Nos estamos quedando sin razones para suscribirnos a Netflix. Si, la plataforma está en una especie de valle después de que sus productos más exitosos hayan ido finalizando. Y entre ellos, sobre todo, «The Crown».
Si Netflix fuera una monarquía, una monarquía televisiva antigua desde su lejana fundación en 1977 como servicio de alquiler de DVD’s (unos inicios modestos), pasando por su estreno en España en 2015, cuando ya era un éxito en su país, está claro que The Crown, la serie sobre la familia Windsor sería la Reina. Y no sólo por su longevidad, su clasicismo y su éxito desde su estreno, sino por su identificación inmediata con la plataforma corroborada por su prolongación en el tiempo. (Narcos sería el Rey, la serie sobre Pablo Escobar estrenada precisamente el año de la aparición de la plataforma en nuestro país).
Puede que el gran milagro de esta serie sea despertar interés en la monarquía inglesa. Esta claro que está hecha por devotos monárquicos, pero también es cierto que nos hace un poco monárquicos a los demás, hecho que se demuestra en el apego por continuar sabiendo de las desventuras de esta familia sin perder un ápice nuestro interés en ellos. Aunque en realidad, la familia nos importa poco: la auténtica protagonista de The Crown es la Reina Isabel II. Y ella si, ella merecía una serie.
Desde el punto de partida original de Peter Morgan, su creador, cuando basándose en una crisis institucional insólita escribió el guión de la película The Queen, protagonizada por Helen Mirren (Oscar a la mejor actriz) contando los avatares de la Reina Isabel II ante el accidente y muerte de la Princesa de Gales Diana Spencer, ya destilaba un homenaje permanente tanto a la Reina como a la propia institución; y casi como un flashback de esta película, Morgan impulsó la creación de la serie empezando por la propia coronación de la Reina Isabel, y los sucesivos avatares que suceden durante su reinado, alternando durante todo este tiempo un esquema muy parecido al que ya funcionaba muy bien en la mencionada película: un primer ministro con su personalidad definida y triunfador en las urnas, que tiene que someterse a su majestad a su pesar (un sometimiento simbólico); una serie de acontecimientos protagonizados por sus familiares, desde su hermana la princesa Margarita, hasta su marido, hijos, nietos, etc; unos hechos históricos en los que Gran Bretaña debe de involucrarse y en los que ella es una mera comparsa, pero cuya opinión, que solamente comparte con los espectadores ya que ella no puede opinar, siempre es la más acertada; y finalmente todo un equipo de ayudantes, algunos con más protagonismo que otros, que se encargan de que la tradición y el protocolo se cumplan y nada altere su majestuosa perpetuidad.
Claire Foy, principal responsable del exitoso arranque de la serie junto a un gran reparto en su primera temporada, cedió el testigo a las magníficas Olivia Colman e Imelda Staunton encarnando a una Reina que va madurando con la serie, y ésta última es quién cierra con gran solvencia el círculo interpretativo que ha sido la clave del éxito de la serie, incluyendo el elenco que les ha acompañado, desde Dominic West, Jonathan Pryce, Matt Smith, Vanessa Kirby, Helena Bonham Carter, John Lithgow, Gillian Anderson, pasando en su etapa final por la premiada interpretación de una hasta entonces desconocida Elizabeth Debicki, quién en su papel de la princesa Diana de Gales fue la principal responsable del repentino resurgir de la serie en las dos últimas temporadas (5 y 6) en las que la trama de Diana acaparó más atención que las propias peripecias de la Reina Isabel.
La temporada final la han dividido en dos partes, por aquello de alargar lo inevitable (tanto por edad de la protagonista principal como por agotamiento narrativo de la propia serie), con el acontecimiento que generó esta serie desde la primigenia obra de teatro, el accidente de Diana como eje protagonista de esta última etapa en su 5ª y primera parte de 6ª temporada, pero estaba claro que ya sólo los auténticos fans de esta serie podrían seguir con ella, y sus sucesivos estrenos en Netflix han contribuido a no pocas suscripciones, siendo como es uno de los productos estrella de la plataforma.

Volviendo al rey de la plataforma, a Narcos, el primer gran éxito de Netflix, el viraje hacia este drama monárquico suponía una apuesta bastante arriesgada, especialmente debido al cambio absoluto de narrativa de la mayoría de ficciones de la plataforma: no hay violencia, ni armas; hay política, costumbres reales, un modo de contar las cosas que busca un equilibrio entre el ritmo de la monarquía y las sucesivas crisis a los que se enfrentan los Windsor, sin que decaiga la propia narrativa audiovisual, sin olvidarte en ningún momento que estás viendo Netflix. Y eso es todo un desafío, de tal manera que no ha habido (y puede que no vuelva a haber) una serie en esta plataforma que se encargue, con este ritmo narrativo y esta atención por lo detalles de una temática tan alejada de lo que habitualmente vemos en cada estreno de Netflix hasta el final de todo un reinado en unos sobrios y magníficos últimos episodios que muestran, cuando ya no hay nada que contar, cuando llega el momento de preparar el funeral y despedir a los personajes todo su equilibrio emocional sustentado en el personaje de la Reina. Pura coherencia.
Tras el intermedio que supuso la aparición del personaje de Diana, con toda su dimensión trágica volvemos a entrar en Buckingham Palace a intentar comprender a la Reina, a conmovernos con ella y dejarnos seducir por su humanidad.
Cómo contar en la última temporada, que además se divide en dos, la monotonía de una monarquía o una saga monárquica que se dirige hacia su final sin que pase realmente nada, ahí está el mérito de esta última temporada, con unos actores a la altura del nivel de la serie. Porque en The Crown, y aunque se trate de una monarquía parlamentaria, siempre pasaba algo que relacionaba ese presunto poder real con la verdadera realidad, bien a través de primeros ministros insoportables, crisis diplomáticas, amagos de conflictos bélicos y desafortunadas declaraciones o fotos comprometedoras. Pero en este magnífico cierre, más magnífico para los fans de la serie, el inminente final y la trascendencia de cada gesto, de cada preparativo y de cada ceremonia es casi un homenaje perpetuo a toda la serie (y la fallecida Reina Isabel), a estas seis temporadas que, a pesar de los cambios de reparto cada dos temporadas, y la dilatada trayectoria temporal que intenta reflejar ha conseguido hacerse un hueco entre las mejores series producidas en cualquier plataforma.
The Crown es como una factoría monárquica. Convierte a la agente Scully, en Margaret Tatcher; y rizando el rizo, al agente McNulty de The Wire en el principe Carlos.
Y a nosotros, fervientes republicanos, en súbditos de su majestad.
