Si me pongo a pensar en series canadienses me vienen a la mente la brillante «Anne with an E», una serie perfecta para adolescentes con intereses literarios, pero también la inquietante «Orphan Black», aunque ninguna de ellas estaba hecha para mí. Así, que si me ponen por delante la nueva serie canadiense que estrenará el próximo 5 de octubre Movistar+, «Moonshine», sobre varios hermanastros que se disputan la herencia de un viejo resort de la costa sur de Nueva Escocia, entenderéis que se me haga muy cuesta arriba.
Se supone que es una comedia, pero a mí no me hace mucha gracia, no me siento implicado en las vidas de esta familia o en la de los turistas que se acercan a pasar el verano allí. Ni siquiera empatizo con las tribulaciones de la hija mayor, Lidia, una arquitecta prestigiosa y de éxito que regresa para heredar gran parte de ese negocio familiar. Lo observo desde la barrera con cierta distancia, pues me cuesta enrolarme en sus vidas o en sus aventuras. La vida es mucho más jodida de lo que les pasa a los Finley-Cullen, por tanto, no veo que haya que compadecerse de ellos ni sentir una mínima lástima por ellos. Al fin y al cabo, Moonshine, es de esos lugares bonitos en los que no te importaría estar de farra y bebiendo cerveza.
Estamos en un territorio emocional que se le da muy bien a los americanos. Ellos sí son capaces de trasladarnos a un pueblecito de cualquier rincón de Estados Unidos y hacernos partícipes de una historia emocionante, por pequeña que sea. Me acuerdo de Beautiful girls de Ted Demme, el gran Ted Demme, aquella historia del pianista Will Conway que acudía a su pueblo natal a festejar una convocatoria de antiguos alumnos. Desde el momento en el que arranca la película, lo compras todo, la historia, los personajes, el dilema amoroso, las circunstancias vitales del protagonista… Parece algo sencillo, pero no lo es. Todo eso depende de lo que le pidas a una serie.
El comienzo de Moonshine es como el de Jóvenes Ocultos, un viaje en coche a un lugar desconocido en la costa, pero con la mala fortuna de que en el parque de atracciones no se esconden vampiros que le darían vidilla a la trama. Eso habría estado bien. Aquí te tienes que conformar con los dramas personales de Rhian, Sammy, Nora, Ryan y Lidia, esta última será la madre de todos, y la encargada de coger el testigo de sus padres y reconducir el negocio familiar. De paso, se encontrará a sí misma, y ayudará a sus hermanos a encontrar el camino recto (o correcto) de sus respectivas vidas. Hay tópicos por doquier pero la comedia no te llega porque no formas parte de ese envoltorio tan prefabricado y superficial, como cuando te das una vuelta y te fijas en lo bonito que están decorados los escaparates de una tienda, pero pasas por ellos sin pena ni gloria.
Moonshine es como un caramelo que no sabe a nada. No te deja poso ni te invita a quedarte, por lo tanto, la nueva apuesta de Movistar+ me parece un poco arriesgada, pero oye, hay gustos para todo. Quizá haya gente interesada en estas historias pequeñas e irreales que puedan suceder en un paraje bonito y recóndito de Canada. Ni es tan gamberra ni es tan disfuncional, ni siquiera es tan comedia, tampoco da para un pasaje costumbrista o una tragicomedia coral berlanguiana.
Si quieres darte una vuelta por el lado salvaje y conocer un pueblito con una historia de ficción que sí parezca auténtica, mejor siéntate a ver la primera temporada de Ózark (Netflix). Ahí sí que pasan cosas y también es un lugar peculiar de turistas y veraneantes. Quizá Moonshine fue glorioso en los 70, pero ni siquiera su épica leyenda o la herencia de la tía difunta nos obliga a permanecer sentados delante de la tele.