mitos que desconocía. Recuerdo que incluso nos explicaron que hay aceites a los que se les añade clorofila para potenciar ese color verde que muchos asociamos automáticamente con mayor calidad. Son cosas que nunca habría aprendido si no hubiera interpretado a Iván. 

El rodaje en Úbeda también parece convertirse en un personaje más de la serie.

Totalmente. Para mí hay dos personajes fundamentales que no aparecen en los créditos: la música y la propia localización. Vivimos allí casi un mes y medio y acabas impregnándote del ritmo del lugar. Llegó un momento en que estaba jugando al baloncesto con gente del pueblo y formaba parte de su grupo de WhatsApp. Sales a la calle, conoces a la panadera, paseas sin prisas… Es una forma de vivir muy distinta a la de Madrid, donde siempre parece que perseguimos algo. Allí descubres que terminar de trabajar y simplemente sentarte en un banco a observar también es vivir. Creo que esa transformación que experimenté yo es muy parecida a la que vive Olivia durante la serie. 

Tus comienzos estuvieron muy lejos de la interpretación. ¿Cómo acabaste dedicándote a este mundo?

Siempre fui un poco payaso, eso ya venía de serie, pero el primer contacto real con la interpretación llegó en el instituto gracias a mi profesor de Literatura. Nos daba la opción de hacer un examen o representar un capítulo del libro que estábamos leyendo. Yo siempre elegía actuar. Más adelante, mientras hacía trabajos como modelo, conocí a unos chicos que estaban preparando una webserie para YouTube llamada 300 Pavos. Aquello funcionó muchísimo mejor de lo que esperábamos y fue mi puerta de entrada al audiovisual. Después llegué a Madrid, empecé a ir a espectáculos de comedia, terminé subiéndose yo mismo al escenario y una cosa fue llevando a la otra. Todo ha sido bastante inesperado. 

Hoy muchos humoristas se dan a conocer gracias a las redes sociales. ¿Crees que eso ha cambiado la profesión?

Las redes pueden ayudarte muchísimo y me parece fantástico que existan, pero no sustituyen la experiencia del escenario. Un reel muestra el mejor minuto de un espectáculo, pero un show dura una hora o más. He visto a gente con muchísimos seguidores descubrir, al subir por primera vez a un teatro, que hacer reír a un público durante tanto tiempo requiere herramientas que solo se adquieren actuando una y otra vez. Las redes pueden facilitarte el acceso, pero después hay un trabajo que nadie puede hacer por ti. Esa experiencia de equivocarte, corregirte y volver a intentarlo sigue siendo fundamental. 

Lamine Thior en «Olivia»

En Españul hablas de ti mismo, mientras que en Olivia interpretas un personaje muy cercano a tu personalidad. ¿Eso hace más difícil el trabajo?

Muchísimo más. Pensaba que iba a ser al revés. Creía que, al parecerse tanto a mí, Iván sería un personaje sencillo, pero descubrí que era justo lo contrario. Había momentos en los que me preguntaba constantemente dónde terminaba Lamine y dónde empezaba Iván. Tuve que encontrar pequeñas diferencias para construir una personalidad propia. Además estaba rodeado de actores con muchísima experiencia, así que apareció el famoso síndrome del impostor. Por suerte me encontré con un equipo generoso que me ayudó muchísimo durante todo el proceso y, cuando encontré esos matices que diferenciaban al personaje de mí, todo empezó a encajar. 

Precisamente hablas del síndrome del impostor como algo muy habitual entre los actores.

Lo es. Muchísimo más de lo que la gente imagina. Puede aparecer cuando empiezas, cuando llevas años trabajando, cuando cambias de registro o cuando vuelves después de un tiempo sin actuar. Siempre existe esa voz que te dice que quizá no deberías estar ahí. En mi caso apareció al empezar en la ficción porque me preguntaba si sería capaz de interpretar historias que no eran las mías. Creo que la mejor forma de combatirlo es hablar con la gente que te quiere, escuchar a quienes tienen más experiencia y seguir trabajando. Al final todos tenemos nuestras inseguridades, aunque desde fuera parezca lo contrario

¿Qué ha cambiado del Lamine de 300 Pavos al de hoy?

Yo recuerdo todavía la primera escena en la que yo entro del primer capítulo y yo recuerdo, vamos, que me temblaba hasta las pestañas, ¿sabes? Y sobre todo, me sentía que no tenía… Porque para mí, mi imagen mental con la ley de interpretación es como si fuera… A ver, como si fuera un barco. Esto va a ser un poco fumada, ¿eh? Pero como si fuera un barco, un barco que lanza como sus anclas, con muchísimas cuerdas hacia el suelo, ¿vale? Bien, barco volador, lanzar anclas hacia el suelo, ¿vale? Y me pasaba cuando, con 300 pavos, que sentía que no había cuerdas. Entonces estaban tirados a la noche.

Realmente no sabía desde qué base tiraron. Y el… Obviamente, desde ahora, tiene muchísimas cuerdas, muchísimas herramientas que hacen que siempre puedas tirar de un sitio u otro. Y creo que a medida que van pasando los proyectos y te vas formando, vas descubriendo más y más cuerdas que te permiten poder jugar realmente, ¿sabes? Y que el espacio de una cuerda a otra no es tan largo. Por lo tanto, sí te permite improvisar, te permite muchísimas cosas que, por ejemplo, yo veía con mis compañeros que lo hacían porque tienen todas esas cuerdas

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