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«Querer»: Querer abonarse

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Carlos Muñiz Vidal
Carlos Muñiz Vidal
Intento huir de las películas y las series, pero ellas me persiguen. Desde mis estudios de audiovisuales a mi trayectoria profesional en canales temáticos, puede que sea yo el que las persiga a ellas. Fascinado por las historias desde siempre, sean éstas a través del cine, la literatura, el teatro o la televisión, en esta época de plataformas intento buscar esa fascinación oculta en el algoritmo que nos impide descubrirlas.
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Hubo un tiempo en el que abonarse a una plataforma era la única manera de poder ver las mejores series internacionales, series con una legión de seguidores fuera de nuestro país. Esta plataforma no era una plataforma, era un canal, y se llamaba Canal Plus.

Allí, y sólo allí, se podían ver Urgencias, Expediente X, Frasier, Friends o Seindfeld o posteriormente ya en plena vorágine de contenidos de la era Netflix y HBO, productos en exclusiva de la calidad de Juego de Tronos, Mad Men, A dos metros bajo tierra o series de producción propia extraordinarias como Crematorio, Antidisturbios, Hierro o La Zona.

Después de una travesía larguísima, llena de naderías, Movistar + ha producido una serie original que merece una suscripción. Esa serie es Querer.

El impulso con producto de temática local es una de las apuestas que suelen acompañar a la oferta audiovisual de cualquier plataforma internacional, para añadir un plus de contenido más reconocible y en esto Movistar + es la plataforma pionera en el ámbito nacional. Pero tras los fiascos de Supernormal (humor español, en la peor definición del término), La Fortuna (¿Era de Amenábar? ¿Seguro?), Paraíso (un sinsentido de serie), o Todos Mienten (muchos actores conocidos y cero argumento), la mayoría con varias temporadas incluso, Movistar Plus+ recupera con un producto de calidad como éste el liderazgo en cuanto a calidad dramática nacional que HBO con Patria, o Disney + con Nos vemos en la otra vida iniciaron en la producción propia española los últimos años.

La travesía ha sido larga, y finalmente nos llega esta ficción de Alauda Ruiz de Azúa, directora que nos emocionó con esa pequeña maravilla titulada Cinco lobitos. A la vista de los resultados en la calidad de las interpretaciones de todas sus obras hasta la fecha, incluyendo sus estupendos cortometrajes, cabría pensar que la dirección de actores en esta serie estaría a la altura.

Pero aquí navegamos en terreno firme, con ni más ni menos que Nagore Aramburu, la inolvidable Ane de Loreak y Pedro Casablanc, cuya transmutación como Luis Bárcenas en B hacía al mismo tiempo que el personaje te inspirara compasión y asco.

«Querer» es una serie original Movistar Plus+ en colaboración con Feelgood Media y Kowalski Films

En el caso de Aramburu, mostrando a ratos su sensibilidad y debilidad, avergonzada y vulnerable, y en otros una determinación en la mirada que quita el aliento, especialmente cuando tiene que enfrentarse a la incomprensión de sus hijos y de la sociedad, una determinación que es la base de su rebeldía.
Casablanc, desde la enorme capacidad de este actor, partiendo de la incredulidad, de un amago de respuesta violenta que sin embargo no se produce (otro acierto de esta serie), y terminando con una aceptación y resignación que te deja sin aliento, como si la propia sociedad le hubiera pasado de largo al personaje, algo muy difícil de mostrar sin sustentarlo de texto, sólo con los gestos apesadumbrados de este actor y su profunda voz, con esa violencia solamente insinuada, desde la cual resuena toda la amargura del personaje y esa transmutación orgullosa del último episodio, después de la sentencia, transmutación que también afecta al personaje de Aramburu, aunque en distinto sentido.

