A veces, se cruzan límites que van más allá de contar una historia en busca de remover conciencias o ejercer de voz de la justicia. No siempre quedan muy claros dichos límites, pero es evidente que el género true crime no ha perdido vigencia ni el interés del público. Netflix sigue apostando por este tipo de producciones como demuestra el estreno de «Alguien tiene que saber», el pasado 15 de abril. Esta serie chilena llegó a la plataforma con la difícil tarea de convertir un caso real en una ficción que no solo enganche al espectador, sino que también respete la memoria de la víctima y de sus familiares.
La serie, que cuenta entre sus productores con los hermanos Larraín, se inspira en el conocido caso Matute Johns, uno de los episodios más impactantes de la crónica negra chilena entre 1999 y 2004, que casi tres décadas después del crimen aún continúa sin sentencia condenatoria. Sin embargo, sus responsables optan por una decisión a la que no es ajena este tipo de producciones: cambiar nombres y reconstruir los hechos desde la ficción. En este caso concreto, Alguien tiene que saber ha vivido rodeada de polémica desde el momento de su concepción, ya que María Teresa Johns se posicionó desde el primer momento, en contra del proyecto: “como familia no hemos autorizado ninguna serie que se hagan con el nombre de mi hijo, yo no lo voy a aceptar”. Estas declaraciones de la madre del joven Jorge Matute, en septiembre de 2024 al diario chileno Sala de prensa, fueron el preludio de una lucha que sigue hasta hoy en contra de la producción de la serie de Netflix.
En este sentido, Alguien tiene que saber se sitúa en una línea muy similar a la de producciones recientes de la propia Netflix en España como El caso Asunta o El cuerpo en llamas. Ambas series lograron un enorme impacto mediático y de audiencia, pero también abrieron un debate incómodo sobre los límites del entretenimiento cuando se nutre de hechos reales. ¿Hasta qué punto es legítimo dramatizar el sufrimiento? ¿Dónde está la línea entre el interés público y el morbo?
En lo estrictamente narrativo, la serie producida por Fábula y protagonizada por Paulina García y Alfredo Castro, articula su relato a través de tres figuras clave: una madre que se niega a dejar de buscar respuestas, un detective obsesionado con la verdad que cae en el cliché del género y un sacerdote que guarda un secreto y sufre una crisis de fe. Esta estructura, casi clásica dentro del género, es sobre la que se apoya la serie, que pretende ofrecer al espectador la mayor cantidad de información posible. Sin embargo, el problema no es la información, o, mejor dicho, la falta de ella, sino una historia a la que le falta desarrollo emocional, por su escasa conexión con el espectador. Hay una sensación, a lo largo de sus ocho episodios, de que la narración ocurre en un lapso muy corto de tiempo. En ese aspecto, la serie no es capaz de captar la angustia de una familia que ha perdido a su hijo y no obtiene respuestas. Solo hay que recordar que la investigación principal en la que se inspira Alguien tiene que saber duró cuatro años, pero en la serie todo parece condensado en apenas unos meses.

La serie funciona mejor cuando se centra en las dinámicas de sus tres personajes principales, cada uno con personalidades muy definidas y a los que acompañamos durante los 8 episodios que conforman esta producción. Más allá del trío protagonista, nos encontramos ante una historia que explora las diferentes hipótesis que persiguieron los detectives del caso para encontrar a Jorge. Sin olvidar cómo deficientes procedimientos policiacos y animadversiones entre Carabineros y PDI entorpecieron una investigación de un caso de gran impacto en la sociedad chilena, y que hoy en día aún sigue sin resolver.
El reto principal para el espectador, cuando se enfrenta a una producción de este tipo, no está solo en lo narrativo, sino en lo ético. En este sentido, series como Alguien tiene que saber tienen la capacidad de reabrir conversaciones necesarias sobre memoria, justicia y responsabilidad, pero también corren el riesgo de simplificar una realidad más compleja y dolorosa en favor del drama televisivo. Si nos fijamos en el aspecto narrativo, este nuevo true crime ofrece un relato austero, tanto en la forma como en el fondo. Hay un excesivo mecanicismo en el relato que huye de la emoción, centrándose más en el tono policiaco que en el drama humano o en el impacto del caso en la sociedad chilena de la época.
A ojos de una persona que no conocía el caso real de Jorge Matute Johns, Alguien tiene que saber es una serie correcta, que funciona más como policiaco genérico que como un true crime de manual. Pero, para quienes recuerdan con claridad lo que ocurrió en la ciudad de Concepción en 1999, la serie de Netflix es un recordatorio cruel de lo ocurrido hace 27 años, con un desenlace aún incierto.