Los Emmy de 2026 dejaron una de esas sorpresas que de vez en cuando todavía consigue proporcionar una ceremonia de premios: «DTF St. Louis» se llevó siete galardones, entre ellos el de mejor miniserie, además de los correspondientes a Linda Cardellini y David Harbour como mejores actores de reparto. No era precisamente la serie que uno esperaba encontrar coronando la categoría, y quizá tampoco la más fácil de explicar cuando alguien pregunta de qué va.
La trama invita al misterio: un hombre aparece muerto y dos detectives, uno a punto de jubilarse (un fantástico Richard Jenkins) acompañado de una joven detective (Joy Sunday) intentan reconstruir qué ha ocurrido. Hay una relación extraconyugal, una aplicación de citas para casados —DTF, Direct to Fuck, no precisamente un homenaje a la sutileza— y suficientes secretos como para levantar una investigación criminal convencional. Solo que ésta no lo es.
La investigación funciona más como una estructura sobre la que apoyar la historia que como el motor de la serie. Cada episodio añade una pista, una confesión o un flashback, pero también vuelve sobre situaciones que ya hemos visto para mostrarlas desde otro punto de vista. Lo que en principio parece repetición termina siendo una manera de modificar el significado de las imágenes: una conversación, un gesto o un encuentro que parecían tener una explicación adquieren otra cuando conocemos mejor a los personajes, y esos puntos de vista diferentes, aunque un poco cansinos, se convierten en el verdadero motor de la investigación.

Por eso el suspense de DTF St. Louis es bastante particular. Estamos esperando constantemente que ocurra algo, que aparezca la pieza que encaje el puzle, que la investigación conduzca por fin a una gran revelación. Y, cuando llega, descubrimos que quizá el misterio nunca fue exactamente el que creíamos.
Lo verdaderamente interesante está en la relación entre Clark Forrest (Jason Bateman) el meteorólogo de una televisión local, y en Floyd Smernitch, su intérprete de lengua de signos, encarnado por un absolutamente soberbio David Harbour. La escena inicial, con ambos intentando informar en medio de un ciclón, es soberbia, y sirve de gancho para que entiendas, a lo largo del resto de la serie, la fuerte conexión a la que han llegado dos personas que, en condiciones normales, no tendrían nada parecido.
A Harbour, un polifacético actor que después de una carrera cinematográfica muy irregular entró en la pequeña pantalla con el fenómeno que supuso Stranger Things, se encumbra totalmente en este papel, que es cierto que exige de una sobreactuación en determinados momentos, pero que está totalmente alejado por nivel de sensibilidad y por capacidad de generar emociones de cualquier otro papel que haya interpretado.
La relación entre ambos es el auténtico centro de la serie y probablemente su hallazgo más peculiar. No son simplemente compañeros de trabajo: pasan buena parte de su tiempo juntos, comparten aficiones, conversaciones y una intimidad que resulta mucho más profunda de lo habitual entre dos hombres de su edad. Harbour entiende perfectamente que el personaje podía haberse convertido con facilidad en una caricatura. En cambio, Floyd desprende una ingenuidad, una vulnerabilidad y una necesidad de sentirse querido que hacen que la relación entre ambos termine siendo mucho más importante que el triángulo amoroso que parece poner en marcha la trama. DTF St. Louis acaba hablando de hombres que no saben demasiado bien cómo expresar lo que necesitan, incluso cuando tienen delante a la persona con la que podrían hacerlo.
Ahí está el subtexto que convierte la serie en algo bastante más interesante que su premisa. Clark y Floyd mantienen una amistad extraordinariamente íntima, pero ninguno parece saber reconocer del todo lo que significa. Los dos están solos, los dos necesitan sentirse deseados y los dos buscan fuera de esa amistad aquello que, en buena medida, ya han encontrado dentro de ella. La serie juega incluso con la idea de hasta qué punto dos hombres adultos pueden permitirse una intimidad emocional de ese calibre sin tener que convertirla en otra cosa, aunque lo más fácil hubiera sido que derivara a una relación sexual.

Linda Cardellini cierra el triángulo protagonista de la serie
Y entonces aparece Carol, interpretada por una magnífica Linda Cardellini, para añadir ese componente sexual entre ambos. Su personaje es necesario para que el conflicto exista, aunque poco a poco queda claro que el verdadero vínculo sobre el que se ha construido la serie no es el del matrimonio, ni siquiera el del adulterio, sino el de esos dos amigos que han aprendido a estar juntos sin terminar de entenderse.
Todo esto ocurre, además, en una St. Louis deliberadamente pequeña. Una televisión local, un suburbio, unos cuantos restaurantes, gimnasios, centros comerciales y personajes que parecen vivir dentro de un radio muy reducido. La serie convierte ese universo cotidiano en una especie de pecera. La gente se cruza constantemente, las conversaciones vuelven sobre los mismos asuntos y hay determinadas palabras y expresiones se repiten una y otra vez hasta adquirir un significado casi propio.
De ahí procede también buena parte de su peculiar humor. Los detectives Richard Jenkins y Joy Sunday parecen investigar un asesinato, pero sus escenas tienen poco que ver con la solemnidad habitual del género. Funcionan como contrapunto cómico y, en cierto modo, como espectadores de una historia que ellos intentan ordenar racionalmente mientras todo lo que ocurre delante de ellos demuestra que las relaciones humanas rara vez se dejan ordenar de esa manera.
Es ahí donde DTF St. Louis puede desconcertar. Si uno entra esperando una investigación criminal con una gran resolución, probablemente se preguntará en varios momentos por qué la serie dedica tanto tiempo a conversaciones, amistades, pequeñas obsesiones y situaciones aparentemente intrascendentes. Pero esas situaciones son precisamente la serie. Steven Conrad utiliza el misterio como una excusa para hablar de algo mucho más reconocible: la soledad, la necesidad de ser querido y esa tendencia tan humana a imaginar que la vida de los demás es mucho más normal que la nuestra. El propio Conrad resume la idea de la serie con una frase que acaba dando título a su último episodio: nadie es normal; simplemente lo parece visto desde el otro lado de la calle.
Y quizá por eso DTF St. Louis es una de esas series en las que, cuando crees que va a pasar algo, no pasa nada.
Al menos no lo que esperas.


