Acabábamos prácticamente de salir del confinamiento por la Covid-19 en España cuando Maggie O’Farrell publicaba, en julio de 2020, «Hamnet», novela que se convertiría en uno de los fenómenos literarios más destacados de la década en el mundo anglosajón y, poco después, aquí y en todo el mundo, pues el libro, querido lector, ya se ha traducido a más de 40 idiomas. Este fenómeno literario ha dado el salto a la gran pantalla en menos de cinco años: la adaptación cinematográfica ha corrido a cargo de la directora Chloé Zhao (ganadora de un Óscar por «Nomadland») y bien arropada por la productora Amblin Entertainment. Sí, la de Steven Spielberg, que junto con Sam Mendes han tenido ambos la inteligencia y la sensibilidad de llevar a cabo este proyecto respetando con sumo cuidado el espíritu de la novela.
Quizá porque estábamos en pandemia, el mundo necesitaba una novela que llegara de manera colectiva y hablara, con delicadeza y maestría, de la pérdida y del duelo en la familia. Hamnet narra la muerte del hijo de Shakespeare (Hamnet, de 11 años) en 1596, pero sobre todo narra el dolor de su familia y, en especial, de Agnes, su madre: el absoluto motor de esta historia. Ella es la verdadera protagonista de esta obra de ficción, y O’Farrell ha querido otorgarle el lugar que le pertenece, ya que tuvo que hacer frente a aquellos terribles acontecimientos mientras el dramaturgo asumía sus idas y venidas de Londres para ganarse la vida como escritor de comedias y tragedias teatrales. Este hecho brutal en sus vidas servirá de inspiración a Shakespeare para escribir una de las obras cumbre de su repertorio: Hamnet . Según cuentan los archivos encontrados en Stratford, aparece indistintamente escrito, y de manera indiscriminada, Hamnet y Hamlet en los documentos del autor.
La novela de Maggie O’Farrell, que cuidadosamente ha sido guionizada conjuntamente con Chloé Zhao, arranca en mitad del bosque, con Agnes (Jessie Buckley) a los pies de un árbol, en posición fetal, acurrucada entre sus raíces; esta será la primera alegoría de una mujer libre, salvaje, nacida y cómoda en plena naturaleza. Ella lleva las riendas y es el corazón emocional de toda la película: una mujer intuitiva, profundamente conectada con esa naturaleza y con ese duelo. Agnes sabe perfectamente quién es, qué quiere y no permite que nadie le dicte su vida. Tiene un sentido matriarcal en una época en la que las mujeres tenían poca o ninguna autoridad y sus labores o sus designios eran los de la casa y criar a los hijos. Sus habilidades mágicas, curativas, el conocimiento herbolario, la cetrería y el misticismo que encierra hacen que el pueblo la vea como una bruja o una loca, pero ella lo lleva con dignidad y orgullo.
Hacía falta un joven Shakespeare diferente, sensible, apasionado y profundo, para hacer creíble el amor de Agnes hacia él. Por eso es tan acertada la presencia de Paul Mescal, que ya (dejando aparte Gladiator II) ha sabido demostrar su valía interpretativa en varias películas casi magistrales: Aftersun (2022), All of Us Strangers (2023) y la serie Normal People (basada en otro best seller mundial). En estas tres contadas interpretaciones ha sido capaz de demostrar el conocimiento y la capacidad de expresar la naturaleza y la sensibilidad del alma humana. Y oiga, solo tiene 29 años. Y por no hablar de su largo recorrido como actor teatral. Mescal ha elevado la interpretación de su pareja artística en Hamnet a algo de otra dimensión, algo tremendamente colosal que, dentro de 15 o 20 años, se estudiará a fondo en todas las academias de arte dramático. Por el momento, a Jessie Buckley le ha valido recientemente un Globo de Oro por esta interpretación, y quién sabe si el mes que viene también un Óscar. Desde luego, lo merece, lo merece todo.

La química entre ambos es tal que magnetiza al espectador. Hacía tiempo que no veía una sala de cine tan llena y tan en silencio, conteniendo la respiración, la tos, el aliento… Mientras escuchábamos atónitos el diálogo entre ambos protagonistas —a veces apasionado, a veces a voz en grito y otras a pleno susurro—. En España, la novela ha superado los 200.000 ejemplares vendidos, una cifra enormemente alta para una novela literaria “no comercial” en nuestro mercado. Ese éxito arrollador ha atraído a los lectores hasta las salas de cine, ávidos por ver ahora a Agnes y a Will en la gran pantalla.
El casting se ha centrado en actores británicos o con fuerte presencia en el cine independiente, lo que le da un tono aún más íntimo e histórico a la película. No en vano tenemos a Emily Watson, una secundaria de lujo, muy importante, que encarna de manera magistral a la madre de Shakespeare y aporta experiencia, coraje y profundidad a la familia. O a Joe Alwyn, el cuñado de Will, que genera un rol de protección y apoyo a la familia y será clave en la escena final de contención en el teatro para calmar la impaciencia de Agnes. Los hijos de los protagonistas están todos increíbles: la hija mayor, Susanna (Bodhi Rae Breathnach), y los mellizos, Judith (Olivia Lynes) y Hamnet (Jacobi Jupe), que representan la escena más dolorosa de todo el pasaje por culpa de la peste bubónica. Y como consecuencia activarán el terremoto actoral de Jessie Buckley; acuérdense de ese grito sordo cuando llega la muerte. Es todo pura verdad.
