A estas alturas ya se habrán publicado cientos de crónicas de la última ceremonia de entrega de los Premios Goya, celebrados el pasado sábado en mi ciudad natal, en Sevilla, así que esta no será la crónica más profesional que hayáis leído pero sí la más íntima y personal, pues voy a contar cómo lo viví y lo sentí desde la fila 19 de la platea del Auditorio Andalucía del Palacio de Congresos y Exposiciones de Sevilla. Sí, un auditorio que me resulta cercano y familiar, pues hasta en tres ocasiones, mi buen amigo Ismael Serrano tuvo la generosidad de invitarme a cantar en sus giras de conciertos por España. La última vez cantamos a dúo su hermosa canción «Ya ves», y mi esposa Mar, también compartió aquella noche de concierto conmigo hace menos de 5 años.
Otra hermosa y fascinante carambola del destino quiso que por fin pudiera asistir a una gala de los Premios Goya, y eso, para un fiel e intenso amante del cine español, es como llevar a un niño a Disneylandia. No podía estar más feliz y emocionado por este acontecimiento. Podría haberse quedado todo ahí, en un sueño, pero no, en vísperas de la pasada Navidad, me llegaron noticias de que podía por fin hacerse realidad. Y así fue. Y no podría haber ido con mejor acompañante, pues mi mujer, además de coincidir en esta pasión conmigo, estaba igual de emocionada que yo y no quiso revelarme hasta esa misma tarde el vestido que iba a estrenar para la fiesta de los Goya. Y estaba resplandeciente. Perfecta. Mis ahora buenos amigos de La Trajería me pusieron guapo y elegante para la ocasión, y para poder estar a la altura de las circunstancias. A mis 47 años, esta ha sido la primera vez que me ponía un esmoquin
Cogimos un taxi que nos llevó desde el centro hasta el barrio de Sevilla Este donde se encuentra FIBES, el recinto de celebración. Pensaba que el taxi era la carroza de Cenicienta y mientras cruzábamos media ciudad me pellizqué un par de veces para cerciorarme de que todo estaba pasando de verdad. Al aproximarnos al Palacio de Congresos ya se notaba el ambiente. Desde la calle se veían las dos entradas disponibles: a un lado la entrada para los nominados con todo el jaleo de medios, periodistas y público que quería ver a sus estrellas, y al otro, la entrada general que abrió sus puertas a las 20:30 en punto para que los asistentes se fueran colocando. Llegamos 10 minutos antes de que abrieran, y en Sevilla hacía frío, lo suficiente para no estar esperando mucho tiempo en la calle. Íbamos bien ataviados para la velada, pero no demasiado abrigados (por aquello de evitar las colas del guardarropa).
Mar y yo fuimos subiendo la rampa de acceso y allí nos encontramos al bueno de Álvaro Peregil (hijo del gran cantaor, saetero y flamenco, nacido en Manzanilla, Huelva) y buen amigo de mi juventud. Nos contó que él y otros buenos amigos hosteleros habían participado en el rodaje de los spots de promoción de los Premios Goya en Sevilla (que por cierto quedaron muy bien y le dieron muy buen protagonismo a la ciudad). A los sevillanos y sevillanas nos gusta el cine español y disfrutamos de él, y desde luego, gracias a esta última edición, ha quedado patente que hemos sido también unos excelentes anfitriones.
