¿Se puede no contar nada en casi dos horas de metraje? ¿Se puede pensar en un título que no aclara la película ni le da sentido? ¿Se puede quedar en nada la interpretación de una grande por culpa de un personaje indefinido? Se puede, sin ninguna duda. La prueba, «Necesidades de una viajera».
Y aquí, un inciso para decir que el director y guionista coreano Hong Sang-soo (Ahora sí, antes no o In wáter, entre otras) es de los que tiene o incondicionales radicales u odiadores extremos que le echarían del mundillo. Es decir, que habrá quien esté flotando en sensaciones kármicas después de ver su última película. Totalmente lícito.
Es verdad que el estilo del coreano es muy particular, muy de creador de delicadas miniaturas cinematográficas, y cuenta con alguna joya en su filmografía que hay que ver, pero no es el caso de la que nos ocupa. Esta vez, no.

En Necesidades de una viajera se ha pasado de frenada con lo pequeñito e íntimo y nos ofrece una película en la que hay poca cosa. Y lo que hay, no aporta. Ni el argumento, ni la construcción –por decirlo de buenas maneras- del personaje, ni los diálogos, ni la gran parte de las escenas.
Si acaso, por encontrar un hilo válido del que tirar, nos podemos imaginar –corre de nuestra cuenta el esfuerzo- que el director nos plantea el poder de la poesía como un lenguaje universal para expresar sentimientos en cualquier idioma y el vehículo para aprender uno distinto del nuestro. Pero lo cierto es que ni eso. Ya me gustaría.
Ni la potente actriz francesa Isabelle Huppert en el papel de Iris, una mujer de mediana edad, suponemos que francesa, a la que encontramos en Corea del Sur sin dinero y sin recursos, acogida por un joven que le sugiere que utilice su conocimiento del francés para dar clases, sirve para algo.

A todo esto, de Iris no sabremos nada en toda la película: ni quién es, ni qué le llevó al país asiático, ni de dónde viene, ni a dónde va. Es un personaje que le toca construir, por decreto ley, a la espectadora a partir de un guion que parece el resultado de un cadáver exquisito sin pulir. Sería una buena estrategia, si no fuera porque llegado el momento, falta interés y pilla mosqueada.
Aun así, he aquí mi personaje (podría ser también el de cualquier otra):
Que Iris sufre por algo. Se puede deducir por su constante ingesta de makgeolli –confiesa meterse a diario hasta dos botellas-, una bebida alcohólica tradicional coreana hecha a base de arroz.
Que es un alma resignada ya solo dispuesta a improvisar y disfrutar. Esto, deducido a partir de sus siestas sobre las rocas o su gusto por meter los pies descalzos en los charcos.

Que tiene algo de elegancia rota de bailarina de otro tiempo, sin interés por su reconstrucción. Lo imagino por su forma de caminar, lenta y etérea, como si nunca avanzara lo suficiente y acabara de irse.
Que ni le sorprende ni le interesa lo superficial e insulso que puede ser el humano. Porque escucha sin inmutarse, una tras otra, a sus dos alumnas de francés las mismas frases para explicar sus sentimientos.
Hablando de personajes, ahora caigo en que solo son siete los que interactúan con Iris y aparecen en la cinta. Ocho, si contamos a la dueña del restaurante donde come y bebe makgeolli. Posiblemente, otro rasgo de minimalismo de Sang-soo.
Son pocos, intrascendentes, y fumones, como la protagonista. Curioso esto último, porque tampoco aporta nada y, sin embargo, el cigarro es eje de algunas escenas para continuar la acción (calificativo generoso) en el exterior y enlazar lo mismo todo el rato.
En resumen
Necesidades de una viajera es la típica película de preguntas sin respuestas, de la que hay que leerse las reseñas antes de decidirse a ir a verla y, luego, obrar en consecuencia. Si la decisión es sí, asumir que, además de pagar la entrada, vas a ser tú quien le dé rango de historia. Y que si sales del cine algo cabreada siempre te puedes consolar con la idea de que, si bien es un borrón en la filmografía del director Hong Sang-soo, es Hong Sang-soo al fin y al cabo.