Estamos ya en diciembre, a punto de acabar el año, y sigo asombrándome del maravilloso año que está teniendo el cine español. Sinceramente, no recuerdo ningún otro año donde se hayan producido tantísimas películas de calidad tan alta. Y, lo que es más importante, películas realizadas por directores/as que, en muchos casos, son primerizos. Hecho que permite augurar un enorme futuro para nuestro cine.
Es el caso de Mikel Gurrea que debuta en el largometraje con Suro; pero también lo es el de la maravillosa Alauda Ruiz de Azúa con sus Cinco lobitos o el de Carlota Pereda con Cerdita -hay más realizadores/as, pero no caben todos en estas líneas, lo lamento-. El talento joven que está llegando a nuestras pantallas a base de esfuerzo, trabajo y brillantez creo que merecería un artículo aparte y ser reivindicado a capa y espada.
En cualquier caso, volviendo a la película que nos atañe -y que llegó a nuestros cines el 2 de diciembre- encontramos en Suro una extraña, pero muy eficaz, mezcla de temáticas. A priori, si nos basamos en la premisa inicial, estamos ante una película en la que se nos relata la historia de una joven pareja de dos idealistas que decide, un buen día, abandonar su vida en la ciudad e irse a vivir a una casa bastante aislada y rodeada de bosque donde llevar a cabo su plan de vida futura. Esta premisa podría haber supuesto, en otras manos, la enésima historia de amor en un paraje apartado. Pero, por suerte, no es el caso de Suro.
El largometraje dirigido por Gurrea no solo nos muestra esa parte centrada en la convivencia, en los pactos que se producen en una pareja cuando se realiza un cambio tan absolutamente drástico a todos los niveles, y en las formas en que el statu quo cambia, sino que nos introduce distintas variables, como es el trabajo del campo o la inmigración asociada a este, que le permite realizar un profundo y muy inteligente drama social.
La película va mucho más allá de lo que a priori podríamos esperar de ella -o, al menos, de lo que esperaba yo, quizá de forma muy prejuiciosa por mi parte- y juega muy bien con los géneros. Realizando, en primer lugar, un retrato de los dos miembros de la pareja cuando inician su andanza en este lugar, para ir mostrándonos, poco a poco, como los diferentes conflictos que deben gestionar van haciéndoles crecer tanto de forma conjunta como por separado como individuos. Y, lo que es más importante, va mostrándonos como las ideas que a priori compartían sobre temáticas claves en su vida, y que parecían férreas e inamovibles, quizá pueden tambalearse muchísimo antes de lo que cabría esperar a poco que viene un mal oleaje.
Además, todo ello lo narra consiguiendo generar una tensión creciente que nace en casi cualquier escena -hecho que me ha recordado, salvando las distancias, a As bestas– y que ayuda a que la película funcione con un ritmo muchísimo más elevado de lo que suele ser habitual en largometrajes de este corte.
En definitiva
Suro va jugando poco a poco con las situaciones que expone para que tanto los personajes como nosotros, los espectadores, vayamos formándonos una opinión ante lo que estamos viendo. Y que, de esa forma, se produzca crecimiento y un aprendizaje a través de, en ocasiones, el conflicto y en otras del dialogo.
Creo que gran parte de la magia de la cinta se sitúa precisamente en no quedarse en lo superficial y en lo artificioso decidiendo, en cambio, bajarse al barro convirtiéndose, por momentos, en una historia muy cruda cuando lo que está narrando lo requiere. Además, es una cinta que cuenta con una actriz como la copa de un pino como es Vicky Luengo que vuelve a demostrar -y ya van unas cuantas veces- que está entre las más talentosas de nuestro país. Muy recomendable.