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«El agente secreto»: La biblioteca de Alejandría

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Ferran Alcocer Gómez
Ferran Alcocer Gómez
De Nolan, Ducournau y Sorogoyen. Graduado en Comunicación Audiovisual y Periodismo. Mi vida se basa en esperar a que empiece el siguiente Festival de Sitges.
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No subestimemos lo evocador que puede llegar a ser un título. Ante El agente secreto, se abre la caja de pandora. Podemos esperar un thriller de espías a lo John le Carré o un blockbuster de acción de verosimilitud incierta. Sea como sea, parece indispensable que su protagonista goce de un magnetismo sobrehumano y cumpla con los requisitos inherentes al agente secreto. Solo una persona se lo debe haber pasado mejor que el espectador elucubrador que se dispone a ver El agente secreto: su director, Kleber Mendonça Filho, quedándose con todos nosotros.

El agente secreto sigue los pasos de Armando, un mundano docente universitario, en la Brasil totalitaria de 1977. Interpretado por un avasallador Wagner Moura, Armando regresa a la ciudad de Recife para reencontrarse con su hijo y tratar de encontrar algún registro que certifique la existencia de su madre.

Es para aplaudir el talante de Kleber Mendonça Filho. Desde el primer minuto de El agente secreto, se dedica a subvertir las expectativas del espectador, a quien permite acompañar a Armando por una Brasil plagada de personajes variopintos. Los elementos parecen dispuestos sin ton ni son, como si de una amalgama desdibujada se tratase, pero nada más lejos de la realidad. Si hay una cualidad que destaca en El agente secreto, esa es la perspicacia, tanto para vacilar con su título como para proponer un relato complejo y estimulante.

«El agente secreto» es una de las películas más comentadas de la temporada cinematográfica

De estructura narrativa dispersa y alma contestataria, este excelso film brasileño consigue envolvernos en un tiempo ya extinto que evoca lo mejor y lo peor del ser humano. La podredumbre moral que lucen algunos de los despreciables personajes de la función es igualada por su maravillosa representación de un templo sagrado tan denostado como el cine. La pleitesía que Mendonça Filho rinde a su medio queda patente en el mimo con el que dirige las mejores escenas del film, aquellas que suceden entre las paredes de un cine majestuoso y señorial que hoy en día apenas se conservaría como reflejo de lo que un día fue y ya no es. No es una «oda» ni una «carta de amor», es una reivindicación del poder que tiene el cine para rebelarse contra la realidad y acoger en sus butacas a pobres desdichados que renuncian durante dos horas a su propio ser.

Además de ser un retrato del pasado, El agente secreto es una reflexión del presente y de su relación con tiempos pretéritos. En palabras de su director, Brasil es un país que «tiene amnesia y pérdida de memoria». Mendonça Filho se destapa como un realizador socialmente comprometido que representa el pasado para no olvidarlo. Un pasado denunciable y terrible, pero también idealizado por una obra que recuerda con cariño y tristeza, pero que recuerda, al fin y al cabo.

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