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«Celeste»: ¿Dónde vas, Carmen Machi?

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Carlos Muñiz Vidal
Carlos Muñiz Vidal
Intento huir de las películas y las series, pero ellas me persiguen. Desde mis estudios de audiovisuales a mi trayectoria profesional en canales temáticos, puede que sea yo el que las persiga a ellas. Fascinado por las historias desde siempre, sean éstas a través del cine, la literatura, el teatro o la televisión, en esta época de plataformas intento buscar esa fascinación oculta en el algoritmo que nos impide descubrirlas.
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Carmen Machi, protagonista de «Celeste», disponible en Movistar Plus+, es una de las actrices más extraordinarias de este país. Una de esas personas que es capaz de transmutar personalidad y personaje, haciendo que un éxito de taquilla como «7 Vidas», devenga en un spin off, «Aida», antes de que supiéramos que era un spin off (y en nuestro pais, antes de que existieran los spin off).

Por su parte, Diego San José, creador y principal guionista de esta serie, no solo es conocido junto a Borja Cobeaga por un inesperado éxito de taquilla llamado 8 Apellidos Vascos, con sus variantes de menos éxito artístico a la par que comercial, sino que reúne en su haber comedias recientes como Vota Juan (también con variantes, se ve que una vez que hay un filón, persevera en él), o comedias no tan recientes como Superlópez, Pagafantas, Fe de Etarras… y demás proyectos de comedia que, en casi todos los casos, se quedan en eso, en proyectos.

Si a este elenco le unimos a una de las mejores cómicas que han surgido últimamente, Aleixa Villagrán (totalmente desaprovechada en esta serie), a Manuel Cobo, con numerosos proyectos cómicos y no tan cómicos a sus espaldas (totalmente almodovariado en esta serie), o a ese despiadado jefe interpretado por Morris (aunque se llame Antonio Durán, a los que tenemos cierta edad como para haber visto la TVG en los 80, siempre será Morris), estaremos de acuerdo en que cuando empezamos a ver Celeste, disponible en Movistar Plus+, vamos a sentarnos a ver una serie de comedia. De otro estilo a, por ejemplo y sin salirse de la plataforma, Poquita Fe, (esta si es comedia, y de la buena), pero al fin y al cabo, comedia.

Pero resulta que con el transcurrir del relato, caemos en la cuenta, no sin cierto dolor por el tiempo empleado en verla, de que no es comedia, o que tiene momentos cómicos, pero sin ser en su conjunto comedia. O que hay tanta amargura en esa inspectora de hacienda enviudada recientemente, en su relación con su profesión, con su hija, con su perro y hasta con el mundo, que impide que la comedia se materialice. Es como si esa amargura fuera tan extrema que permitiera solamente a ratos transformarse en momentos de comedia, en ratos de pasarlo bien viendo las situaciones enrevesadas en las que se ve envuelta.

Y podría ser perfectamente un producto de cierta calidad aunque no nos hiciera gracia, podría ser algo sobre el mundo de los inspectores de hacienda que diera mucho juego, incluso que les humanizara… si eso fuera posible.

Ese aspecto del mundo funcionario que ya se explotaba con gran originalidad en El Ministerio del Tiempo, y que sin duda es lo mejor de la serie, es lo único realmente salvable, con sus chascarrillos sobre procedimientos, sus bromas privadas que no tendrían sentido fuera del entorno en el que se desarrollan, su catálogo de normativas absurdas y de complementos.

Y en ese papel, todos los actores están muy bien, pero la Machi está soberbia, casi se diría que hasta el tono de voz grave y solemne, pero con un punto irónico, es el perfecto para el personaje, y cada situación en la que se ve obligada a explicar un procedimiento administrativo o amenazar a la gente que le pone impedimentos en su labor, con ese lenguaje que parecen entender solo los funcionarios encaja perfectamente como contrapunto cómico a las amenazas, que es lo que son realmente, de una extralimitada funcionaria en su labor inspectora.

Y ahí es en donde se cae la serie.

Porque si no es comedia, si deja de hacer gracia, la Machi ya no te cae tan bien, no haces más que ver extralimitación en su labor, amargura fiscal, revanchismo recaudador (se le había escapado otro millonario antes y es una espina clavada, no dejan de repetirlo en la serie), en definitiva, una serie que hace al personaje protagonista agrio, y a su labor, no precisamente heroica.

Y entonces podría ser otra cosa, un drama, una tragicomedia (tampoco llega a eso), un musical… lo que fuera. Pero claro, eso hay que saber contarlo de otra manera, con otros mecanismos narrativos y habilidades de las que Diego San José, me temo, carece en absoluto.

El caso de la cantante que da nombre a la serie (imagino que no hace falta hacer referencia a Shakira a estas alturas), está interpretado con una candidez muy alejada de su modelo en la vida real por una desconocida actriz que, cada vez que se enfrenta a la Machi, literalmente se la come en la pantalla, dando un mensaje todavía más desolador sobre las intenciones de la serie: parece que hasta en eso, está abusando de ella, hasta tal punto que nos parece inocente.

Cuando la Machi aborda este personaje, es tan buena actriz que te la crees, vaya si te la crees, incluso cuando utiliza el recurso de enseñar su carnet de inspectora a la mínima dificultad, como si enseñara una placa del FBI. Daría igual que hiciera este personaje, si se fuera en medio de la serie a ser trapecista en un circo, también te la creerías, porque Carmen Machi a estas alturas llena una serie por si sola, y lleva cualquier historia donde quiera.

Es la gran suerte que tiene Diego San José con esta serie, porque sino estuviera la Machi, no habría por donde cogerla.

Al inicio de cada capítulo, inconscientemente a medida que pasa la serie, uno puede ver que la duración es superior a la de una serie de comedia, más allá de los clásicos 30 minutos. Es por algo. Es porque no es comedia. O es porque se te hace larga. En cualquier caso, mala señal.

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