«La chica zurda» (2025) marca el debut como directora de la taiwanesa-estadounidense Shih-Ching Tsou, tras una larga trayectoria como productora en el cine de Sean Baker, que aquí firma el guion, además de participar como productor y editor. Candidata a los Premios Óscar 2026, la cinta lejos de sentirse como un simple apéndice autoral, dialoga con el universo de Baker desde una sensibilidad propia, más contenida y atenta a los pliegues íntimos de la vida cotidiana.
El film retrata a una madre soltera, Shu-Fen (Janel Tsai), y a sus dos hijas I-Jing (Nina Ye) e I-Ann (Shih-yuan Ma), que sobreviven en las calles nocturnas de Taipéi, regentando un humilde puesto de fideos en el mercado de la ciudad taiwanesa. La precariedad económica no es un telón de fondo, sino la condición estructural de sus relaciones: cada decisión está mediada por la urgencia de llegar al día siguiente. Shih-Ching Tsou observa este ecosistema urbano, su Taiwán natal, con una cámara cercana, casi táctil, que rehúye tanto el miserabilismo como la postal exótica.
Como es habitual en una obra escrita por Sean Baker, la película sitúa uno de sus centros morales en una niña: I-Jing, la hija menor, interpretada con una combinación inquietante de candidez y determinación. Sin embargo, La chica zurda no recurre a la mirada infantil como espacio de pureza o refugio, sino como un prisma desde el que observar, sin filtros, la violencia cotidiana del mundo adulto. La niña ve, aprende y actúa dentro de un sistema de injusticias que no cuestiona, porque ha aprendido a habitarlas. Sus pequeños robos, acompañados por música folclórica taiwanesa, no funcionan como gestos de rebeldía ni tampoco como simples travesuras, son actos racionalizados desde una lógica infantil atravesada por la superstición y el afecto: el abuelo (Akio Chen) le ha enseñado que usar la mano izquierda es dejarse guiar por el diablo, una explicación que desplaza la culpa hacia una fuerza externa y le permite convivir con la contradicción. En ese marco, apropiarse de objetos para revenderlos se convierte en una forma silenciosa de ayuda, un intento torpe pero sincero de aliviar el sufrimiento de una madre exhausta. La infancia no aparece protegida ni idealizada, está plenamente integrada en el engranaje moral y económico de la precariedad.

En La chica zurda, las figuras masculinas rara vez ocupan el centro del encuadre, pero su influencia atraviesa el relato: se manifiestan como deudas, normas, silencios impuestos o ausencias que condicionan la vida cotidiana de las protagonistas. La única fisura en esta lógica se encuentra en el vendedor del puesto de al lado, Johnny (Teng-Hui Huang), una presencia discreta que no ejerce autoridad ni promete redención. Johnny comparte la forma de vivir desde un plano de igualdad poco habitual. A partir de este desequilibrio, la película trasciende el marco del melodrama familiar o del realismo social para explorar, a través de tres generaciones de mujeres, el choque entre tradiciones, supersticiones y códigos morales heredados, y una estructura familiar sin figura paterna con los valores propios de un mundo globalizado. Los conflictos no estallan como giros dramáticos inmediatos, aparecen como capas de un pasado nunca del todo verbalizado que sigue moldeando el presente hasta su detonación.
En el apartado formal, Tsou hace un uso preciso del sonido y del color. El cromatismo vivo del mercado nocturno contrasta con la dureza material de la existencia que retrata, evitando cualquier estetización complaciente de la pobreza. El rodaje a pulso —rodada con iPhone, siguiendo la tradición del cine independiente asociado a Baker, propios de otras producciones como Tangerine (2015)— refuerza la sensación de inestabilidad constante, como si la imagen pudiera desmoronarse en cualquier momento, igual que la vida de sus protagonistas.
En conclusion
La chica zurda es, ante todo, una historia sobre vínculos familiares, maternidad y resiliencia femenina que sostiene el día a día. Seguir adelante no es un acto heroico, sino una persistencia hecha de sacrificios, mientras la película observa la lucha diaria por sostener a la familia.