«La Odisea» es una película de Christopher Nolan. Con esta tesis, tan simple como autosuficiente, empiezo una crítica que poco tiene que ver con la obra original escrita por Homero en el siglo VIII a. C., ya que pretendo centrarme en la razón de ser de una de las adaptaciones más ambiciosas de la historia: su autor, Christopher Nolan.
El estilo de Christopher Nolan siempre ha levantado ampollas. Desde sus primeros grandes bombazos como la trilogía de Batman, Origen o El truco final, no han sido pocos sus detractores, los cuales alegan que el realizador británico es un pedante y vacío farsante cuyos productos son fuego de artificio. Si nos ponemos poéticos, bien podría ser esa una definición faltosa del concepto «mago». Lejos de indignarle, creo que «mago» es un calificativo que Nolan agradecería dada su fascinación a las nobles artes del engaño. Las posteriores películas no hicieron más que ensanchar la brecha entre sus feligreses y sus detractores: todo era cada vez más grande, tramposo, fascinante e inabarcable. El odio y la admiración dejaron de ser ideas para convertirse en realidades que sobrevuelan constantemente la figura de Nolan.

Al margen de la controversia y la recepción social de su obra, Nolan ha tejido una filmografía envidiable para la amplia mayoría de directores de la historia del cine. Sin ningún tipo de vergüenza ni atadura, ha ido enlazando proyectos enormes con una asiduidad habitual (tres años entre películas desde Interstellar en 2014) que han encandilado, mayoritariamente, a público y crítica. Paralelamente a su incuestionable éxito comercial, Nolan ha conseguido dotar a sus obras de un sello personal con temáticas comunes que incluso el espectador más despistado es capaz de reconocer en sus películas. Este es, probablemente, uno de los argumentos más repetidos por parte de sus detractores: la vocación popular de su cine. Para algunos, sobre explicativo. Para otros, accesible. Tanto monta, monta tanto.
Llegados a este punto de su carrera, parecía inevitable que Nolan se decidiera a rodar La Odisea. En cierto modo, la obra celebérrima de Homero está en todas sus películas. Cobb, Cooper, Wayne, Oppenheimer, los soldados británicos acorralados en Dunkerque… todos son Odiseo queriendo regresar a su hogar. Aunque suene a cliché, La Odisea era la obra que Nolan estaba destinado a hacer.
La Odisea de Nolan antepone el realismo y la humanidad a la fantasía y el mito. Su gran virtud es su retrato fidedigno de la culpabilidad, la ambigüedad y la complejidad del hombre que se ha traicionado a sí mismo y, en consecuencia, a la humanidad. El Odiseo de Nolan no es tan diferente a Oppenheimer, aquel hombre que mostró al mundo cómo destruirse a sí mismo. Ambos comparten la tormentosa culpabilidad de haber dado con la respuesta a la deshumanización. Es una temática inherente a Odiseo y que Nolan convierte en el motor dramático de su nueva obra.

También hay mucho de Dunkerque en La Odisea. Odiseo y su menguante ejército, desesperados y acorralados, tratan de domar la furia del mar y regresar a casa del mismo modo que los soldados británicos tratan de huir de las invisibles amenazas nazis en la playa de Dunkerque. Imposible no recordar los vastos planos del film bélico de Nolan en los primeros compases de La Odisea o en las escenas que trascurren en alta mar. Lejos de ser un refrito, queda patente que Dunkerque era un entrenamiento.
Como toda película de Nolan, el núcleo dramático y la variedad de temas habituales no se comen el producto, ya que no dejamos de estar ante un blockbuster con un reparto estelar concebido para arrasar en la taquilla (misión que está cumpliendo con creces). Para muchos, la gran virtud de Nolan. Para otros, la simplificación de la fórmula para llegar al gran público. Nuevamente, Tanto monta, monta tanto. La espectacularidad y la grandeza de las tres horas de metraje se traducen en la espectacular fotografía de Hoyte Van Hoytema, una banda sonora que no hace más que engrandecer la figura del enorme Ludwig Göransson y un montaje a cargo de Jennifer Lame (tercera colaboración consecutiva con Nolan) que insufla dinamismo y frenetismo a partes iguales. Para la historia queda la representación de la batalla de Troya, la visita al Hades o el regreso de Odiseo a Ítaca.
La Odisea es todo lo que se le puede exigir a una película de Christopher Nolan. Es un paso lógico y concienzudo de una filmografía destinada a recuperar una de las obras más importantes de la historia y acercarla a un público cada vez más disperso, polarizado, exigente y falto de dopamina. El futuro inmediato promete un éxito descomunal en la taquilla hasta el punto de convertirse en la película más taquillera de Nolan. Veremos si en unos meses a este éxito se le puede sumar alguna que otra estatuilla dorada.