La proyección de «La sustancia» en el pasado Festival de Sitges fue un hito. Desde aquel viernes en que centenares de personajes presenciaron la caída en los infiernos de la celebérrima Elizabeth Sparkle, la obra maestra de Coralie Fargeat pasó, ipso facto, a trascender la pantalla. Además de rendir pleitesía a su estilo macarra y cinéfilo, el público sintió empatía por una mujer (!) que se veía fea (!) frente a un espejo (!). Pocos films han logrado concienciar con tanta fuerza sobre un aspecto capital en torno a la psique de la mujer. Tan solo un año después de «La sustancia», llega «La hermanastra fea», una nueva denuncia contra los inverosímiles estándares de belleza que dictamina la sociedad heteropatriarcal.
Basada en el mítico cuento de la Cenicienta, La hermanastra fea convierte en protagonista a Elvira, la envidiosa hermanastra de la bella Cenicienta. Trastornada, desquiciada y alienada, Elvira desea casarse con el príncipe Julian, o al menos con la imagen que tiene de él, ya que es un personaje machista y despreciable que echa por tierra la versión original del cuento de la Cenicienta. Este cambio es igual de aplicable al resto de personajes, tan reales y repugnantes como el príncipe.

Con una puesta en escena que recuerda a La favorita de Yorgos Lanthimos, La hermanastra fea es una de las grandes apuestas del cine noruego en 2025. Parte de su encanto lo debe a su nula intención de ocultar su propósito: es una denuncia contra la idealización de la Cenicienta. Punto. No tiene más, no busca más y no necesita ser más. El descenso a los infiernos que sufre la pobre Elvira, absolutamente desquiciada ante la belleza de su angelical hermanastra, es representado a través de un body horror estilizado y victoriano que mezcla el cine de Cronenberg, Fargeat y Lanthimos.
Desesperada por alterar su identidad, Elvira llevara a cabo automutilaciones y operaciones de cirugía estética en el siglo XIX (no parece el mejor siglo para querer pasar por el taller). Su búsqueda desesperada por un cuerpo que sea acorde a una identidad impersonal e impuesta es el macguffin de una película que consigue entretener y divertir, pero también perturbar por esconder una alegoría tan presente en nuestros tiempos.
Me creo en la obligación de detenerme en la banda sonora de La hermanastra fea. Aunque su aspecto visual brilla, es en el apartado musical donde el film dirigido por Emilie Blichfeldt consigue crear una atmósfera contrastante y mágica. Deudora de los sintetizadores de Giorgio Moroder y las obras de Angelo Badalamenti para el cine de Lynch, la banda sonora compuesta por John Erik Kaada y Vilde Tuv no solo da forma a un universo que une a la perfección las princesas con el body horror, sino que consigue trasladar el relato al mundo actual. En este caso, la música no traslada al público a una época, sino que teletransporta la película a nuestro tiempo.
La hermanastra fea es un logro absoluto. Tras La sustancia, es la siguiente gran película de género que denuncia la presión que ejerce la visión masculina sobre el físico femenino. Veremos si esta tendencia se queda en tierra de nadie o si inicia un nueva ola de cine dentro del horror femenino. Sea como sea, películas así entretienen, educan y perturban. Pedir algo más sería obsceno.