Mentiría si no dijese que soy un fan incondicional de Alex Garland. Y que ya desde su maravillosa opera prima, «Ex Machina» (la cual os recomiendo encarecidamente, la tenéis en Prime Video), acabé enamorado absolutamente de su forma de hacer cine y, especialmente, de cómo abordaba ciertas temáticas con una acertada mezcla entre el guion y la potencia visual de las imágenes que es capaz de crear el realizador londinense y que no suelen dar puntada sin hilo.
Han pasado ocho años desde su debut y este 22 de julio llega a nuestros cines su nueva película, Men, que ha despertado en mí una sensación de ambivalencia constante durante la mayor parte del metraje.
Durante la primera parte del film, Garland pone ya toda la carne en el asador y le funciona francamente bien. En esos primeros minutos nos presenta a Harper, a la que da vida una enorme Jessie Buckley, una chica que ha sufrido un evento traumático francamente grave que decide irse a sanar sus heridas a una casa, muy aislada, situada en la campiña británica y muy lejos de la ciudad de la que ella viene.
Desde el primer momento ya vemos que algo no va bien. No sólo porque Garland va alternando flashes de esos eventos traumáticos (con un buen paralelismo con los recuerdos intrusivos propios del estrés postraumático que más que probablemente sufre el personaje) con los momentos de la llegada a la casa. Sino porque desde que el casero le enseña la vivienda ya hay esa sensación constante de que algo no marcha como debería. Ese tono malsano donde sientes como espectador que algo no encaja, pero aún no sabes que es me recordaba a los inicios de la brillante Déjame salir de Jordan Peele.
Posteriormente, la peli ya entra completamente en faena y se adentra por completo en el territorio del terror revelándose que esa escapada rural para sanar y desconectar no va a ir como a Harper le gustaría y no va a ser apta para estómagos sensibles.
La cinta, obviamente, está realizando con esta historia terrorífica una metáfora de lo que puede ser (y es, en demasiadas ocasiones) la sociedad para una mujer. Y desde el principio ese juego metafórico, con unas imágenes tan potentes y bellas visualmente, funciona bien. Mi problema viene después. Y es que, en mi opinión, el abuso de la reiteración que el propio Garland hace de todo ello acaba por lastrar el ritmo y las conclusiones de la cinta. Es fácil, como ya digo, que entendamos por donde quiere ir el realizador británico y sorprende que se empeñe en entrar casi en un bucle en un momento muy concreto de la cinta enfatizando una y otra vez su mensaje.
Debo decir, eso sí, que especialmente para los fans del terror fantástico y a pesar de la reiteración, Garland nos entrega unas imágenes tan poéticas como bellas ante las que es fácil caer rendido. La forma como el tercio final abraza el body horror hasta niveles insospechados y golpea al espectador es digna de elogio, aunque yo no haya acabado convencido por la parte escrita de todo ello.
En resumen
Creo que Men es una buena película de terror. Y que su mensaje, tan certero como necesario, acaba por diluirse por un exceso de repetición, a mi juicio innecesario. Probablemente, reducir su metraje en quince o veinte minutos le habría sentado mejor. En cuanto al resto (La dirección, la enorme actuación protagonista, la maravillosa fotografía) funcionan francamente bien al servicio de una historia que, si trasladamos a nuestro día a día, y le eliminamos el componente fantástico, pone los pelos de punta.