El tema, al igual que en Cinco Lobitos, no es nuevo (la maternidad allí, la violencia de género aquí), pero si algo demuestran las grandes historias audiovisuales es que no es necesario partir de algo extremadamente original. Probablemente éste sea el error de muchas de las propuestas que nos llegan a las plataformas, llenas de arranques rompedores que en un par de capítulos (a veces, en un par de minutos) se pierden por el desagüe de la nadería más absoluta, principalmente porque como decía Hitchcock, es mucho mejor partir del cliché, que llegar a él.

En un planteamiento inicial que parte de unas circunstancias ambiguas dentro del debate sobre la violencia machista, como para que ni el marido parezca lo suficientemente culpable, ni la victima lo suficientemente inocente, el modo en como se cuentan los episodios, con una reafirmación en el papel de la víctima, pero sin olvidar la cobertura social que recibe el agresor, los pocos episodios de esta mini-serie evolucionan de menos a más, empezando el conflicto familiar por el hijo menor, más sensible y por lo tanto próximo a la víctima, y terminado con el mayor, cuyos paralelismos con el padre son la parte más floja de la serie, esquematizando demasiado ese vínculo y sus resultados, y sin dotar de profundidad a ese personaje, un poco por culpa de la poca duración de la serie, y por la plana interpretación de Miguel Bernardeau.
Adentrarse en esa casa ya vacía sin la madre, para descubrir que el padre se encuentra un tanto desamparado sin ella, pero que ni mucho menos es el monstruo que en otras ficciones de tema parecido nos estarían mostrando en el primer o segundo episodio.

Algo tan atávico como la violencia sexual siempre está lleno de gestos que no transmiten lo que es, que ayudan a ese disimulo, a seguir día a día sin reparar demasiado en ello.

Por eso el personaje de Aramburu, en la maravillosa escena inicial posterior a la denuncia, con la maleta en la puerta, hace el amago de empezar a hacer la comida y seguir como siempre, en un reflejo condicionado fruto de años de maltrato, temor y presión social. Ese desamparo social de su personaje es, en contraposición con el apoyo social de cualquier víctima, lo que nos hace posicionarnos de su lado desde un principio, ya que el personaje de Casablanc parece, en ocasiones para la sociedad que les rodea, una víctima. Así de buena es la serie.

Y hay que hablar de las elipsis, otra muestra de que la serie es estupenda. Las elipsis son ese punto y aparte que se necesita para contar bien algo, son las que puntúan la historia, y también son las responsables de que tu cerebro y tu imaginación trabajen pensando en lo que ha sucedido antes, y sobre todo en lo que puede suceder después.

Aquí son maravillosamente certeras. A veces parece que empiezan tarde o que acaban pronto, pero que va, están perfectamente medidas. Esos tres años antes del juicio, esa ausencia de escenas dramáticas perfectamente justificables como un divorcio, en beneficio de la profundidad en los diálogos que hacen referencia a esas situaciones que no hemos visto, nos dejan el poso de una historia contada con lo justo y necesario para que saques tus propias conclusiones.

Y en parte de obligan a escudriñar en la mirada de cada personaje, para ver su sufrimiento en esa mirada, no en lo que hemos visto que ha vivido. De ahí que el trabajo interpretativo sea de primera magnitud.
Con el mismo material Shonda Rhimes (Anatomía de Grey o Scandal) hace 5 temporadas de 20 episodios.

Y apenas hay música remarcando nada, todo se dice a través de los encuadres y las miradas, no hay planos angustiosos ni cortes de montaje efectistas, en una contraposición a la violencia soterrada de lo que se cuenta, que a ratos estremece. Y viniendo del mundo publicitario, es todavía más sorprendente que esta directora nos muestre esta historia precisamente como debe de ser mostrada, sin aspavientos. Porque así te la crees más.

En esta serie cuyos capítulos son palabras en infinitivo (Querer, Mentir, Juzgar, Perder), la sensación que te queda después de ver el último episodio, es que al final, Perder, es en realidad, Ganar.

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