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«La maldición del Queen Mary»: Hodierno en el Punto Nemo

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Ferran Alcocer Gómez
Ferran Alcocer Gómez
De Nolan, Ducournau y Sorogoyen. Graduado en Comunicación Audiovisual y Periodismo. Mi vida se basa en esperar a que empiece el siguiente Festival de Sitges.
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La tan vanagloriada nostalgia vive tiempos de gloria y prosperidad. La revisión del pasado es uno de los grandes fetiches del Hollywood actual, tal y como demuestran las innumerables revisiones, remakes, adaptaciones, reboots, biopics, spin-offs… que reinan en las carteleras de todos los cines. Su implacabilidad opaca cualquier atisbo de originalidad, pero no siempre logra embriagarse con su poder. Hay una idea, una corriente, que defiende que idealizamos el pasado en aras de no querer enfrentarnos a un futuro incierto. Razón no les falta a los rebeldes contra el totalitarismo del pasado.

La maldición del Queen Mary es una forma de conciliación entre los nostálgicos del pasado y los valientes que abanderan el enfrentamiento contra el futuro. Por un lado, tenemos una historia tenebrosa que data de 1938 y se sitúa en un crucero que se dirige a Nueva York desde Gran Bretaña. Paralelamente, vemos una investigación en el mundo actual que pretende radiografiar el misterioso buque. Esta premisa estructural requiere un gran sentido del ritmo y la compaginación para no vilipendiar la predisposición del espectador. Lamentablemente, el propósito hace aguas por todos lados y hunde al Queen Mary en el fondo del océano.

Una apuesta tan arriesgada como mezclar dos mundos tan alejados, tanto narrativa como formalmente, debe depositar sus posibilidades de éxito sobre un guion a prueba de balas y un montaje medido al milímetro. A pesar de sus esfuerzos en ser algo más que una película de sobremesa, La maldición del Queen Mary no consigue encontrar el equilibrio en ningún momento. Los saltos temporales se perciben forzados y erráticos, además de que provocan que el interés del espectador sea tan irregular como la propia película.

El gran lastre de La maldición del Queen Mary es su tozudo empeño en querer demostrarnos que pasado y presente se retroalimentan incesantemente. En esta ocasión, el pasado es ampliamente más interesante y estimulante que las consecuencias que deja en nuestro mundo actual. 1938 tiene un diseño admirable, un asesino con un carisma magnético y una historia que no aporta nada nuevo, pero que engancha. La actualidad es aburrida, sus personajes son arquetípicos hasta decir basta y anda falta de ideas, y en el cine las ideas lo son todo.

La nostalgia nos arrastra a una idea autoimpuesta que rara vez retrata una realidad, pero a veces es mejor perderse en esos tiempos pasados (y falsos) que apostar por un presente aburrido, simplón y sin gracia. Este díptico de cruceros encantados que evocan vagamente al Hotel Overlook de El resplandor podría haber funcionado si hubiera confiado en el pasado, pero naufraga en el Punto Nemo.

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