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«Llobàs (Lobisón)»: el poder de la sangre

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Olga Magistris
Olga Magistris
Periodista vampirizada por las historias -leídas, vistas, escuchadas-, y admiradora incondicional de quienes consiguen hacer reír, llorar, pensar y erizar la piel con ellas. Realidad y ficción son yin y yan. Nuestro cine es mucho cine.
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Un guion que provoca muchas preguntas porque juega al despiste entre la realidad y la metáfora; elementos contradictorios que te expulsan de la historia cada pocos minutos; un espacio temporal difícil de cuadrar, con smarphones conviviendo entre pantalones, matrículas y estética ochentera; personajes que reaparecen como espectros; y un final que, como el resto, no sabes a qué hilo de la historia corresponde.

En Llobàs (Lobisón) pasa todo esto y pasa muchas veces a lo largo de la película. Salvo por las tres magníficas interpretaciones de León Martínez (Adrià), Pol López (Ramón) y María Rodríguez (Tona), el segundo largo como director de Pau Calpe Rufat no aclara lo que quiere contar: si criticar la discriminación hacia las personas diferentes; si denunciar la deshumanización y contradicción del ser humano; si poner de manifiesto lo peligroso de la ignorancia y de la inacción, o demostrar la fuerza de lo salvaje frente a lo doméstico. O al revés. O todo junto.

Adrià es un adolescente que se siente hombre lobo. Como tal, todas las noches de luna llena sale de caza. Adrià lo tiene fácil porque vive en una autocaravana destartalada con su hermano Ramón y Tona, su novia. Los tres van de pueblo en pueblo, a cada cual más aislado y violento, huyendo de los problemas que ocasiona el chico allí donde se asientan.

Adrià no habla, duerme a la intemperie sobre un colchón a los pies de las ruedas, tiene su propio plato para comer y depende, como un perrillo, de quienes le tienen a su cargo. En el caso de Ramón, lo hace por amor, porque la sangre tira, es cierto, pero también por interés; porque la condición de su hermano pequeño le sirve de excusa perfecta para agarrarse a la vida que quiere vivir. Una vida sin obligaciones ni ataduras, sin paredes fijas, agua corriente, ni reglas, pero con cientos de lagos, campos, praderas y playas que recorrer. Una vida para la que no exige respuestas porque no se platea preguntas.

Solo Tona, el personaje disruptivo harto de ser nómada, que aspira a quedarse en un mismo lugar para aburguesarse y procrear, hace la única y más atronadora de ellas, tras conocer otro episodios de sangre a la luz de la luna llena que les obliga a coger carretera y manta: «Pero, ¿por qué es así?».

A modo de respuesta, Calpe Rufat ofrece escenas intercaladas en la historia principal del pasado de Adrià vagando por los montes junto a su padre trastornado, obsesionado por convertir al chico en el Gran Lobo que cree que es, y vengarse de una vida repleta de desprecios.

Así las cosas, la historia se desborda hacia lo previsible. Mientras tanto, desde la butaca tratas de encajar a Adrià en alguno de los contextos lleno de flecos de realismo mágico sin conseguirlo del todo.

Y, de repente, en ese proceso va el personaje y toma una decisión, la única. Y elige. El único atisbo de racionalidad que demuestra el muchacho en toda la película es, curiosamente, el que le conduce definitivamente a lo inevitable.

En resumen

A falta de centrar el tiro, lo cierto es que la idea de Llobàs es tan atractiva como arriesgada y, quizá, a esta cinta le haya faltado concreción. Utilizar el mito del hombre lobo es interesante para explicar la complejidad del ser humano, pero tiene sus riesgos si se deja a medio camino entre la alegoría y la realidad.

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