El estreno de «El fuego de la venganza» no es solo una apuesta más de acción para alimentar el catálogo de Netflix. Es, también la reinterpretación de una historia que ya ha demostrado en varias ocasiones su potencia… y también el peso de sus propias versiones anteriores. Estamos ante la tercera adaptación del personaje creado por A. J. Quinnell. La primera llegó en 1987 con Scott Glenn al frente, una versión más contenida y menos recordada, pero que ya establecía las bases del personaje. Años después, Tony Scott firmó en 2004 «Man on Fire», con Denzel Washington y Dakota Fanning, que en su momento no recibió el favor de crítica y público, pero con el tiempo ha sido reconocida por su dimensión emocional y por una estética que todavía hoy sigue muy presente. En ese contexto, esta nueva serie partía en clara desventaja: no solo tenía que contar bien su historia, sino justificar por qué volver a contarla.
Aquí entra en juego Yahya Abdul-Mateen II. Todo se sostiene sobre su interpretación, que es sin duda lo mejor de la serie. Si la historia funciona, en gran medida, es gracias al carisma y a la imponente presencia de un actor, al que hemos podido ver en títulos como Candyman, El juicio de los 7 de Chicago, Watchmen o Wonder Man. Su interpretación de Creasy es una mezcla de intensidad y vulnerabilidad, que casa perfectamente con un personaje roto emocionalmente. No es el héroe infalible al uso, visto mil veces en el thriller de acción clásico.. Esto sin duda es una de las grandes virtudes de El fuego de la venganza, ya que consigue un punto diferenciador con respecto a otras series.
El punto de partida de la serie —basada en las novelas de A. J. Quinnell— nos sitúa ante John Creasy (Yahya Abdul-Mateen II), un antiguo miembro de la CIA y de las Fuerzas Especiales de EE. UU., altamente cualificado y experto en sobrevivir incluso en las situaciones más extremas, que vive atormentado por una misión fallida en México que le ha provocado un severo trastorno de estrés postraumático. Hundido en un pozo de desesperación, un antiguo amigo y compañero se convertirá en su tabla de salvación. Junto a él viajará hasta Río de Janeiro para colaborar en lo que parece una simple misión de protección. Sin embargo, antes de encontrar la paz, se verá de nuevo arrastrado a la violencia, en busca de venganza. Una premisa que va a lo seguro, pero que aquí no termina de encontrar el equilibrio entre oscuridad y espectáculo.
El arranque es potente, incluso impactante, pero pronto queda claro que no estamos ante la típica serie de acción de ritmo trepidante que suele ofrecer la plataforma, como El agente nocturno o El nuevo empleado. Aquí, Kyle Killen —responsable de Awake o Halo— apuesta por una historia centrada en los personajes y en sus relaciones, en el trauma que une a Creasy, Poe y Valeria (Alicia Braga) y en las distintas formas de afrontarlo. Se construye el relato a partir del dolor, rompiendo el equilibrio que suelen tener las series de acción al uso. Por supuesto, hay un misterio que desentrañar, un enemigo al que derrotar, pero todo esto resulta evidente desde bastante pronto, lo que nos deja claro que el verdadero motor del relato es otro.
Y es precisamente ahí donde la historia se vuelve irregular. Su propuesta pretende ser dura, quiere ser casi introspectiva, y sin embargo sigue obligando a su protagonista a hacer cosas completamente inverosímiles. Y ahí es donde la serie se mete en complicaciones. Vemos a un personaje hundido emocionalmente, casi al límite, lanzarse a secuencias de acción imposibles —persecuciones suicidas, asaltos a lugares inexpugnables, enfrentamientos con ejércitos enteros— al más puro estilo de Ethan Hunt, pero sin ningún tipo de alivio o ironía, genera una sensación de incredulidad. La serie se toma en serio a sí misma en un sentido, pero exagera en otro sin medida ni control. No es que esto no funcione nunca, pero consigue que nos cueste más entrar en el juego.

Aun así, hay momentos en los que la serie realmente consigue que conectemos con ella. Especialmente cuando se detiene, cuando se toma su tiempo para que conozcamos a los personajes. La relación con Poe (Billie Boullet) —convertida aquí en una figura más adulta, menos inocente que en versiones anteriores— tiene peso e intención. Cuando la violencia aparece como extensión del dolor de Creasy, y no como simple espectáculo, la serie encuentra su mejor versión. Hay escenas en concreto, especialmente en interrogatorios o enfrentamientos cuerpo a cuerpo, que resultan incómodas en el buen sentido, de las que te mantienen pegado al asiento.
Sin embargo, esa consistencia no se mantiene. Conforme la historia avanza, se introducen más personajes, más subtramas, incluso una especie de equipo improvisado que acompaña a Creasy en su cruzada personal. A partir de aquí la propuesta empieza a perder fuelle. Porque ese grupo, que parece sacado de un thriller ligero o incluso de una versión de 2.0 de Ocean’s Eleven, choca frontalmente con ese tono sombrío que la serie intenta mantener desde el comienzo. Parecen dos ideas distintas que intentan convivir sin terminar de encajar.
Al final, lo que me queda es una sensación bastante clara: la serie quiere ser diferente, y eso es de agradecer, pero no siempre sabe ni consigue sostener esa diferencia. Su intensidad constante, esa seriedad casi inquebrantable, acaba por jugar en su contra. Porque cuando todo es grave, cuando todo pesa, incluso las escenas más espectaculares pierden efecto.
El problema no es su seriedad, sino su inconsistencia a la hora de equilibrar su crudeza con cierta verosimilitud. Cuando vamos a ver una entrega de la saga de Misión Imposible sabemos que cartas nos están dando para jugar, y aunque la baraja está marcada, nos animamos a disfrutar sin dudarlo. Pero, cuando tienes a los mandos a Kyle Killen, responsable de la reivindicable Awake, esperas mucho más. Porque más allá de la imponente presencia de Abdul-Mateen II y de ciertos momentos de tensión y complicidad muy conseguidos, El fuego de la venganza termina siendo una propuesta más convencional de lo que esperabas. A veces, intentar ser diferente no funciona.