Una detective de homicidios que se rebaja a trabajar de policía de calle, para poder cuidar del nieto que ha tenido su hija violada y asesinada («Happy Valley»). Un grupo de élite de la policía que consigue reducir las cifras de crímenes manipulando las detenciones, y es descubierto por agentes de asuntos internos a través de largos interrogatorios de más de diez minutos en cada episodio («Line of Duty»). Un asesino en serie, padre de familia, escoge a sus víctimas al azar acompañado por el espectador, mientras es perseguido por una neurótica detective londinense («La Caza»).
Nadie hace series policíacas como los británicos. Te las crees, te las crees de verdad, desde el reparto excepcional de los mejores actores y actrices que existen, al modo que tienen de desarrollar las historias, la intensidad y el humor de los diálogos, e incluso hasta una geografía que no resulta tan manida como la norteamericana (o la española). Como funcionan en plan industria de verdad, a veces tienen toda la maquinaria pero les falta algún enfoque nuevo, algo realmente distinto no tanto en la realización o en la frescura de las situaciones como en la propia trama de una serie. Entonces suelen recurrir a la literatura.
El «Nordic Noir» es una buena cantera para ello. Como decía François Truffaut, de las malas novelas hay más oportunidades de sacar buenas películas (Orson Welles usó esa excusa para rodar La dama de Shanghai, pero le salió mala también), y el género escandinavo es una buena cantera de historias originales, con planteamientos basados en lazos familiares y resoluciones efectistas.
A este género pertenece la saga de Jussi Adler-Olsen Departamento Q., una serie de novelas protagonizadas por un peculiar departamento de la policía encargado de resolver crímenes antiguos que todavía están sin resolver, de ahí un poco ese misterioso nombre. El desarrollo de casi todos los argumentos de la serie de novelas protagonizadas por el agente Carl Mork suelen partir de un punto de vista muy original, algo que te descoloca y que te hace seguir leyendo, apoyado en una serie de personajes secundarios que se sitúan en los márgenes de la profesión policial, y que persiguen el delito cometido hace años para derivar en una resolución final un tanto previsible (bueno, a veces no).
Ha sido adaptada en su país en varias ocasiones con poco éxito internacional (allí en Dinamarca sí, claro), y Netflix ha apostado por esta combinación entre bestseller y de dos creadores audiovisuales solventes apoyados por un reparto estelar. La labor creativa está en manos del autor de esa serie en la que una detective persigue a un asesino dentro de un submarino nuclear (Vigil), Chandni Lakhani, y al creador de la magnífica Gambito de Dama, Scott Frank.
A pesar de esa búsqueda de la originalidad argumental, probablemente hay pocos argumentos en principio tan manidos como el de esta serie: el policía que sufre un hecho traumático, se abandona por completo, y cuando ya está a punto de renunciar le asignan un departamento del que nadie quiere encargarse, situado en un oscuro sótano lleno de trastos (aquí literalmente las duchas) que debe de limpiar y recoger, en una especie de metáfora un tanto manida.
Como la tragedia que ha vivido está a punto de retirarle profesionalmente, tiene que acudir a terapia psicológica mientras ayuda a su compañero herido, que se ha quedado tetrapléjico y está pensando en suicidarse.
Sí, todo son alegrías en el «Nordic Noir». Menos mal que estamos en el «British Noir», y la cosa va a ir evolucionando desde el primer episodio, primero mediante un giro argumental y un punto de vista temporal que están empleados con maestría y que te dejan totalmente descolocado, y después con la propia evolución de los personajes desde el abismo en el que transitan cuando los conocemos, a la brillantez profesional y complicidad, obligándote a ver los siguientes episodios. Y entonces sí, todo va mejorando, y ya nos movemos en otro tipo de terreno dramático.
Ambientada en Escocia, en Edimburgo para más señas, las tramas se desarrollan en una localidad y un ambiente algo desolador pero que no resulta demasiado alejado de su original danesa con sus localizaciones aisladas y su perpetuo mal tiempo. Por no cambiar, no necesita ni cambiar el nombre de su protagonista, Carl Mork, con evidentes reminiscencias nórdicas. Es que no les hace falta. Tampoco huye de la propia denominación del departamento (Mork encuentra su departamento detrás de una puerta que indica «Shower Q.», cuarto de las duchas; esto no está ni en la novela) o de los personajes que acompañan a Mork (un estupendo Matthew Goode), como su compañero herido (Jamie Sives), su psicóloga (la fascinante Kelly McDonald de Boardwalk Empire), o ese agente sirio (un actorazo de nombre Alexej Manvelov) que va ganando enteros a medida que transcurre la historia y descubrimos lo que hay detrás de su sexy bigote.
Los brillantes diálogos («ya sé por qué no hay delitos por aquí, es que usted se da cuenta de todo») te sacan una sonrisa cada poco tiempo, y aunque la trama que sustenta la temporada es un poco repetitiva en cuanto a situaciones y el misterio se agota demasiado pronto, consigue engancharte hasta el final para comprobar el modo en que se resuelve, dejándote una sensación cuando termina de querer más. Esto último, tratándose de una serie que es autoconclusiva, y que se ocupa solamente de un caso durante toda la temporada, tiene bastante mérito, y anticipa una saga más larga y probablemente con un caso más redondo dentro del repertorio de novelas publicadas.
Todavía está disponible en Filmin, The Virtues, una de las mejores miniseries de los últimos años.
Sí, es británica.