En la sociedad ultraconectada en la que vivimos, la justicia debería estar cada vez más en las manos de los ciudadanos. Las evidencias que se pueden grabar con el móvil, las protestas en redes sociales y la facilidad para reaccionar a una emergencia desde cualquier lugar deberían facilitar que la sociedad mantuviera un orden a través de los seres humanos. Pero si, como de costumbre, se abusara del poder de la tecnología, ¿en que lugar nos dejaría eso? Sin piedad plantea un futuro cercano en que las inteligencias artificiales toman el rol de juez, jurado y verdugo en los juicios por los crímenes más atroces.
Chris Pratt interpreta a un policía que tiene el dudoso orgullo de haber llevado al primer detenido ante el proyecto «Mercy»: un juicio rápido en el que el acusado tiene noventa minutos para demostrarle a una inteligencia artificial que existe una duda razonable en su acusación. Para ello dispone de todos los recursos al alcance de la propia IA: contactos, cámaras de seguridad, acceso a la nube de cualquier dispositivo móvil… Si el sujeto no logra bajar del 92% de probabilidad de haber cometido el delito cuando el reloj marca cero, será ejecutado por la misma silla en la que se le juzga. La historia arranca cuando el protagonista despierta en las instalaciones de «Mercy», acusado de haber matado a su mujer.
Lo que sigue es una hora y media de diálogo entre Chris Pratt y Rebecca Ferguson (que sirve de rostro y voz de la IA) para aportar pruebas que puedan generar una duda razonable. Si el mecanismo narrativo puede recordar al de 12 hombres sin piedad (Sidney Lumet, 1957), el dispositivo visual no puede estar más alejado de una cinta de juicios convencional. El cineasta Timur Bekmambetov elabora un collage de iconografía contemporánea con imágenes de cámaras de seguridad, estética de videollamada, historias de Instagram… todo al servicio de la trama. Todo al servicio de la defensa de un amnésico Chris Pratt.

El punto fuerte de la cinta es el ámbito conceptual. La narración es siempre consecuente con el universo que ha creado y es capaz de beber de todo tipo de medios y referentes. Para Bekmambetov, el futuro es una sobredosis de imágenes e información, a medio camino entre el videojuego y la estética de Minority Report (Steven Spielberg, 2002). A la película no le da miedo proponer y nunca es categórica respecto al uso de la inteligencia artificial. El cineasta parece tener claro que es una herramienta que facilita la burocracia y elimina el sesgo humano, pero Sin piedad se encarga de estar siempre del lado de la empatía, sea esta natural o artificial.
Sin piedad es una propuesta refrescante en el campo de la ciencia ficción porque resulta urgente y reconocible sin llegar a resultar prefabricada. Es posible que su violencia, su identidad estadounidense o su falta de contundencia ante la amenaza de una rebelión de las máquinas pueda resultar repelente para cierto público, pero más allá de sus tesis, es una película que se toma en serio a si misma y va hasta el final con su propuesta.

Pues gemini es malísimo, parece semianalfabeto.
Pedro Sanchez es una IA o es así de tonto