La entrada de acceso fue bastante rápida y muy bien organizada. Llegamos con tiempo de sobra para poder buscar nuestra fila y nuestros asientos, muy cerca del presidente del Gobierno, sus ministros y algunos colegas de la oposición, que tan solo estaban más «centraditos» y una fila más abajo. El escenario se veía espectacular y todo parecía estar en su sitio: los técnicos de seguridad, los de iluminación, los operarios de cámara, las azafatas y azafatos de protocolo… Aprovechamos ese tiempo de espera previo al arranque de la ceremonia, para saborearlo todo con la mirada, hacernos unas cuantas fotos e ir al servicio, pues por delante nos iban a quedar más de tres horas de premios, música y cine. Todos los asistentes debíamos estar sentados sobre las nueve y media, pero los más rezagados todavía iban ocupando sus asientos cuando casi eran las diez. Se notó el revuelo cuando llegaron Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijoó a sus butacas. A ambos lados de nosotros, nos acompañaban la gran bailaora Cristina Hoyos y la Miss Sevilla, Lucía Hoyos (me resultó curioso por la casualidad de sus apellidos. Aunque he de decir que a la segunda no la conocía de nada, y fue mi mujer quien me tuvo que aclarar de quien se trataba. Y mira que me gustan las crónicas de sociedad…). Dos o tres filas delante de nosotros estaba Eduardo Casanova, muy guapo, mostrando sus hombros con un traje de gran escote. También muy cerca sentado el mítico actor Manolo Zarzo, con una buena melena plateada. Manolo Zarzo y Cristina Hoyos trabajaron en Juncal, la formidable serie de Jaime de Armiñán. Manolo interpretaba al hermano de Paco Rabal (Juncal) y Cristina a la mujer de su mejor amigo y limpiabotas, Búfalo, encarnado por Rafael Álvarez, El Brujo. Los sueños no pasan por casualidad.
Antes de las diez de la noche apareció un regidor muy simpático que avisó al respetable del arranque del evento, calmó a los nominados para que no hicieran mucho ruido, porque entendía que estuvieran nerviosos y les avisó para que subieran despacio la escalera aquellos que fueran a recoger el premio, pues en el último escalón había una pequeña inclinación, no fueran a tropezarse. Y justo un minuto después, cuando el público esperaba y parecía distraído, apareció tranquilamente Manuel Carrasco vestido con un hermoso terno blanco y acompañado de una flamante guitarra española. Mar y yo nos quedamos al principio sorprendidos porque nadie aplaudía, pero son las cosas del directo, de la televisión. Tan solo unos segundos después, cuando subieron la iluminación, Carrasco se hizo presente y le echó un par de bemoles abriendo la 37ª Gala de los Premios Goya. Arrancó la celebración cantando a solas y guitarra en ristre los sublimes versos de Machado a los que puso música el cantautor Joan Manuel Serrat: Cantares. «Todo pasa y todo queda/ pero lo nuestro es pasar/ pasar haciendo camino/ camino sobre la mar». En la segunda parte de los arpegios del cantautor de Isla Cristina, se subió el telón y aparecieron los presentadores de la noche: Clara Lago y Antonio Latorre, que desgranaron también los versos del poeta, y Cantares ya parecía una canción de Manuel Carrasco, no de Serrat, pues la hizo complemente suya, y aunque Carrasco «nunca persiguió la gloria», sí que se estaba llevando el mérito desde ese justo momento por haber protagonizado (posiblemente) el mejor arranque de todas las ceremonias de los Goya habidas y por haber. Fue legendario. Sin un mínimo fallo.
La sensacional apertura de Manuel Carrasco era el preludio de una gala prodigiosa y espléndida. La primera imagen que vimos en el escenario fue la de Carlos Saura, acompañado de su cámara. A él estaba dedicado el Goya honorífico de este año. Hubo mucha solemnidad, agradecimiento y cariño por parte de todos los nominados y premiados, ya que tan solo un día antes, el genio cinematográfico nos dejaba a los 91 años, así que la noche se convirtió en un enorme reconocimiento a su figura y talento. Si hubiera podido ver Carlos Saura esta gala por televisión, habría visto lo mucho que lo quieren sus colegas de profesión, y cuántos discípulos han seguido su estela gracias a su inconmensurable trabajo. La Academia subrayó la grandeza de este director destacando desde el comienzo de la gala que lo primero era despedir y homenajear al maestro Saura como merecía; con elegancia, generosidad y ternura. Todo el público se puso en pie. Y allí sobre el escenario recogió el premio parte dos de sus hijos, y su esposa Eulalia Ramón que leyó las palabras de agradecimiento de su marido. El segundo pellizco en el corazón nos lo dio su hijo Antonio que quiso recordar y señalar la importancia de las cuatro mujeres que marcaron la vida de su padre «y le impulsaron por nuevos caminos». La familia hizo el primero de los muchos alegatos de la noche que se harían por la sanidad pública. Nombraron a las profesionales que cuidaron de Saura en la unidad de paliativos, y levantó las primeras ovaciones de la noche.
