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«Absolución»: el crepúsculo de las estrellas

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Ferran Alcocer Gómez
Ferran Alcocer Gómez
De Nolan, Ducournau y Sorogoyen. Graduado en Comunicación Audiovisual y Periodismo. Mi vida se basa en esperar a que empiece el siguiente Festival de Sitges.
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La delgada línea entre realidad y ficción cada vez se desdibuja más en el terreno de los intérpretes. Caso paradigmático fue el de Michael Keaton con la obra maestra de Alejandro G. Iñárritu, «Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia)», donde interpreta a Riggan Thomson, una estrella de Hollywood en horas bajas que anhela volver a la cima. En esa tragicomedia ganadora del Oscar a mejor película, Keaton y Thomson son uno y disuaden al espectador de crear distinciones entre ambos. La situación que vivía Keaton por aquel entonces (estrella de finales de los 90s venida a menos) era un calco de la de su partenaire ficticio. Ni la ficción ni la realidad se superpusieron entre sí, sino que iban de la mano.

Recientemente tenemos un caso similar al de Keaton/Thomson. Demi Moore, otra estrella a la que Hollywood le dio la espalda, está en todas las quinielas para entrar en la terna de nominadas a mejor actriz en los Oscars gracias a su excelso papel en La Sustancia. La similitud es evidente: Moore interpreta a Elisabeth Sparkle, una vieja gloria de Hollywood a la que expulsan de su propio imperio por haber alcanzado una cuota de edad «peligrosa». En esa ocasión, Coralie Fargeat se encargaría de plasmar en su ácida crítica al mundo del espectáculo hodierno una tendencia que representa a la perfección Demi Moore. Al igual que Keaton, la intérprete protagonista de La Sustancia se ve a sí misma en el personaje al que da vida.

Este prólogo nos conduce a Liam Neeson, mítico actor de películas de acción que en el pasado protagonizó una de las grandes obras maestras de la historia del cine: La lista de Schindler. Aunque su papel en la cinta de Spielberg podría haber marcado su carrera, Neeson optó por explorar un terreno donde se ha prodigado hasta convertirse en un icono: el cine de acción. Su Bryan Mills de la trilogía Venganza es uno de los grandes héroes de acción del siglo XXI, y sus posteriores proyectos han bebido de esa imagen que creó en el imaginario colectivo de tipo duro dispuesto a hacer el bien en un mundo despiadado y cruel. En su nueva película, sigue proyectando esa imagen, pero con una variación que me invita a incluirlo en la lista que encabezan Keaton y Moore de intérpretes dispuestos a romper la línea invisible que los separa de sus personajes.

En Absolución, Neeson interpreta a un gángster veterano en el crepúsculo de su carrera criminal. Su cuerpo no es el de antaño, y su psique empieza a caer en picado. Consciente de que su futuro pende de un hilo, decide enmendar algunos errores del pasado en aras de vivir el ocaso de su vida en paz.

La narrativa de Absolución no es nada que no hayamos visto antes: Gángster arrepentido quiere redimir sus pecados y busca ese consuelo en el perdón de la familia a la que un día le dio la espalda. La premisa está tan trillada como su apartado formal, carente de intención y alma. Tan solo un puñado de escenas oníricas acercan al film a un terreno más colorido. Los giros de guion, por su parte, son previsibles y anodinos. Podría ser una película más, pero no: es una película más de Liam Neeson, y eso ya la coloca en otro escalón. La razón de ser de esta correcta exposición de la culpa y los remordimientos es un Liam Neeson entregado a un material cuyo valor reside en las propias semejanzas de su personaje con el actor.

El gángster crepuscular de Absolución ve como un mundo donde era temido ahora se ríe en su cara. El deterioro físico que la edad hace mella en todos nosotros acaba con su credibilidad de cara a sus enemigos. Ven en él una momia, un fantasma del pasado. Para más inri, este deterioro no se ciñe a lo superficial, sino que su maltratado cerebro lo sume en una demencia brutal que evoca al Leonard Shelby de Memento. Tan solo una libreta y los recuerdos del pasado le permiten enfrentarse a la vida que antes amaba. Este gángster, sumido en el ocaso de su vida, es la representación de Liam Neeson en el cine de acción. Antes imponente, ahora decadente. Sus últimos pasos en el mundo criminal hacen honor y justicia a su trayectoria, pero no dejan de ser precisamente eso: unos últimos pasos. Que mis líneas no confundan al lector: es innegable que la intención del film y del propio Neeson sea esta. Absolución es plenamente consciente de lo que está representando, y merece respeto por no permitir que la figura de Neeson como héroe de acción quede mancillada.

Tal y como ha asegurado el propio Liam Neeson, Absolución se trata de una de sus últimas películas en el cine de acción. Los 72 años pesan en las piernas y la cabeza del actor, por lo que a lo largo de 2025 pondrá punto y final a una carrera prolífica que ha encandilado a los amantes del género y han ratificado su condición de estrella inmortal dentro del cine contemporáneo. El crepúsculo siempre es melancólico y desagradecido, pero si se vive con honor, consolida el estatus inmortal de la estrella.

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