En la actualidad, son Movistar Plus+ y Orange quienes ofrecen íntegramente LaLiga EA Sports, LaLiga Hypermotion, la Copa del Rey, la Champions League, la Europa League y la Conference League, algo que cambiará con la entrada de un nuevo operador en la ecuación.
Jazztel, una de las marcas «low cost» del nuevo operador MasOrange, surgido de la fusión de MásMóvil y Orange, da el salto para incorporar todo el fútbol dentro de sus planes de precios.
Orange confirmó la adquisición de los derechos de todas las competiciones europeas de alto nivel, que pertenecen a Telefónica, así como LaLiga, que se reparten entre Telefónica y DAZN. El objetivo de Orange era continuar con la oferta futbolística, tan importante para mantener el cliente premium, el que deja mejores márgenes a las compañías.
Según informa El Independiente, Jazztel ha lanzado una nueva oferta a través de sus canales de captación en la que incluye todo el fútbol, así como el resto de los servicios de paquetes convergentes. El precio será de 87€, similar al de Orange, pero con mejores condiciones en el resto de los servicios (mayor número de líneas, más velocidad de Internet, más datos móviles…).
A pesar de la novedad, que estaría disponible para los clientes nuevos y actuales de Jazztel, no es la primera vez que el operador low cost ofrece en su oferta fútbol, y de hecho ya se ha ofrecido en el pasado la opción de disfrutar de Orange TV, el servicio de televisión de Orange, para clientes antiguos, no para las nuevas altas.
Así, existía la forma de acceder al paquete «Orange TV Todo Fútbol» siendo antiguo cliente de Jazztel. El precio de este paquete de televisión era de 42,95€/mes, y permitía ver todos los partidos de las 38 jornadas de La Liga EA Sports, incluidos los de Real Madrid y FC Barcelona. Todos los partidos de las 42 jornadas de LaLiga Hypermotion, así como el playoff de ascenso a Primera División.
La UEFA Champions League, con la participación de cuatro equipos españoles: Real Madrid, FC Barcelona, Atlético de Madrid y Girona. La UEFA Europa League, con la participación de dos equipos españoles: Athletic y Real Sociedad. La UEFA Europa Conference League, con la participación del Betis. Y la Copa del Rey, con 15 partidos emitidos por RTVE y 55 partidos (45 de ellos en exclusiva) a través del canal Movistar Liga de Campeones.
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La historia nos sumerge en la Roma del año 79 d.C. Una crisis económica se extiende por todo el Imperio y el emperador Vespasiano alivia las tensiones del pueblo con una amplia oferta de espectáculos en el Coliseo. En medio de estos conflictos, las consabidas intrigas políticas y luchas de poder a las que estamos tan acostumbrados.
Robert Rodat, responsable de los libretos de Salvar al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998) y El patriota (Roland Emmerich, 2000), es el responsable de adaptar la obra homónima del polifacético Daniel P. Mannix, que también supuso, a su vez, una inspiración para la celebrada película protagonizada por Russell Crowe. El amante de la destrucción gratuita Roland Emmerich (Independence Day, El día de mañana) es el responsable de la mitad de los episodios y le otorga el estilo visual a este drama aderezado con numerosas escenas de acción.
El cineasta alemán parece no sentirse cómodo fuera del traje de sus artefactos apocalípticos, y aquí se descubre como un torpe maestro de ceremonias que, en cierto modo, parece echar por tierra el trabajo del resto del equipo. A pesar de que su guion no termine de generar interés, es en el apartado visual de la serie donde esta costosa epopeya de 140 millones de dólares se desinfla de forma bastante incomprensible. El vestuario, el diseño de producción y cada uno de los pilares técnicos cuya calidad se da por sentada en una producción de este calibre, se ven desbaratados por una desastrosa fotografía y un aún más desastroso CGI que, en una desastrosa asociación, elevan al Olimpo cinematográfico las miniseries bíblicas que programaban las cadenas televisivas de nuestro país en Semana Santa, allá por los noventa.
Los títulos de crédito, que plagian sin complejos a los de Juego de tronos (David Benioff, D.B. Weiss, 2011), parecen adelantarnos que estamos ante una versión de espada y sandalias de la conocida serie de HBO. Todo sería aceptable hasta comprobar en los primeros episodios que la cosa ni tan siquiera alcanza el nivel de series como Roma (John Milius, Bruno Heller, William J. MacDonald, 2005) o incluso de Spartacus: Sangre y arena (Steven S. DeKnight, 2010), realizadas hace unos cuantos años y con algo menos de presupuesto. El desinterés se palpa en el ambiente y las historias y personajes no consiguen dejar huella en el espectador, que asiste con cierta inercia a un conjunto previsible que, a fin de cuentas, se deja ver entre tanta fanfarria y tanta trama.
