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«The Sweet East»: no es un cuento

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Olga Magistris
Olga Magistris
Periodista vampirizada por las historias -leídas, vistas, escuchadas-, y admiradora incondicional de quienes consiguen hacer reír, llorar, pensar y erizar la piel con ellas. Realidad y ficción son yin y yan. Nuestro cine es mucho cine.
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Con un comienzo al que hay que darle tiempo –máximo cinco minutos- «The Sweet East» es más un diésel que un Fórmula 1 y va cogiendo fuerza y enteros según pasan los minutos. Una gran sorpresa surrealista.

Hasta su protagonista, Lillian (Talia Rider), al principio algo insulsa y nacarada, va despertando (o aprendiendo) a medida que vive su particular aventura de cuento real con una soltura pasmosa. Y pasmosa significa, que consigue ser increíblemente cautivadora, hipnótica y rotunda con muy poco.

Desde que huye de un tiroteo en una discoteca de ciudad donde está de excursión con sus compañeros de Instituto, hasta que regresa a su casa, Lillian recorre el caleidoscopio que es la sociedad americana (la del Este), como una Alicia de Lewis Carroll. Y lo hace en una atmósfera casi dulce, a pesar del ir y venir de los acontecimientos a cada cual más inquietante.

Así, Lillian, en su marcha hacia adelante, se ve conviviendo con un culto profesor –fascista y extra conservador- con quien se convierte en una Lolita de libro, al menos, espiritualmente; de ahí, a ser una actriz de categoría, descubierta en plena calle –el sueño de muchos- por unos directores noveles, miembros activos del ‘black power’; y, más tarde, tras ser testigo de una matanza en pleno set de rodaje, termina refugiada en un granero propiedad de un grupo de radicales islámicos.

Es su particular descenso a los infiernos del colectivo patrio yankee a través de personajes tan extremos como representativos, de los que va aprendiendo algo que le sirve para sobrevivir al siguiente.

De esta manera tan sutil, conectándolo todo, haciendo valer la imagen sobre el guión, y con una criatura casi mágica envuelta en un halo vintage como guía, el director de The Sweet East, Sean Price Williams, le da forma de cuento de aventuras a esta sátira, logrando que funcione la inconsciencia.

Menos mal que cada cierto tiempo te arranca una sonrisa socarrona a modo de bofetón cariñoso y te vuelve a centrar. Como si quisiera advertirte de que lo que ves, existe y es preocupante. Eso sí, lo hace con calma pero sin pausa, como es la película. Por cierto, su primera película.

En resumen

A The Sweet East se llega, primero, con los ojos y, después, con el cerebro, paso a paso, pero in crecendo. Cautiva. Como cuando te metes en un cuento con brujas y todo y necesitas saber su final. Solo que en lugar de reyes y reinas, pajes y princesas, héroes y villanos, la cinta pone tras ese filtro la violencia y los extremos de una sociedad polarizada, algo perdida y, un poco, sin esperanza.

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