La cosecha de cine español de este año ha sido inmensa y es una lástima que otras grandes películas se hayan quedado fuera. Aunque había hecho mi quiniela bastantes días antes de la cita a este evento, y deseaba que As Bestas fuera la película más galardonada en los Premios Goya, me alegró mucho equivocarme en mis predicciones, sobre todo cuando premiaron a Telmo Irureta (vi La consagración de la primavera después de hacer mis vaticinios, y habría cambiado sin dudar). El discurso de Telmo me hizo llorar de emoción por reivindicar ese «guiño a la sexualidad de las personas con discapacidad», porque fue como escuchar y tener allí mismo a David, el personaje que interpreta en esa valiente película: «Porque nosotros también existimos y nosotros también follamos. Y poco más os puedo decir. Que brindemos hoy por un cine más inclusivo y por cuerpos de todo tipo». Para comérselo a besos. Conmovedor su discurso de agradecimiento.
Las actuaciones musicales nos encantaron. Los cambios de escenario entre premios y actuaciones musicales fueron de vértigo. Ver trabajar a los técnicos del escenario hacer los cambios de attrezzo, era igual que ver a los equipos de Fórmula 1 poner a punto el vehículo en boxes; en cuestión de segundos ya tenían lista una nueva escenografía para traernos a los artistas en bandeja de plata. Natalia Lafourcade nos invitó a acompañar «Porque te vas» con unas palmas para celebrar la vida del maestro Saura. Nos regaló una versión preciosa del tema original compuesto por José Luis Perales. Pablo López e Israel Fernández estuvieron gigantes interpretando «Alegría de vivir» de Ray Heredia para la película Sobreviviré. Lolita fue una sorpresa inesperada, ya que esta actuación no estaba anunciado oficialmente por la Academia, y apareció extraordinaria sobre las tablas, cantando y bailando «Pena, penita, pena» para homenajear a su madre, Lola Flores, cuando se cumplen ya los cien años del nacimiento de La Faraona. La única actuación que se quedó un poco «coja» y fría fue la de Bely Basarte interpretando «Me cuesta tanto olvidarte» de Mecano. Le faltó entonación, fuerza y sentimiento, sobre todo teniendo un acompañamiento de músicos tan impresionante y siendo ese el momento para el recuerdo a todos los/las profesionales del cine que habíamos perdido durante el último año (como el The End de los Oscars). La cosa mejoró en cuanto Guitarricadelafuente levantó de nuevo el sentimiento y agitó el escenario cantando «Qué bonito» de Antonio Flores con absoluta delicadeza y de manera magistral. Fue un acierto compaginar e intercalar las actuaciones de dos en dos sobre el escenario. Qué gloriosa noche de música nos ha traído esta gala.
Otro de los grandes momentos de la noche, quizá para mí de los mejores, fue el discurso del Presidente de la Academia y las Ciencias Cinematográficas de España, Fernando Méndez-Leite. Estuvo grande, elocuente, convincente, elegante y exacto. Ha de sentirse y estar muy orgulloso por haber hecho realidad una gala que se resolvió de forma extraordinaria, y que según parece, por lo que han dicho las críticas, se ha convertido en una de las mejores de la historia, si no la mejor. Una gala en la que hubo espacio para reivindicar el feminismo, la inclusión en el cine, la libertad sexual y se defendió a capa y espada la sanidad pública. El presidente, que expresó su discurso con soltura y dirigiéndose con seguridad y valentía al público y a los políticos, dejó patente el amor por esta profesión. No en vano es uno de los hombres que más saben de cine de este país, y nadie mejor que él para defender el celuloide desde su puesto y pedir por último:«por favor, dejemos de decir pelis y volvamos a llamarles películas”.
