¿Hasta dónde estarías dispuesto a llegar para liberarte de cualquier tipo de sufrimiento? Una pregunta en apariencia sencilla, pero que esconde una terrible verdad sobre la naturaleza humana. Algo que nos deja ver de una manera perturbadora «La sonrisa del mal» (la traducción no le hace justicia), película dirigida por Paolo Strippoli que nos traslada a un pequeño pueblo donde todo el mundo parece extrañamente feliz. Estrenada en los cines españoles el pasado 20 de marzo, tras su paso por Festivales como Venecia, Estrasburgo o Sitges, la película nos presenta una propuesta inquietante, que apuesta por incomodar al espectador, explorando el terror de una forma distinta y cautivadora.
La premisa de La sonrisa del mal es potente. Remis es un pequeño pueblo escondido en un valle aislado entre las montañas. Sus habitantes son todos inusualmente felices (de ahí el título de la película en su versión original). Hasta este lugar llegará Sergio Rosseti (Michele Rondino), el nuevo profesor de educación física, atormentado por un trauma del pasado. Pronto descubrirá que, tras la aparente serenidad de este pequeño pueblo, que en el pasado también sufrió su propia tragedia, se esconde un inquietante ritual. Una noche a la semana, sus habitantes reúnen para abrazar a Matteo Corbin, un adolescente que parece capaz de catalizar el dolor ajeno. ¿Superstición o realidad perturbadora? Strippoli presenta así, una idea tan sugerente como perturbadora: poder liberarse del sufrimiento a cualquier precio. Con una puesta escena cuidada y una atmosfera opresiva, la película explora los límites de lo humano y lo divino, a través de un relato en que va más allá de lo sobrenatural.
La sonrisa del mal es, ante todo, un thriller psicológico, que también reflexiona sobre la juventud, ofrece su propia alegoría religiosa y realiza una lectura social que completa el conjunto. De esta forma, se nos presenta una historia sobre personas rotas por el dolor, abrumadas por la tragedia que han encontrado una forma de dejar de sufrir. Sin embargo, la película nos plantea la duda de si la presencia del joven Mateo es un milagro o una maldición para quienes le conocen. Una de las virtudes del filme de Stroppoli es que tiene tiene la capacidad de sugerir, de incomodar, dejando espacio al espectador, para su propia interpretación.
Sin duda, estamos ante una película que provoca incomodidad en el espectador. Con un inicio impactante, su intención es removernos por dentro en una época en la que el ser humano cada vez se encuentra más anestesiado frente al dolor propio y ajeno. Palabras como solidaridad, compromiso o altruismo, son solo eso, simples palabras que se lleva el viento. El abrazo de Mateo es una metáfora, de este mundo moderno gobernado por unas redes sociales que sirven como vía de escape para dejar de lado la cruda y monótona realidad. No pensar, perderse en las luminosas pantallas de los móviles es una adicción tangible, como lo es para los habitantes de Remis el abrazar a Mateo. Su don es la forma de olvidar, de no sentir, como para muchos lo son las redes sociales.

A su vez, el componente religioso, en La sonrisa del mal, aporta una dimensión especialmente interesante e inquietante, a partes iguales. El ritual del dolor compartido funciona como una idea poderosa y visualmente muy evocadora, que al igual que las redes sociales conecta con esa necesidad de anestesiar el sufrimiento y las consecuencias de hacerlo. En ambos caso, la película no busca respuestas fáciles, ofreciendo más preguntas que certezas, y eso juega claramente a su favor.
En el aspecto interpretativo, Michele Riondino sostiene en gran medida el peso de la historia, junto al debutante Giulio Feltri. Rondino, al que hemos recientemente en Leones de Sicilia o la última adaptación televisiva de El Conde Montecristo, ofrece un trabajo sólido, dando vida a una antigua estrella del deporte que arrastra tras de sí un drama personal que lo persigue desde hace tiempo. Su personaje se mueve en esa frontera entre la incredulidad y la esperanza por olvidar el dolor, entre lo raciona y la fe. Una dicotomía que define a toda la película, y lo hace con una contención que refuerza la atmósfera general. Por su parte, Giulio Feltri da vida al llamado ángel de Remis. Alguien “maldecido” por un don que no le permite llevar una vida normal de adolescente, y que oculta un oscuro secreto que podría perturbar la existencia, ya inquietante, del pequeño pueblo.
En resumen
La sonrisa del mal destaca por su personalidad, con una identidad visual muy marcada que trasciende la pantalla. La inquietud se palpa en cada esquina de un pueblo que funciona como un personaje más de la película. Stroppoli no busca el susto fácil e inmediato, sino que la sensación de incomodidad sea más duradera, provocando que pensemos en lo que hemos visto tras salir de la sala.
Hay muchas formas de inducir el terror en el espectador. La sonrisa del mal (no me acostumbro a está traducción) explora territorios menos transitados, y para ello crea una atmosfera opresiva, en la que los silencios cuentan más que las palabras. Una historia sobre como el miedo puede provocar que seamos capaces ir más allá de cualquier límite racional.