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«Arde la sangre»: venganza a medio gas en los bajos fondos de Niza

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Fernando L. Simó
Fernando L. Simó
Miembro fundador de mundoplus.tv, seriefilo, cinefilo, devorador de libros y en pleno redescubrimiento de los cómics. Amante de la cultura (pop) y de la Historia, y ministérico de corazón.
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Hay ocasiones en las que una película llega acompañada de una etiqueta que no le corresponde. Y eso es precisamente lo que ocurre con «Arde la sangre» (título original: Brûle le sang), el debut de Akaki Popkhadze, que se ha estrenado en Filmin este viernes 20 de marzo. Porque si uno se deja llevar por ciertas descripciones promocionales, podría esperar un thriller cercano al universo de Guy Ritchie. Pero la realidad es bastante diferente. Aquí nos encontramos con un filme que mezcla el thriller criminal y de venganza (revenge thriller) con el drama familiar, alejándose del estilo más desenfadado y eléctrico del director londinense. Popkhadze prefiere ofrecer una perspectiva realista, con un ritmo pausado y un estilo visual inmersivo para ofrecer al espectador una experiencia diferente. Su apuesta funciona a medias.

En Arde la sangre encontramos una propuesta seca, incómoda y, en algunos momentos, también irregular. Ambientada en los barrios trabajadores de Niza, la película se aleja por completo de la postal luminosa de la Costa Azul para sumergirse en el submundo criminal, introduciendo al espectador en un entorno áspero, casi opresivo, donde la violencia y la tensión se respiran en cada escena. Ahí es donde el filme encuentra su mayor acierto. Popkhadze apuesta por una puesta en escena muy física e inmersiva. Con cámara cercana y dinámica, y lentes de corta distancia focal para crear una sensación de claustrofobia y cercanía extrema con los personajes. Este peculiar estilo visual provoca una sensación constante de invasión del espacio. Como espectadores, no solo nos limitamos a observar, sino que nos vemos arrastrados dentro de la historia, en una experiencia que por momentos resulta incluso agobiante. Sin duda, esta decisión formal es una de las grandes virtudes del filme, aportando personalidad y consiguiendo que este tenga una identidad visual distintiva.

Sin embargo, el problema llega cuando esa fuerza estética no siempre se ve respaldada por un desarrollo narrativo acorde. La historia, que arranca de forma impactante, se va desplazando hacia un terreno más íntimo, centrado en el drama familiar que provoca el conflicto entre dos hermanos marcados por la muerte de su padre. Aquí nos encontramos con un enfrentamiento que mezcla códigos de honor, tradición (son miembros de la comunidad georgiana de Niza) y redención, pero que no siempre logra mantener la intensidad inicial. Popkhadze apuesta por un acercamiento realista a la crudeza de la naturaleza humana, pero bajando el tono inicial, optando por una mirada más contemplativa que punzante

El estilo visual de «Arde la sangre» sobresale por encima de la historia

Nicolas Duvauchelle da vida a Gabriel, el hermano mayor con un pasado turbulento, que reaparece tras 10 años de exilio para vengar la muerte de su padre y restaurar el honor de la familia. El actor, conocido por sus papeles en Las mariposas negras o Por siempre jamás, sostiene buena parte del peso dramático del film con un personaje dominado por la rabia y la necesidad de venganza. Por el contrario, Florent Hill (coguionista del filme), que interpreta al hermano pequeño, Tristán, aporta el contrapunto más contenido y espiritual. Un hombre de fe, decidido a hacer lo correcto y que no comparte el estilo de vida de su hermana mayor. Sin embargo, esa dualidad, que debería ser el eje emocional del relato, se percibe en algunos momentos más argumental que realmente profunda. Dejándonos la sensación de que la historia que nos quieren contar está incompleta.

Arde la sangre funciona mejor cuando se deja llevar por su vertiente más visceral, cuando explora ese submundo criminal sin filtros y sin concesiones. Ahí es cuando el estilo visual que utiliza Popkhadze explota todas sus virtudes, con escenas repletas de energía y violencia que traspasan la pantalla. Pero cuando la historia se desvía e intenta profundizar en el drama familiar o en el conflicto moral, da la sensación de quedarse a medio camino, sin terminar de desarrollar todo su potencial.

En resumen

Arde la sangre es un correcto thriller de mafia y venganza, con personalidad visual, que incorpora elementos de drama familiar sobre la lealtad y la pérdida, pero que no termina de pulir sus virtudes. La dirección de Akaki Popkhadze brilla cuando la historia se desata, proporcionándonos algunas escenas impactantes, gracias a una propuesta formal con personalidad propia. Sin embargo, cuando la historia se desvía por los senderos del drama familiar, la película pierde fuelle. Ese contraste da como resultado final, una película con altibajos que no acaba de redondear su discurso. Y quizá ahí está su mayor contradicción: quiere ser intensa y reflexiva al mismo tiempo, pero no siempre consigue equilibrar ambas cosas.  

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