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«La larga marcha» camina, pero no llega a alzar el vuelo

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Gerard Garrido Duch
Gerard Garrido Duch
Divulgador científico y cultural, además de apasionado del cine y de la crítica. Soy un barcelonés devorador de películas, estudioso de los Oscar y devoto de Billy Wilder y Scorsese. Capaz de desviar cualquier conversación hacia el cine, también encuentro refugio en el fútbol, la música y la gastronomía.
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Cuando, en 1979, Stephen King publicó su sexta novela, titulada «La larga marcha», no anticipaba el éxito que tendría, más de treinta años más tarde, la saga de «Los juegos del hambre», de Suzanne Collins. Y es que ambas propuestas comparten elementos muy parecidos: una sociedad distópica en la que un gobierno totalitario obliga a jóvenes a participar en macabros juegos mortales. Por ello, no resulta sorprendente que se eligiera como director, para la adaptación de la novela de King, a Francis Lawrence, responsable de cuatro de las cinco entregas cinematográficas del universo de «Los juegos del hambre».

En unos Estados Unidos sumidos en una posguerra distópica, se celebra la larga marcha. Un joven representante de cada estado se aventura en una travesía en la que no puede dejar de caminar hasta que el resto haya caído. El vencedor tendrá la vida solucionada, pero todos los que bajen el ritmo o se detengan serán ejecutados por los militares. A pesar de lo potente que resulta la premisa, La larga marcha palidece ante Los juegos del hambre, pues su discurso político termina siendo bastante menos complejo y, por tanto, menos interesante. En Katniss encontrábamos una heroína que desafía, no solo a un gobierno opresor, sino las jerarquías de clase y género que imperaban en Panem; en La larga marcha no hay demasiada diferencia entre sus participantes y el relato se reduce a una trama algo simple de opresor contra oprimido.

Lo más estimulante de la película termina siendo la amistad que forman el dúo protagonista: Una relación improbable y condenada, pues las circunstancias de la competición sentencian de muerte la relación que forman los personajes interpretados por Cooper Hoffman y David Jonsson. Este último se consagra como un actor a tener muy en cuenta -tras su brillante presencia en Rye Lane (Raine Allen-Miller, 2023) y Alien: Romulus (Fede Álvarez, 2024)-, con una interpretación honesta y tierna; su personaje es el alma de la película. Cooper Hoffman también resulta solvente en su rol protagonista, pero funciona mejor en las interacciones con el resto del reparto que cuando debe sostener el conflicto interno de su personaje.

Francis Lawrence se encuentra en una posición difícil como director, pues el foco de toda la película está en un grupo de chicos caminando por una carretera a lo largo de casi dos horas. El argumento limita las posibilidades de puesta en escena y Lawrence no consigue exprimir los elementos que sí podían ser interesantes. A diferencia de su trabajo en Los juegos del hambre: en llamas (2013), el cineasta evita narrar a través del paisaje, lo que hubiera sido una decisión más enriquecedora; en cambio, la realización termina siendo bastante repetitiva y predecible. El director recurre demasiado a una violencia muy explícita, quizá consciente de la necesidad de introducir golpes de efecto para intentar controlar el ritmo; el resultado resulta algo simple y descompensado.

La larga marcha termina siendo una película atractiva y su mensaje, aunque algo evidente, resulta importante en el clima político actual. El pesimismo de la novela de King (bajo el pseudónimo de Richard Bachman, por cierto) la aleja de otras grandes producciones de Hollywood y la camaradería de sus personajes consigue generar la empatía que demanda la historia. Sin embargo, su desarrollo narrativo termina siendo algo predecible y su propuesta visual decepciona por la falta de inventiva y de recursos que pudieran dinamizar una trama demasiado monótona en su ejecución.

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