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«Segundo premio»: Granada es la bomba

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Sergio Román
Sergio Román
Cinéfilo empedernido y cineasta de vocación. He desarrollado mi trayectoria delante y detrás de la cámara, dentro (haciendo cine) y fuera (escribiendo sobre él). Me gusta Alex Cox y me gusta Michael Bay. Nada humano me es ajeno, y si es de cine menos.
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La nueva película de Isaki Lacuesta -rodada en colaboración con Pol Rodríguez– supone un soplo de aire fresco dentro de la moda de los biopics musicales, no ya por alejarse de esa tendencia a blanquear a sus protagonistas, sino por su escaso interés en ser fieles a la realidad. Así, «Segundo premio» se acerca más a un ejercicio de memoria en el que los recuerdos son tan importantes como las lagunas que los acompañan y la ficción, tan real como la propia realidad. Esta es una película de Los Planetas que, tal y como nos advierten al inicio, no es en realidad una película sobre el grupo Los Planetas.

Interpretada por músicos reales -soberbios Daniel Ibáñez, Cristalino y Mafo– y por la actriz Stéphanie Magnin –la única cuyo personaje tiene nombre, concretamente el de May Oliver, bajista original del grupo-, la película rebosa verdad en cada plano. Lakuesta y Rodríguez nos guían a través de un sueño granulado en formato cuadrado donde el grupo se mimetiza con la ciudad de Granada, con sus bares, sus procesiones y sus tambores, en una fantasmagoría que recuerda al Super-8, al cine de Iván Zulueta y Jess Franco y, como no, a las películas de vampiros de otra época. Los hallazgos visuales son innumerables y la mirada límpida sobre la historia nos hace creer que los cineastas inventan con cada plano, situándolo todo en la dimensión del punto justo, consiguiendo un resultado de una sensibilidad muy equilibrada. Así, la experiencia no podía ser más honesta y más estimulante.

Las escenas de los conciertos tienen un componente narrativo que las aleja de ese virtuosismo ampuloso para epatar al espectador, más propios de estas películas, y se acercan más a la visión de Aki Kaurismäki cuando rueda a gente tocando en un escenario, siempre tratando de hacer avanzar la historia con las canciones. Esta cualidad intimista nos lleva a un estado de trance que aumenta a medida que avanza la película, que podríamos describir como un inmenso sueño en el cual sus responsables se mueven con una facilidad pasmosa, entregándose a la experiencia de forma juguetona.

Hay momentos que recuerdan a esos sucedáneos con aroma publicitario que derivaron de los excesos contemplativos de Terrence Malick –y torpemente realizados en películas tales como Mientras dure la guerra (Alejandro Amenábar, 2019)-, pero aquí están sorprendentemente bien, dosificados y maravillosamente integrados en lo que se está contando. Mención aparte merece la escena de la telepatía entre la expareja que se reencuentra en una cafetería, mirándose con gafas de sol y manteniendo una conversación sin articular palabra.  O el momento en el que uno de los personajes levita –a la manera de Ethan Hawke y Amanda Seyfried en El reverendo (Paul Schrader, 2017)-, la pelea en el bar con los amigos repartiendo leña mientras los clientes permanecen impasibles en la barra, la salida del local de ensayo a una luz diurna cegadora… Un festival de grandes momentos hilvanados a través de un viaje puramente sensorial que es, en resumidas cuentas, una historia sobre la amistad, una historia sobre música y quizás, por encima de todo, una carta de amor a Granada, la única ciudad que tiene nombre de bomba. 

Isaki Lacuesta siempre ha sido un cineasta entre dos aguas, un autor-artesano, un artesano-autor. Un cineasta de raza, a fin de cuentas, que no tiene miedo a desempeñarse en películas muy diversas, algunas incluso con premisas poco interesantes, pero que sin lugar a dudas siempre tiene algo que decir y siempre despliega una mirada personal y desprejuiciada sobre los temas que trata. Sorprendente resultaba su anterior incursión en el cine basado en hechos reales –en aquel caso los hechos acontecidos aquella funesta noche en la sala Bataclan de París- pero el resultado, al igual que este, aporta un enfoque diferente, lleno de inventiva y con una sensibilidad inaudita. Al igual que Marc Recha, es un cineasta fronterizo que escapa a cualquier definición y del que sin duda podremos esperar cualquier agradable sorpresa en los años venideros.

En resumen

Con la llegada de Disco Ibiza Locomía (Kike Maíllo, 2024), merece la pena programar una sesión doble con la película que nos ocupa y hacer un viaje al pasado musical de nuestro país desde dos perspectivas radicalmente opuestas pero muy honestas con el momento y el lugar que retratan.

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