El documental «Black Water», dirigido por Natxo Leuza, se inscribe dentro de un cine de denuncia que rehúye la exposición tradicional para sumergir al espectador en una experiencia directa, casi física, de las consecuencias del cambio climático, en especial en el territorio de Bangladesh, fuertemente atacado por las inundaciones y los desechos del ser humano. El proyecto nace de la colaboración entre el cineasta navarro y la productora En Buen Sitio, fundada por Lucía Benito y Jokin Pascual, quien asume además la dirección de fotografía en la película. Fue presentada en la última edición del Festival de Málaga, donde su enfoque llamó especialmente la atención. El realizador se dio cita con asistentes al pase el 16 de abril en Madrid, en los Cines Golem.
El proceso de producción
La película parte de una tradición documental centrada en observar y contar historias sin una intervención explícita. Resulta clave entender la obra como un híbrido entre documental y ficción, tal y como ha señalado el propio Natxo Leuza: “A mi me encanta estar en esa frontera entre ficción y documental”. Lejos de restar autenticidad, esta ambigüedad refuerza el discurso, ya que la reconstrucción o estilización de ciertas situaciones intensifica la carga emocional sin alejarse de la verdad de fondo.
El germen del proyecto revela también su dimensión más poética y conceptual. Durante el proceso de investigación, Leuza descubrió que la zona sur de Bangladesh está formada por manglares, considerados los pulmones del país. A partir de ahí, comenzó a imaginar esos pulmones sumergidos bajo el agua en uno de los territorios más contaminados y vulnerables del mundo, una imagen cercana a lo onírico y lo perturbador que terminó filtrándose en la estética del filme.
Este equilibrio entre lo pensado y lo vivido se traslada directamente al trabajo con los personajes. Leuza partía desde casa con un guion abierto, con secuencias previamente imaginadas. “Desde casa todo parece bonito”, afirmaba el propio director en el coloquio. Sin embargo, al enfrentarse al barro, a la materialidad de la catástrofe, emerge una tensión inevitable entre esas ideas previas y la crudeza de lo real.
El tratamiento con los protagonistas resulta especialmente revelador de este método híbrido. Más que imponer diálogos cerrados, el director planteaba las escenas a partir de un tema general, acotando únicamente una palabra de inicio y otra de final. Entre esos límites, los propios participantes construyen el discurso, aportando su experiencia directa.
La luz en sus personajes
Leuza opta por un enfoque observacional, sin entrevistas formales, donde la cámara acompaña a los personajes en su cotidianidad marcada por la catástrofe. En este contexto, los protagonistas funcionan casi como arquetipos —la madre desplazada, la activista y el profeta—, aunque mantienen un fuerte anclaje en lo real. El relato sigue, entre otros, a una mujer que abandona su aldea inundada para buscar sustento en una Daca colapsada, a una activista que confronta la falta de acción por el gobierno y a un profeta que introduce una lectura espiritual del desastre, construyendo así un mapa humano del éxodo rural.
En especial, la figura de la mujer se convierte en uno de los ejes más significativos del film. Es a través de ella donde el documental articula también su dimensión más sensorial: la relación con el entorno, la dureza del desplazamiento y la resistencia cotidiana frente al colapso. Todo el conjunto está dominado por una estética de la oscuridad. Los elementos naturales —el agua, la tierra, el cielo— aparecen dominados por una paleta visual sombría, densa, casi opresiva. La ciudad tampoco escapa a esta lógica: el gris urbano, la suciedad de los ríos convertidos en vertederos y la saturación de los espacios refuerzan esa sensación de colapso permanente. Sin embargo, dentro de este universo visual marcado por la penumbra, emerge un contraste significativo; la presencia de las mujeres introduce una forma distinta de luminosidad.
Esta luz no es únicamente visual, visible en los colores de su ropa, más vivos dentro de un entorno apagado, también es muy simbólica. A través de ellas se articula la mujer que abandona su aldea inundada para sostener a su familia en la ciudad, la activista que confronta el poder institucional y, en definitiva, figuras femeninas que sostienen la vida en medio del desastre. En este sentido, el documental establece un contraste claro entre el entorno devastado y la energía que transmiten estos personajes. La oscuridad no logra desaparecer, pero a la vez se introduce sentido, dirección y una forma de esperanza crítica.
El uso de material diegético, especialmente unas grabaciones con teléfonos móviles en una parte de la película, refuerza la sensación de inmediatez. A ello se suma un diseño sonoro envolvente que convierte la lluvia en una presencia constante, opresiva.

“Gota a gota, nadie nos va a salvar”
Visualmente, el documental insiste en planos que enfatizan la fuerza incontrolable del agua, construyendo una idea de desastre sostenido en el tiempo. Paralelamente, emerge una dimensión simbólica a través del culto que practican algunos personajes, quienes buscan respuestas trascendentales ante una realidad incomprensible. La ciudad aparece como un espacio de acumulación de problemas: masificación, precariedad laboral y condiciones de vida degradadas. Los ríos, convertidos en auténticos vertederos, reflejan una crisis ecológica que apunta directamente a la acción humana.
El discurso es claro y contundente. Natxo Leuza no ofrece soluciones; construye una sensación de descontrol creciente, de deriva hacia un horizonte sombrío. A su vez, otra idea resuena como clave interpretativa: “Solo los peces muertos siguen la corriente”, interpelando al espectador y sugiriendo la necesidad de resistencia.
Conclusión
En última instancia, Black Water trasciende el retrato de una catástrofe concreta para convertirse en un espejo incómodo de un mundo incapaz de reaccionar ante sus propias consecuencias.
