Madre mía, «The Bear». Tercera temporada de esta serie de comedia (comedia, dicen) disponible en la plataforma Disney +. Es ponerse a verla, y querer cocinar. O querer que te cocinen algo, pero algo bueno de verdad, y te que lo aliñen y te lo emplaten delante tuya.
La continuación del final un tanto decepcionante de la temporada anterior de la serie de Chris Storer (era imposible sufrir más por el personaje de Jeremy Allen White), casi no es una continuación. Hay referencias, naturalmente, a lo sucedido anteriormente, referencias salpicadas a lo largo de la temporada sobre el rostro pensativo del personaje de Carmin, pero son tan sutiles y están tan bien aliñadas (perdón), que puedes ponerte a ver la serie sin haber visto nada sobre ella antes.
Madre mía, The Bear. Planos mucho más cortos, rostros más desencajados, referencias a situaciones vividas en las pasadas temporadas como flashes sobre la conciencia de los protagonistas, todo salpimentado (perdón) de flashbacks explicativos que añaden tensión y dramatismo al estrés de este restaurante. Esa puerta de la nevera, clave en la temporada pasada, se arregla y ya funciona perfectamente, pero el daño ya está hecho, por lo que te queda la sensación de que daría igual que siguiera estropeada (la de cosas que se estropean en este restaurante, para mi que son los Fak).
El argumento de la serie no está muy definido, al igual que en las dos anteriores temporadas, los problemas del restaurante se repiten, las personalidades siguen chocando, y las idas y venidas de los personajes secundarios, algo irregular en toda la serie, son como el aderezo (perdón) a tanto plato, tanta búsqueda de la perfección culinaria.
Pero hay algo adictivo en ver The Bear. Algo auténtico.
Hay capítulos en esta serie memorables, por concisos, por atropelladamente visuales, porque te cogen de la solapa y no te sueltan hasta que terminan. Porque te hacen, como dicen en la serie, «perderte en el plato». Porque quieres seguir viendo cada proceso culinario a esa velocidad, quieres que te lo muestren una y otra vez, como siguiendo la receta de un plato complicado en Tik Tok, antes de que el algoritmo vuelva a saltear (perdón) entre tus gustos, y te muestre otro video.
Esta temporada en una serie «familiar» como ésta (casi todo el mundo es familia, hasta los Fak, aunque no lo sean), acentúa ese aspecto un tanto incómodo para el espectador al hacer girar todas las relaciones sobre ello, descuidando las relaciones laborales, tan importantes en un escenario como el de la serie. Esto desdibuja al personaje de Sidney, un elemento extraño cuya relación con su padre parece una especie de contrapunto al resto, siendo todo ello una especie de aditivo (perdón) que, en una serie de formato corto como ésta, parece algo innecesario.
Hablando de algo innecesario, el episodio 8. Yo pasaría directamente del 7 al 9. El amargor (perdón) de Jamie Lee Curtis indigesta, tal y como pasaba en la temporada anterior, y tampoco aporta nada para entender de dónde viene el protagonista; los vínculos familiares en esta serie son lo suficientemente explícitos como para no añadir histrionismo y exageración maternal al conjunto.
Tanto Carmin como Sidney, siempre están haciendo algo, ya sea probar un nuevo plato, aplanar cajas, colocar jarrones con flores, un centímetro más allá de dónde estaba colocado inicialmente, o limpiar las juntas sucias de la mesa de emplatar.
Incluso cuando Carmin está en la cocina esperando que algo termine de hacerse, se sienta, y dibuja algo.
Por eso los episodios son cortos, porque la serie agota, es agotador ver trabajar tanto a los protagonistas, necesitamos que el episodio termine porque, sino, nos va a dar algo. Agujetas.
Se diría que como espectadores, mirándoles, les estamos interrumpiendo en su labor, en su búsqueda de la perfección, observándoles desde la mirilla del comensal que espera que les sorprendan. Y nos incitan a levantarnos y ver que hay en la nevera, abrir los armarios de la cocina y trastear entre las especias, esas del fondo, las que nunca hemos tocado desde que las compramos.
Esta serie, en realidad, no va de cocinar. Va de ser muy bueno en utilizar las manos, de ser como un orfebre, un carpintero, un alfarero… Y de contarte visualmente todo el proceso que lleva elaborar un plato exquisito intentando transmitirte el cariño por ese oficio.
Cada vez que ves un episodio de The Bear, sientes el impulso de ir a la cocina.
Y si fríes un huevo, no te queda igual. De verdad.