Lo que sucede en la pantalla, en términos de interpretación, es de lo más impactante que se ha visto en años. Y, en efecto, no es fácil conseguir a un compañero con el que mantener una química tan excepcional y única; Mescal maneja como nadie su capacidad de transmitir emociones contenidas y complejas. Asistimos a un Shakespeare tan ambicioso como vulnerable, marcado por el dolor y la pérdida, por humanizar a un mito que nos parecía tan distante o quizá más romantizado y casi estereotipado (recuerden el Shakespeare in Lov de John Madden de 1998).
Hamnet es un lienzo cuidado en sumo detalle por una legión de artesanos que han trabajado con tesón el arte, la fotografía, el vestuario, el atrezzo, el maquillaje, el sonido y la música, que ha corrido a cargo de Max Richter: uno de los elementos más emotivos de la cinta. Nos deja una partitura etérea, introspectiva, conmovedora que encaja muy bien con el tono íntimo y delicado de la historia. Ha sabido plasmar un sonido contemporáneo usando ecos del siglo XVI —instrumentos de época isabelina (viola de gamba, laúd, virginales o flautas renacentistas) combinados con esas cuerdas suaves como en *On the Nature of Daylight*—. La banda sonora podría decirse que es un personaje más: eleva la película sin imponerse, logra fundirse bien con las imágenes de la naturaleza y los rostros de los personajes.
Pero Hamnet no es una película romántica, ni sensiblera, ni siquiera es un drama o una película trágica al uso. Antes de ir a verla, oía y leía a muchos críticos señalándole los momentos clave y evidentes en los que “nos quiere emocionar o hacernos llorar”. No lo comparto. Si Hamnet habla del dolor y la pérdida, del duelo, se trata de un dolor físico, visceral, silencioso, lleno de rabia; y es una de las actuaciones más honestas y crudas del duelo materno (y paterno) plasmadas en el cine.
Y lo mismo ocurre con el amor, que se trata en todas sus formas: el romántico y apasionado entre Agnes y William, igualitario e intenso, nacido de la diferencia mutua; pero también el amor fraternal entre Hamnet y Judith, con ecos de duplicidad y conexión casi mística (esa escena entre hermanos, por favor, esa escena); y, claro, el amor maternal y paternal: protector, instintivo y a veces, inevitablemente, impotente ante la tragedia. No hay atisbos de amor idealizado; aquí todo es real, con sus esquinas, sus tensiones y sus sacrificios.

Y como eje principal, la perspectiva femenina de la historia y el rol de Agnes: el rol de la mujer en una época patriarcal, una mujer con habilidades curativas, conectada con la naturaleza, y que hace que otros la teman o la marginen. Shakespeare es el genio, pero Agnes es el motor vital y emocional de toda la familia. Esa fuerza silenciosa que aún sigue contenida, por desgracia, hasta nuestros días.
También trasciende la conexión y la relación tan estrecha entre la vida y la muerte, lo extremadamente fina que es la línea entre el nacimiento y la nada, el “ser o no ser. Esta es la cuestión”. Lo que te da y te ofrece la vida, pero al mismo tiempo, lo que te quita y te arrebata la muerte. Cómo tanto dolor puede inspirar algo tan eterno como un gran arte nacido de ese trauma, y cómo el duelo puede transformarse en una gran catarsis creativa. Cómo el sufrimiento puede dar voz a lo inefable y cómo el arte puede ayudar a procesar lo que las palabras cotidianas no alcanzan. Esta interconexión genera el gran impacto entre lo real y lo irreal, entre lo que es realidad y lo que es ficción, en tratar de alcanzar —estirando el brazo creyendo tocar con las yemas de los dedos— algo que ya no existe, que no está y que se ha ido para siempre pero que perdura.
Parece ser que la película ha provocado un nuevo boom de ventas del libro, que ya tuvo un boca a oreja muy potente entre libreros y lectores, especialmente entre mujeres lectoras y clubes de lectura. Mi querida amiga y librera Maru me tiene reservado un ejemplar para cuando vaya a Sevilla y pasarme por su Botica de Lectores a recogerlo. Por suerte, no caeré en ese lugar común de si me ha gustado más la película que el libro, porque no lo he hecho. No hice mis deberes en su día y, en la pandemia, como muchos, estuve a por uvas. Pero iré a recogerlo en mi próximo viaje al sur.
Hamnet es un viaje cinematográfico emocionante, un fenómeno que, sin ser un blockbuster marveliano o de Star Wars, ha atraído de nuevo al público a las salas de cine, donde hay que ver la película y sumergirse en todo este aura de narrativa mágica y ancestral, casi alegórica, sobre el amor y sobre el dolor, sobre el arte, la vida, la inspiración y una mujer —Anne Hathaway (Agnes), como así se le conoce a la mujer de Shakespeare en los archivos y en la documentación (coincidencia con el nombre de una famosa actriz de Hollywood)—, aunque su nombre real no se mencione, pero sí se mencionaba en el Shakespeare in Love de Madden.
La película es un absoluto encuentro con la mujer del genio, Agnes, visibilizándola como la auténtica impulsora de la historia y dándole el lugar de honor, fortaleza y verdad que le pertenece. Un bello paisaje poético en el que guarecerse, emocionarse y llorar por algo tan humano como es sentir la tragedia de lo cotidiano. ¿O acaso el mundo entero no es un escenario?
Y dejando patente que no hemos dejado de ir al cine por culpa de las plataformas o el precio de las salas. Hemos dejado de ir porque no había historias tan conmovedoras y rotundas como esta. Ha merecido la pena conocer a Hamnet.