En muchas ocasiones, lo sencillo es lo que mejor funciona. Mientras estamos enfrascados en la «cultura» del exceso, de la opinión sin medida y de la moralidad cuestionable, películas como «El perfume de Irak» se convierten en una experiencia más allá de lo cinematográfico. Un viaje a través del recuerdo personal del protagonista, que se convierte un relato de la memoria de un país, en este caso Irak, devastado por intereses geopolíticos. Una película que nos abre una ventana a un mundo que solo hemos visto en imágenes de televisión, y que nos permite comprender (en la distancia) una historia que nos pilla muy lejos.
Léonard Cohen escribe y dirige El perfume de Irak, película que narra la vida del periodista francoiraquí Feurat Alani y la de su familia entre 1989 y 2017. Unos años marcados por la guerra Irak-Irán, la invasión estadounidense, la caída de Saddam Hussein y la lucha contra el ISIS. El filme que primero fue serie de televisión (premio especial del Jurado en el Festival de Annency), ofrece una mirada íntima y emotiva sobre la Historia de Iraq, el país en el que nacieron los padres de Alani y que él descubrió con 9 años. Para construir el relato, Cohen emplea como base más de 1500 tweets publicados durante el verano de 2016, que posteriormente se convertirían en un libro ilustrado. Un proyecto literario, trufado de recuerdos breves, fragmentarios y sensoriales que se convierte, en su adaptación cinematográfica, en una experiencia visual y emocional que trasciende el simple testimonio.
El punto de partida es íntimo: un hijo que recuerda a su padre durante un acto de despedida que ha reunido a muchos de sus amigos. Sin embargo, esa ceremonia del recuerdo se abre a temas mayores: el exilio, la identidad, la herencia cultural y la imposibilidad de pertenecer por completo a dos mundos. Feurat Alani, nacido en 1980 cerca de París e hijo de refugiados iraquíes, crece protegido en Francia, mientras su padre, marcado por la represión del régimen de Saddam Hussein, carga con el peso de la nostalgia de un país al que ya no puede volver. En 1988, con apenas 9 años, Feurat visita Irak por primera vez y descubre que el país de sus padres es, para él, tanto un descubrimiento como una pérdida anticipada.
A través de los años, Feurat vuelve (y no nosotros con él) una y otra vez a Irak, observando cómo el país se desmorona bajo las sanciones internacionales, las invasiones y la violencia que no cesa. Llegados a este punto, la película utiliza la mirada del protagonista, ya convertido en periodista para ofrecer un punto de vista alejado de partidismos ni blanqueamientos. Gracias a su mirada, doblemente situada —como iraquí y como francés—, Feurat puede ejercer un periodismo más humano, que da voz a quienes sufren en un conflicto olvidado por quienes lo promovieron. Esa dualidad se hace presente visualmente, entre la «Zona Roja» de los iraquíes y la «Zona Verde» de los estadounidenses, como una clara (y dolorosa) metáfora del alma partida de su protagonista.
A través de la animación, El perfume de Irak evita caer en la tentación de mostrar la crudeza del horror con realismo, si no que se apoya en símbolos y siluetas, para hacernos reflexionar más que reaccionar. Como espectadores, vislumbramos un paisaje de tonos rojos, marrones y amarillos, que junto a la música de Pierre Bertauddu Chazaud conforman un relato más poético que furibundo sobre el dolor de un país. La animación de Cohen está repleta de símbolos que no pasas por alto, y que van desde la representación de Saddam Hussein como un ojo omnipresente (Sauron en Mordor), que ilustra el peso invisible del miedo, hasta la belleza en los detalles más simples de unos rostros reducidos a ojos o bocas, las pausas en la narración o los silencios que hablan tanto o mas que las palabras.
En resumen
El perfume de Irak consigue equilibrar lo personal y lo político. La película no cae en los excesos ni en el sentimentalismo fácil, si no que ofrece una mirada, desde la nostalgia, a una historia que solo hemos conocido por televisión. Por otro lado, no solo estamos ante una historia sobre la guerra de Irak, sino sobre la pérdida de una generación que creció entre la distancia y el desarraigo.
El filme de Alani y Cohen nos recuerda que la historia de un país no se comprende solo a través de los grandes acontecimientos, sino también desde la memoria de quienes lo vivieron. Por tanto, no estamos solo ante un relato autobiográfico, sino que también nos asomamos a un recordatorio de que detrás de cada conflicto hay vidas que merecen ser contadas.