A Hallvar Witzø le conocimos hace ya muchos años por su primer cortometraje llamado «Tuba Atlantic», con el que consiguió una nominación a los Oscar y cierta notoriedad en los círculos del cine más indie por su estilo tan particular en el que mezclaba una fotografía muy preciosista de los terrenos helados, junto con una mezcolanza tan arriesgada como efectiva entre dos géneros tan opuestos como la comedia negra, con toques surrealistas, y el drama más descarnado. Todo ello tratando un tema tan trascendental como los últimos días de la vida de un anciano que está en fase terminal.
En esta ocasión, Hallvar se pasa del corto a un largometraje (huelga decir que hizo otro cortometraje más, que fue a Cannes, pero no se estrenó en España), y nos trae esta Todo el mundo odia a Johan donde nos cuenta la muy particular historia de nuestro protagonista a lo largo de toda su vida.
Con la particularidad de que no lo hace de forma lineal, sino que va utilizando elipsis muy pronunciadas ya que su intención es contarnos los momentos concretos que fueron más importantes para él. Es por esto que la narración va acompañada, en ocasiones, de una voz en off del propio Johan realizando algunas explicaciones o comentarios adicionales e, incluso, llegando a romper la cuarta pared.
A partir de este esquema, la cinta vuelve al mismo estilo mezclando dos tonos opuestos y una muy potente fotografía, que como os comentaba ya estaba presente en los inicios del director y asienta los cimientos de lo que va a ser toda la peli arrancando con esos padres de Johan que, luchando en la segunda guerra mundial, acabaron convirtiéndose en adictos a las explosiones y a la violencia pasando dicha «tradición familiar» a su hijo, siendo este muy pequeño. Tradición que le llevará a ser semi causante de un desgraciado accidente que marcará su vida adulta.
Tengo la sensación de que lo que más le importa al director de esta cinta es hablarnos del legado de los padres a sus hijos. Y de como ese legado puede acabar condicionando toda la vida adulta de una persona. Hasta el punto de que, por culpa de ese legado, podemos cometer errores muy pronto que ya luego son muy complicados de reparar. Más aún cuando no nos han dado ninguna esas herramientas con las que ir avanzando por la vida.
En mi opinión, ahí está toda la enjundia de la película y el verdadero motivo por el que creo que es tan buena. Creo que es muy difícil tratar de forma tan orgánica con esas dos tonalidades dentro de una misma película sin que una de las dos quede muy por debajo de la otra. Y aquí consiguen estar muy bien equilibradas en todo momento. Respetando los momentos verdaderamente dramáticos cuando hace falta y riendo de alguna locura surrealista cuando es necesario distensionar el ambiente.
Debo decir, eso sí, que es posible que esta película divida mucho al público. Y creo que es más que posible que ocurra porque ese juego que se produce entre el humor y el drama como forma de acercarnos al dolor desde una perspectiva más ligera es algo que puede resultar tremendamente chocante. Hay escenas realmente duras que consiguen sacarte una sonrisa por algún gag, pero al mismo tiempo te provocan esa incomodidad de pensar «no debería estar riéndome de algo así».
Además de que tiene, debo reconocerlo, alguna bajada de ritmo hacía la mitad de la película que puede sacar de la película a esos espectadores que no hayan acabado de entrar en esta fórmula tan particular.
En definitiva
Creo que esta es una película para los amantes del humor surrealista y muy negro. Y, especialmente, a todos aquellos que sean especialmente fans del humor «incorrecto» donde se mezclan situaciones claramente dramáticas, con claro tono de drama, con gags cómicos muy potentes que interrumpen ese dramatismo de forma brutal. Si sois ese tipo de espectador, creo que esta película os puede encajar especialmente bien. Recomendable.