Christopher Storer, el creador de esa gran serie culinaria de los últimos años llamada «The Bear» (disponible en Disney +) ha debido tener tiempo para reflexionar después de la soporífera cuarta temporada de la serie sobre en qué consistía su creación, y hacia donde quería que se dirigiera después de un inicio que acumuló premios y reconocimientos, para acabar con los personajes dejando de cocinar para hablar sobre su vida y su sufrimiento.
En esta quinta temporada, Storer ha decidido volver al Caos.
Caos. Esta serie siempre tuvo como argumento el Caos. Caos emocional, ante la pérdida de un hermano en un núcleo familiar ya de por sí caótico.
Caos profesional, al confrontar los conocimientos, la experiencia, la habilidad profesional y la aptitud conseguida en los mejores restaurantes del mundo, con el personal de un local que no alcanza esos estándares, por lo que en principio todo está encauzado a salir mal.
En esta temporada a ese Caos ya de serie, se une una tormenta continúa, que añade un cúmulo de inconvenientes relacionados con las propias instalaciones, un espacio temporal reducido a un solo día, y casi en tiempo real, para que ni siquiera el cansino reloj de la temporada anterior signifique mucho, y la espera a que lleguen los clientes se convierta en un momento de tensión y ansiedad todavía mayor que si la sala estuviera llena; y se añade más Caos al Caos, al incluir varios desperfectos materiales y sentimentales al conjunto.
En realidad, esta serie nunca ha ido de cómo gestionar todo esto, o de reflexionar sobre ello, cosa que hacía la mencionada cuarta temporada. Esto ha ido siempre de ver si lo superan, si el reto mayúsculo al que siempre se enfrenta el equipo de este restaurante sale adelante con la autoexigencia por las nubes, ya que si no fuera así no tendría el mérito que tiene; comprobar que, aunque todo esté en su contra, ver si salen los platos, si la gente se va satisfecha del restaurante, si el servicio, la calidad de la comida, el ambiente, todas aquellas cosas que podemos poner en una crítica culinaria están a la altura, cuando los profesionales que intentan llevar a buen puerto esta cocina tienen todo en contra, y lo que está en juego no es que un cliente coma bien o mal, sino su propio trabajo.
Puede pasar de todo en este restaurante, por lo visto en las cuatro temporadas anteriores, desde una puerta de la nevera atascada hasta una madre desbocada (es Jamie Lee Curtis, continuará desbocada). Pero no pasa nada en las cuatro temporadas anteriores, que pase en esta. Hasta en eso la temporada es magnífica.
Esa nueva línea temporal, todo en un día, casi en tiempo real y sin cambios de escenario, todo al ritmo de las comandas, le sienta muy bien a esta temporada en particular, y a la serie en general. No hay distracciones, no hay romances fuera de esas cuatro paredes, solo los inversores de turno con sus agobios, pero casi ni molestan.
Los episodios comienzan con una duración muy corta, casi de sitcom, para terminar con el apoteósico séptimo episodio, una culminación a toda la temporada manteniendo el tempo sin altibajos, hasta el éxtasis final.
Decir que la última temporada de TheBear es perfecta, viniendo de la primera temporada, la del descubrimiento, y de la tercera, la de la reafirmación, tal vez sea exagerado.
Si exceptuamos alguna obras maestras de la televisión como Mad Men, Breaking Bad o Los Soprano, es muy complicado, prácticamente imposible, que una quinta temporada de una serie sea la mejor temporada, por muchas razones, empezando por el agotamiento lógico de la forma narrativa, de la historia que se nos cuenta y de los personajes, e incluso por la nula capacidad de sorpresa del espectador al que le cuentan, un poco lo mismo, una vez más.

Tal vez en The Bear, venir de un tipo de temporada como la anterior, agotadora, soporífera, profundamente decepcionante para sus seguidores, en la que ni tú que te has visto toda la serie sabes de qué van los personajes hace que entres en esta sin ninguna expectativa.
Salir del bucle de flashbacks, de los continuos conflictos entre los personajes, una temporada más, de las reflexiones profundas y personales que no le interesan a nadie, para plantarte delante de una cocina y cocinar, simplemente, desarrollar tu labor lo más profesionalmente posible, utilizando para ello todo el conocimiento acumulado en tus años de profesión, vivir un día de angustia permanente que empieza con una tormenta inaudita, un desplome, una cañería reventada, un poco desbordada por toda la mierda (con perdón) que ha ido acumulando el desagüe de The Bear hasta esta quinta temporada, para que todavía sea más complicada la noche, nos hace dejar atrás todo lo que nos impedía seguir hacia adelante.
Y vaya si sigue hacia adelante.
El ritmo, el montaje, la luz, las interpretaciones, la cámara (perfecta), los encuadres, es un cúmulo de todas las virtudes acumuladas en la serie, pero que parecían estar desperdigadas, porque a este restaurante nunca le iba lo suficientemente bien como para preocuparse por los clientes; ahora mismo, en esta temporada, el destinatario final de todo ese trabajo, de todo ese esfuerzo, es el verdadero protagonista de la serie. Y eso es apoteósico.
Casi saboreas cada plato, estás en una mesa, sentado, mientras te explican algo que has visto no solo hacer, sino surgir de la cabeza de cada chef que ha ido aportando ideas hasta ese producto final.
Y muchos platos vienen de más allá, vienen de algo íntimo que cada uno cocinaba en su casa, o que le han cocinado de niña, o que ha experimentado antes y ahora le regala a los comensales.
Es casi una coreografía entre todos, es imposible hacerlo mejor, y también es imposible disfrutar más viendo esta serie.
El ritmo no para, y los episodios te hacen, demasiado pronto, ver que te la estás terminando, que el plato se acaba, que a esta velocidad es casi como si estuvieras en la cadena de montaje del restaurante y Sid y Carmine te estuvieran dando órdenes, como a esos comensales a lo que Ricky lleva dentro (qué momento).
Señor Storer, pedazo de temporada.