En esta era del streaming que nos está tocando vivir, nos hemos (mal) acostumbrado a que el algoritmo decida por nosotros qué tipo contenido debe ser un éxito. En gran medida, para triunfar, una serie debe captar la atención del espectador desde el minuto uno. Para ello tiene que contar con una premisa llamativa (y algo alocada), y apoyarse a su vez en un reparto “popular”. Estas serían las claves para fabricar un éxito inmediato para Netflix, que es capaz de lo mejor y lo peor a la hora de como decida el algoritmo. Hay veces que suena la flauta (bastantes más de lo que parece), pero en otras muchas ocasiones nos encontramos con producciones de usar y tirar guiadas por el algoritmo. En este segundo tipo se enmarca “Esa noche”, uno de esos thrillers de consumo rápido que aterrizó en Netflix el pasado viernes 13 de marzo.
Creada por Jason George (Narcos, El camino de la noche), uno de los guionistas de cabecera de Netflix, Esa noche, se inspira en la novela de Gillian McAllister Wrong Place Wrong Time y cuenta, a priori con todos los ingredientes que el algoritmo parece exigir: un accidente que lo cambia todo, secretos familiares, giros constantes y un reparto joven pensado para captar al espectador que busca un fin de semana de evasión. La historia tiene su encanto, y sobre el papel, la premisa funciona. Unas vacaciones en República Dominicana, que sirven reencuentro de unas hermanas que llevan un año se complican, cuando Elena (Clara Galle) atropella accidentalmente (o eso parece) a un hombre y pide ayuda desesperadamente a sus hermanas. Sin embargo, lo que se plantea de inicio como un drama moral sobre la culpa y la lealtad se transforma pronto en un cúmulo de decisiones cada vez más absurdas que empujan a las protagonistas a situaciones que desafían cualquier lógica narrativa.
La serie está protagonizada por Clara Galle, Claudia Salas y Paula Usero, tres actrices que ya han demostrado su talento en otras producciones, pero que aquí parecen atrapadas en personajes escritos más como piezas de un mecanismo defectuoso que como seres humanos con profundidad. En ese aspecto, sus interpretaciones se ven constantemente arrastradas por un guion que exige reacciones exageradas (siendo suave) y decisiones poco creíbles (la lógica la dejamos olvidada en un cajón) para mantener el suspense en marcha. Mientras vemos avanzar la historia, los personajes parecen estancados en una vorágine sin sentido, y terminan limitándose a cumplir con el siguiente giro, más loco que al anterior. Una especie de huida hacia delante, que lo único que parece pretender en cada episodio es provocar un nuevo «cliffhanger» que justifique no pulsar el botón stop y seguir viendo el siguiente capítulo.

En Esa noche cada capítulo está narrado desde el punto de vista de cada uno de los protagonistas. Seis episodios que nos muestran su visión de lo ocurrido en Santo Domingo primero, y las consecuencias posteriores al atropello. Así, la serie utiliza la técnica narrativa denominada Efecto Rashomon, que muestra diversos puntos de vistas de una misma realidad, partiendo de la premisa de que cada persona puede tener una percepción u opinión diferente de lo que ha ocurrido. De esto modo, cada episodio ofrece pistas no solo sobre lo sucedido en Santo Domingo, sino que ahonda en la relación de las hermanas, con un pasado traumático que las une, y a la vez ha marcado sus vidas. Sin duda, el uso de está técnica narrativa utilizada en múltiples series de televisión, hace del visionado de la serie algo más interesante, aunque el desarrollo de la historia siga lastrado por ciertas decisiones que hacen que el resultado final sea insatisfactorio. Por el contrario, entre tanto algoritmo predefinido, si cabe destacar la dirección de Jorge Dorado (El Ministerio del Tiempo, Embarcadero) y Liliana Torres (Citas, Mamífera) que aporta cierto pulso visual, y la ambientación caribeña que añade un contraste atractivo entre el paraíso turístico y la oscuridad del secreto que une a las tres hermanas. ¡No todo va a ser malo!
Sin embargo, a pesar de ese «esfuerzo» narrativo, la sensación de artificialidad no tarda en imponerse mientras la historia avanza. Los giros de la trama se acumulan con tal velocidad que terminan perdiendo peso dramático. Hay una sobreexposición de estímulos que lo único que pretenden es que no nos distraigamos mirando el móvil, en lugar de ofrecer coherencia argumental. En ese sentido, lo que debería ser una historia sobre las consecuencias de una mentira y el precio de proteger a la familia (por encima de todo) se convierte en una sucesión de situaciones cada vez más improbables, donde la credibilidad se ha dejado sin ningún miramiento. Como resultado, Esa noche es un thriller que nunca encuentra el equilibrio entre tensión y verosimilitud, y que nos acaba transmitiendo la sensación de haber sido diseñado siguiendo un estricto manual de «cómo enganchar al espectador en seis episodios».
En resumen
Esa noche no se siente como una serie nacida de una visión creativa, sino que parece surgida de un cálculo: el tipo de thriller que el algoritmo sabe que funciona con un público que solo busca desconectar durante una tarde de maratón televisivo. Una fórmula eficaz, sí, pero también peligrosamente olvidable.
Tal vez ahí resida el verdadero problema de Esa noche: no es una serie desastrosa, pero tampoco parece aspirar a ser mucho más que un producto funcional. Se deja ver, entretiene durante sus seis horas de duración, cumpliendo con su misión dentro del catálogo de Netflix. Pero al terminar, te queda la sensación de haber visto una ficción diseñada por datos y patrones algorítmicos de consumo más que por una auténtica necesidad de contar una historia.