El morbo cuando uno asiste a una hecatombe audiovisual de altura como es esta serie, nos lleva a olvidarnos de ese irritante juego de cazar gazapos en una producción de época, y nos embelesa con un CGI que ha conseguido llevar a la esfera digital de unos y ceros el concepto de cartón piedra, asistiendo a unas cotas de falta de calidad que, bien mirado, podrían tener su gracia y hasta su interés. Los cromas en las escenas de carreras de cuadrigas no reflejan el esmero puesto en un proyecto tan colosal y, en general, todo tiene un barniz que, en estos tiempos que vivimos, nos hace pensar en que estamos ante una primera muestra certera de los efectos de la inteligencia artificial en la ficción televisiva y cinematográfica.
La presencia de un Anthony Hopkins interpretando a Vespasiano en modo «pasaba por aquí» –o, si se prefiere: «extiende el cheque» – o de Iwan Rheon –que reproduce aquí muchos de los aspectos despreciables del vil Ramsay Bolton en la serie de Benioff y Weiss–, no consiguen darle lustre a un conjunto anodino en el que nada de lo que ocurre importa realmente, y que parece más bien una eterna –y cara– música de ascensor.

Desde que huye de un tiroteo en una discoteca de ciudad donde está de excursión con sus compañeros de Instituto, hasta que regresa a su casa, Lillian recorre el caleidoscopio que es la sociedad americana (la del Este), como una Alicia de Lewis Carroll. Y lo hace en una atmósfera casi dulce, a pesar del ir y venir de los acontecimientos a cada cual más inquietante.
Así, Lillian, en su marcha hacia adelante, se ve conviviendo con un culto profesor –fascista y extra conservador- con quien se convierte en una Lolita de libro, al menos, espiritualmente; de ahí, a ser una actriz de categoría, descubierta en plena calle –el sueño de muchos- por unos directores noveles, miembros activos del ‘black power’; y, más tarde, tras ser testigo de una matanza en pleno set de rodaje, termina refugiada en un granero propiedad de un grupo de radicales islámicos.
De esta manera tan sutil, conectándolo todo, haciendo valer la imagen sobre el guión, y con una criatura casi mágica envuelta en un halo vintage como guía, el director de The Sweet East, Sean Price Williams, le da forma de cuento de aventuras a esta sátira, logrando que funcione la inconsciencia.
Menos mal que cada cierto tiempo te arranca una sonrisa socarrona a modo de bofetón cariñoso y te vuelve a centrar. Como si quisiera advertirte de que lo que ves, existe y es preocupante. Eso sí, lo hace con calma pero sin pausa, como es la película. Por cierto, su primera película.
Con todo esto en la maleta, sentía cierto temor ante la perspectiva de una secuela de la cinta que tanto me enamoró en su día. Primero porque Pixar ha tenido ciertos tropiezos en las secuelas de sus grandes hits. Y segundo porque veía difícil conseguir algo que no palideciese en la comparación directa con su antecesora. Pues bien, el el pasado 19 de Junio se estrenó en los cines la esperadísima Del revés 2 y yo debo decir que he salido más que contento de su visionado.
La cinta tiene una construcción narrativa muy similar a su predecesora. Vuelve a usar el esquema de que ciertos personajes tienen que ir de un punto a otro punto para conseguir algo y volver con lo conseguido a tiempo para solucionar los problemas ocasionados. Pero, aunque repite la estructura -y eso le resta algo de originalidad-, te lo compensa con las nuevas adquisiciones en forma de emociones más complejas – Ansiedad, Vergüenza, Aburrimiento y Envidia- y las formas en cómo trabaja con ellas en comparación a cómo trabaja con las emociones que ya teníamos presentes en la primera película.
El hecho de centrarse en la pubertad de Riley le da a la cinta una serie de capas de subtexto que no podía permitirse, por razones obvias de la edad, en la primera entrega y otorgarle el peso a Ansiedad en gran parte de la película nos hace entender a todos, tengamos más o menos cerca esa etapa, lo duro que puede llegar a ser crecer durante la adolescencia.
Del revés 2 trabaja francamente bien el peso de las relaciones sociales durante ese momento vital -aunque obvia las primeras atracciones amorosas, en una decisión un tanto sorprendente- y cómo a veces los adolescentes son una bomba emocional que no saben por dónde tirar y que tienen momentos donde se sienten totalmente sobrepasados por lo que están sintiendo y viviendo.
Además, creo que la construcción del torbellino emocional que supone crecer, lo grandes que pueden parecer algunos problemas que, visto con perspectiva no lo son tanto, pero que en el momento que los estás viviendo para ti si que lo eran y la forma como conjuga todo ello con lo que pasa en el interior de Riley hacen de esta cinta una de esas que se van a usar -como ya ocurrió con la primera entrega- en institutos para explicar ciertos procesos emocionales. Se nota que el guion se ha trabajado muchísimo en esa dirección y en cómo el carácter y la personalidad se van formando poco a poco mediante nuestras experiencias y creencias. Además de volver a hablarnos de la función adaptativa que tienen las emociones y volver a repudiar de la tendencia errónea que tenemos en muchas ocasiones de hablar de emociones positivas y negativas cuando todas tienen su función.


