Las tramas de series o de películas que están ambientadas en mundos distópicos, en entornos apocalípticos que chocan con nuestra realidad cotidiana y cuya producción se ha visto acelerada después de la gran distopía que fue la pandemia (la película distópica que nos tocó vivir a todos) suelen utilizar por sus propias características un lenguaje narrativo que parece alejarlas de la realidad. Pero cuando una dictadura irrumpe en una sociedad libre en realidad se comporta de la misma forma que este tipo de narraciones, altera de tal manera la realidad que construye una nueva muy alejada de la que la gente vivía.
El creador argentino Héctor Germán Oesterheld, autor en los años 50 de El Eternauta, poco podría sospechar que su obra reflejara, entrado el siglo XXI, las continúas distopías que nos rodean últimamente en forma de apagones, copiosas nevadas, o la propia pandemia vivida.
Porque la serie basada en la novela gráfica de Oesterheld, dirigida por Bruno Stagnaro para Netflix, y protagonizada entre otros geniales actores argentinos por el todavía más genial Ricardo Darín, nos habla en un lenguaje cada vez más reconocido por todos: calles desiertas, cortes de luz, coches abandonados, desesperación y lucha por la supervivencia.

También nieva en El Eternauta. Nieva mucho, pero esa nieve en realidad es otra cosa aunque esta vez haya alienígenas de por medio.
Ya desde el inicio se admite la posibilidad de que esa nevada en realidad no sea una nevada; hay una comprensión casi inmediata sobre lo extraordinario de la situación que, tal vez, necesitaría un desarrollo un tanto mayor. También el propio personaje de Darín, Juan Salvo, coge las riendas prácticamente sin meditar sobre lo que está pasando, algo que el propio carisma de un actor de la talla de Darín suple de cara al espectador. En ese sentido la sucesión de planos hereda el carácter inmediato de las viñetas de la novela en una serie de acciones y consecuencias que tienen muy poco de explicación de los hechos, no se nos advierte de por dónde pueden ir los tiros. En este caso, y volviendo a su comparación con la novela gráfica, no aparece el personaje del Eternauta explicándonos lo que ha vivido, dándonos una introducción de lo que nos espera en los sucesivos episodios; y eso hace que esta serie necesite una complicidad inmediata por parte del espectador, algo necesario para creerse la paranoia que empiezan a sufrir los protagonistas, para no dudar, no cuestionar cada una de las decisiones que toman. Con la cantidad de situaciones distópicas que hemos vivido recientemente, esa complicidad surge de manera natural.
En un desarrollo similar en otro tipo de narraciones audiovisuales, con el mismo esquema de grupo encerrado ante la adversidad, siempre sucede una especie de debate previo sobre lo que está pasando, sobre las circunstancias extraordinarias que tienen que vivir y sobre las reflexiones y los conflictos sobre ellas; en esta serie, no se producen. Todo está ya dicho, o se dice de forma muy inmediata, como si los seis episodios y su perfecta sincronía, su engrasada estructura narrativa no dejaran hueco para este tipo de pensamientos.
Dicho equilibrio narrativo es uno de sus puntos fuertes. La manera en cómo se retoma la historia al inicio de los primeros episodios, siempre en un punto anterior al desencadenante, aporta el suspense necesario para que cada episodio coja impulso antes de los títulos de crédito iniciales. Y hay una razón para cada decisión posterior, apoyada en una fotografía y ritmo de montaje digno de las mejores series norteamericanas.

Luego están las elipsis, que en una historia que lleva a los personajes a situaciones de confrontación con sus semejantes son especialmente significativas. Cómo si de una viñeta se tratase, se salta desde el pasado inmediato que han vivido hasta el momento en que aparece el conflicto, viendo en ocasiones que por las cosas que se encuentran o por las reacciones de los demás, puedes intuir cuál ha sido el recorrido, la manera en cómo ha reaccionado la gente ante los acontecimientos, y a partir de ello comprender los pasos que da el protagonista. Ocurre especialmente en el segundo episodio, cuando el ecosistema de una comunidad de vecinos es sugerido en la primera parte del episodio, y mostrado en toda su crudeza en el final, sin evolución entre medias, como una muestra de la reacción de una pequeña parte de la humanidad ante la adversidad.
La desconfianza que es latente desde el inicio de la serie, el pensar mal de alguien que a lo mejor es quién te puede ayudar en una situación como la que viven los protagonistas, es bastante consecuente con la metáfora. Oesterheld trataba de establecer una parábola con la represión de la dictadura. Incluso la visión borrosa que provoca la nieve, las gafas, las máscaras anti-gas que aparecen en la serie tienen su paralelismo con la ceguera de la propia sociedad argentina ante el horror de los crímenes que se cometían. Y en un giro más distópico todavía, el propio autor, el propio Oesterheld forma parte de los numerosos desaparecidos, secuestrados y torturados por los militares, él y gran parte de su familia, dando si cabe más protagonismo al significado de esta historia. Que alguien que denuncia en su novela gráfica ese universo represivo sea una víctima de la misma represión que quiere denunciar con su novela es casi como aquel científico que para probar el resultado de un nuevo remedio que ha descubierto contra una enfermedad, se inocula él mismo el virus de la misma para comprobar si está en lo cierto.
Uno puede ponerse a empezar a ver esta serie, una película, una entrevista o un cuarteto de cámara solamente porque está Ricardo Darín. Es un hecho. A pesar de ello, la cantidad de material que, cómo confiesa en una reciente entrevista, ha tenido que protagonizar y promocionar sin estar contento con el resultado los últimos años es considerable.
Viniendo de alguien que confiesa que vive permanentemente bajo sospecha de sí mismo, podemos admitir que de vez en cuando protagonice productos que no están a su altura. Remar en dulce de leche, dice. Afortunadamente esta serie es una excepción, los ojos de Darín son el vehículo perfecto para conmover por encima de su máscara anti-gas, y su determinación encarna perfectamente lo que necesita su personaje.
Es inevitable hablar de esta serie sin mencionar la producción virtual, un elemento que ha venido para quedarse. Y esta serie es el mejor ejemplo de ello, no sólo por el tipo de historia que nos cuenta, sino porque este tipo de virtualizaciones de los escenarios suponen tal ahorro de costes que hacen posible que se cuenten determinadas historias que no sería posible contar sin esta nueva herramienta (esta novela gráfica ha intentado rodarse durante años).
Cuando creíamos que sobre distopías ya lo habíamos visto todo, se va la luz. O empieza a nevar. O aparece esta estupenda serie.