La consagración nacional, si se puede decir, de un tótem del cine de autor internacional como es Albert Serra, ha sido un proceso escalonado que ha culminado en la obtención de la Concha de Oro del Festival de San Sebastián. Así y todo, existen aún numerosos escollos que su obra deberá superar –o mejor, que nuestra industria debería abolir- para obtener el reconocimiento definitivo dentro de nuestras fronteras, que siempre le ha sido esquivo.
No deja de resultar curioso que su nueva película haya tenido semejante distinción, ya que, pese a tomar como base una parte importante del imaginario patrio, resulta sumamente arriesgada, lo cual es mucho decir viniendo de Serra. Siempre desafiante e inconformista, y reacio a caer en la fórmula en la que sí caen otros contemporáneos suyos con una osadía formal similar, el de Banyoles consigue afinar más su capacidad de riesgo con una película que planteaba muchas incógnitas antes de su estreno y que, una vez vista, se revela como algo indescriptible y difícil de anticipar.
Y es que la temática, como ya ocurría con Pacifiction (Albert Serra, 2022), parecía estar muy lejos de las obsesiones del realizador, acaso por su ambientación contemporánea, y por una naturaleza aparentemente más terrenal y menos abierta a lo trascendente, aunque de eso hablaremos después. No resulta nada extraño, empero, que el autor, que siempre ha hecho de la polémica marca de la casa (o imagen de marca), haya apostado por un tema tan peliagudo los últimos tiempos como el de la tauromaquia. Y, como si el propio Serra hubiese decidido lanzarse desde este polémico trampolín para hacer un triple salto mortal dentro de su ya de por sí polémica filmografía, el resultado es, contra todo pronóstico, mucho más lógico de lo que cabía esperar.
Así, estableciendo una suerte de paralelismo entre su oficio como creador y el del propio torero, que no es otro que el enigmático Roca Rey, Serra ofrece un espectáculo mucho más introspectivo, ahondando en el estado casi de trance de una figura completamente ensimismada en su arte. Y lo hace eludiendo uno de esos aspectos que habrían deslucido el conjunto, y que lo habrían arrastrado al terreno del simple documental: el público que presencia la corrida. El realizador evita aquí mostrarnos, casi en su totalidad, tanto a los espectadores que acuden a la plaza como a cualquier elemento visual accesorio, centrándose de manera férrea en el cara a cara que se establece entre el torero y el toro, y llevando al paroxismo esa lucha de fuerzas, en lo que supone un deslumbrante ejercicio de audacia cinematográfica.
Algo habitual en el creador catalán que, al igual que el francés Éric Rohmer, hace de las limitaciones (autoimpuestas) una virtud. Guiándonos, pues, por un arco que va desde lo inquietante hasta lo hipnótico, y pasando por estadios que requerirán de algunas dosis de paciencia, esta fuerte renuncia a desviar la mirada de lo que acontece en la arena nos sumerge en un profundo estado de trance. Un clima de extraña intimidad que nos hace partícipes, de una forma casi impúdica, de lo que ocurre en esa distancia corta a la que Serra se ha aproximado como nadie antes. Una cercanía que aspira a ser acaso la del torero, y a la que el cineasta nos asoma en un acto de inspirada generosidad, haciendo del cine un arma que todavía puede ofrecernos muchas posibilidades expresivas en años venideros… si se está por la labor, claro.
Y en la arena, en esa intimidad, asistimos, corrida tras corrida, a ese ensimismamiento que, aburrimiento mediante, resulta igualmente fascinante. Un viaje hacia el centro de algo que, como siempre, Serra se resiste a revelar, abriéndonos una puerta hacia lo trascendente, hacia algo que solo el cine, y nunca las palabras, podrá expresar. Un ejercicio casi religioso que transmite esa eterna lucha entre lo apolíneo y lo dionisíaco, entre el hombre y las fuerzas de la naturaleza, tomando como base un material que se prestaba a un simple mecanismo ilustrativo con un mero posicionamiento ético.
Pero todo se revela como puro arte en las manos de este señor, que alcanza de nuevo una cima, como diría uno de los personajes en relación a la labor del protagonista en una de sus faenas. Y es en esa cima donde lo terrenal adquiere una dimensión completamente trascendental, que ejemplifica de nuevo la visión de Serra para sacar agua de una piedra, y para elevar cualquier cosa, por prosaica que pueda parecer. Porque donde pone el ojo… pone la bala.
La incursión del director en el género del documental demuestra, una vez más, su naturaleza insobornable y única, poniendo sobre la mesa la relevancia de un autor que es capaz de llevar más allá de lo imaginable cualquier tema, que, irrelevante o no, cobrará siempre otro significado a través del planteamiento formal. A partir de las innumerables horas de metraje grabadas, y recurriendo a su tradicional metodología de escribir a través del montaje, Albert Serra consigue guiarnos hacia esa intimidad articulando su mirada con un rigor encomiable.
Como siempre en él, la apuesta por escasos recursos y su esmerado trabajo en postproducción, dan como resultado un trabajo fascinante que consigue una suerte de contacto con lo divino a quien esté dispuesto a dejarse arrastrar. Su exquisito uso del sonido y una fotografía cada vez más irreal, introducen la historia en un territorio abstracto en el que no existe nada más allá de la arena (la pantalla). Cabe mencionar aquí la inmensa labor de Artur Tort, que, a través del etalonaje, lleva los trajes de luces a fantasmagorías tecnicolor con ecos de Kenneth Anger, recordándonos que el cine olvida a menudo quien es, y que su capacidad para contar historias puede convivir con el enorme poder expresivo que, una vez más, aprovecha como nadie el bueno de Serra.
En resumen
Una película puente que, gracias a su reconocimiento en San Sebastián y a su distribución en salas, puede acercar al iconoclasta realizador a un público más amplio. Paciencia, y a disfrutar de una de las voces más innovadoras del panorama actual… y de siempre.