Su presencia terminó de darle dignidad a un oficio, que en palabras de Antonio de Latorre, es precario, y solo un pequeño porcentaje vive de esto: «Esta gala debería ser de ellos y la responsabilidad nuestra».
Fernando Méndez-Leite, destacó y subrayó la paulatina incorporación de las mujeres a los diferentes puestos dentro del cine remarcando que «tres de las cinco nominadas a la Mejor Película, están dirigidas por compañeras que dan una visión nueva sobre historias de ahora y de siempre. Son películas lideradas también por mujeres en la producción. Cuatro de ellas también están escritas por mujeres». Por último, se dirigió a todas las autoridades políticas presentes en el auditorio y comentó: «como pueden ver, este año no pedimos nada. Estamos muy contentos. Para las rogativas, los matices y las protestas ya nos veremos en los despachos…».
Aunque yo no quería que aquello se acabara, la ceremonia de los Goya bajó el telón cerca de la una y media la madrugada. Me pareció que todos los actores y todas las actrices que presentaron los premios iban muy elegantes Sólo se cumplieron parte de mis previsiones, pero me alegró mucho el premio a Laia Costa a la mejor actriz por Cinco Lobitos, que Leiva le fuera a llevar el Goya a Sabina a su casa al día siguiente por su cumpleaños y tener a Juliette Binoche en el mismo espacio que nosotros (aunque no entendiésemos ni jota del discurso porque no sabíamos nada de francés (y en directo no hay traducción simultánea) hasta que habló en español o tarareó la canción de Jeannette, de nuevo, en homenaje a Saura y al cine español). Me habría gustado que Rafael Cobos se llevase el Goya al mejor guion y ver a Guillermo Rojas y a Laura Hojman recoger y sostener el premio, pues para mí, A las mujeres de España: María Lejárraga, me parecía y me parece el mejor documental que se podía hacer en estos momentos. Recordar a una mujer precursora del feminismo y una persona tremendamente humana que dijo cosas como: «Las mujeres deben ser feministas, como los militares son militaristas y como los reyes son monárquicos». Me quedé con muchas ganas de que se lo dieran, a pesar del documental de Labordeta, que era un tipo al que yo admiraba, como persona y como cantautor.
Cuando terminó la ceremonia, unos corrimos directos al aseo, otros a las bebidas. Nos cruzamos con Javier Gutiérrez yendo al servicio. El bueno de Jesús Carroza (que también estaba nominado por Modelo 77) salió corriendo a fumar. Mientras subíamos la rampa desde el auditorio hasta las salas de celebraciones y pista de baile para culminar la noche de los Goya 2023, Luis Tosar iba delante de nosotros y en el pasillo nos cruzamos con Alfonso Sánchez, que nos saludó muy cariñosamente, el cual vestía un elegante esmoquin verde.
Después, Mar (ataviada de azul turquesa) y yo, disfrutamos de la gastronomía que nos ofreció la fiesta, y por supuesto de su barra libre. La noche nos dio lo que nos prometía. La música corrió a cargo de las Dj’s Novia Pagana y Xite & Co. Nos cruzamos con innumerables personajes que solo los habíamos visto en la gran pantalla. Nos quedó un bonito halo de los días previos yéndonos juntos a ver las últimas películas que nos quedaban (como La maternal) para ir con los deberes hechos. Comimos, reímos, bailamos y me encontré con unos cuantos amigos a los que hacía tiempo que no veía. Me habría encantado cruzarme con otros que debieron irse a otras fiestas que había por la ciudad (nos lo contó nuestro taxista, que estaba feliz por haber llevado ese día y haber conocido a Fernando Esteso) aunque entre las miles de personas que cabían en el auditorio y que luego llenaron las dos salas de celebración era muy complicado encontrarse.
Disfrutamos de la noche casi hasta el amanecer. Y disfrutamos tanto que me deshice y me olvidé de mi lado más mitómano. No me hice ninguna foto con ningún actor o actriz. No quise.
Gracias a mi hada madrina que lo hizo posible fuimos dos estrellas más, rodeadas de estrellas del firmamento cinematográfico español. Y disfruté de una noche de cine, con mi esposa, que también iba de cine.