La nueva entrega de la mítica película de Ridley Scott llega casi un cuarto de siglo después que su predecesora, y las expectativas eran, inevitablemente, altas. El cineasta todoterreno ha acometido con casi 87 años la continuación de la película que lo volvió a colocar en el mapa tras unos años noventa condenado a proyectos menores, aupándole nuevamente como ese hombre que pudo reinar y que, finalmente, reinó.
Mucho se está escribiendo sobre la película de Scott, y no sin mala baba. Como si hubiera un morbo unánime por presenciar el hundimiento de esta secuela, que está lejos de ser un desastre absoluto, y que pone de relieve los esfuerzos titánicos de un cineasta que alterna proyectos en los que se esmera, con otros que parece perpetrar con el piloto automático, siendo este de los primeros, claramente.
La película toma como protagonista a Lucio (Paul Mescal), el hijo de Lucila (Connie Nielsen), que ha permanecido en el exilio durante 16 años tras la muerte de Máximo, y ve como su nuevo hogar en una región en el norte de África es arrasado. Por si fuera poco, su mujer es asesinada a manos de Acacio (Pedro Pascal), cuyo personaje es un general romano que parece un trasunto del Máximo de la primera entrega. Convertido en prisionero, Lucio verá cómo la historia se repite, y ahora será él quien acabe convirtiéndose en el esclavo que desemboque en Roma para dar espectáculo y, de paso, consumar su venganza.

Si bien las comparaciones son odiosas, resultan inevitables. Y la película no escapa a la alargada y densa sombra de su predecesora, quedando eclipsada por ella, no sin salir relativamente airosa de la jugada. Los paralelismos entre ambas son lo suficientemente evidentes como para pensar en la falta de garra de la secuela, pero existe una pulsión dentro de ella que late con fuerza y que le confieren una energía especial. Y es que Gladiator 2 parece querer reclamar su propio lugar, esforzándose por redimensionar los aciertos de la primera parte al tiempo que intenta expandir su universo y alcanzar una autonomía. Pero todo resulta abocado irremediablemente a la frustración.
Los infantiles títulos de crédito acompañados de una partitura de Harry Gregson-Williams, mucho más opaca que la de su predecesor, ya parecen establecer un diálogo algo torpe con el espectador, que a pesar de los años transcurridos quizás no necesitaba que le recordaran una historia que ya es cultura popular. La inevitable escena de batalla de apertura tampoco consigue enganchar lo suficiente, rodada con un pulso algo más torpe, que recuerda al clasicismo algo perezoso de un Wolfgang Petersen en Troya, y que deja para la posteridad un trabajo de vestuario y arte que trae a la mente el imaginario de Astérix, en particular la adaptación Astérix en Bretaña (Pino Van Lamsweerde, 1986), cuyos uniformes y galeras parecen haber sido una fuente de inspiración para la cinta que nos ocupa.
Esto se debe al trabajo fotográfico de John Mathieson que, pese a los esfuerzos, no consigue igualar la marca de su trabajo en la película original, y que, minado una vez por un digital que Scott sí ha conseguido enmascarar en otras ocasiones, como en El último duelo (Ridley Scott, 2021) en virtud a su alianza con Dariusz Wolski, se da de bruces con un diseño de producción que pretende dar un salto cuantitativo con respecto a la original. Y esto también contribuye a restar interés al conjunto, que se enmarca dentro de unos escenarios que se ven demasiado, y que en la anterior eran mostrados de manera más dosificada, creando un efecto mucho más sugerente e hipnótico. Aquí se apuesta por una fisicidad más descarnada, y la cámara de Scott también parece rehuir la estilización que siempre ha sido marca de la casa. Como si el propio cineasta octogenario tuviera que cargar él mismo con el trípode, el trabajo de puesta en escena de la secuela parece orbitar en torno a una cámara quizás excesivamente estática en algunos momentos, dibujando unos encuadres a los que a veces les falta expresividad y, literalmente, movimiento.
Tampoco ayuda que la película se preste a la inevitable hipertrofia de la que adolecen irremediablemente las secuelas, bajo la honorable premisa de ofrecer al público un espectáculo más grande, y que aquí se traduce en la aparición en escena de uno babuinos infectados de rabia, un rinoceronte y unos tiburones que nadan a sus anchas en el Coliseo durante una naumaquia. Todo ello le resta fuerza a la historia, quedándose como un simple añadido efectista, y llevando a preguntarnos una vez quién fue el ejecutivo que dio luz verde a esos efectos especiales tan lamentables.
A nivel narrativo la película hace un ejercicio de resistencia para mantenerse en lo más alto, y los actores parecen estar muy implicados en dicha labor, dando lo mejor de sí, y tratando de aguantar el embate de su legendaria predecesora. La caracterización de los dos emperadores llevada al paroxismo deviene en un retrato de trazo grueso en el que se echa en falta algo más de conflicto, y Lucila parece asistir al asunto de una forma más bien pasiva, sin poder ejercer ninguna influencia real sobre los acontecimientos. Pero el que tenía todas las papeletas para habernos dado auténtico drama en esta película era el personaje de Pascal, al que los guionistas aniquilan de manera precipitada, privándonos de una lucha cuerpo a cuerpo final que sin duda habría sido el estallido emocional perfecto entre dos personajes, hombres de honor condenados a matarse entre sí.

Pero descartada esa opción tan solo queda rendirnos ante el auténtico jefe de todo esto, el personaje que mejor se lo pasa en la función, por la que se pasea como una estrella del rock, derrochando carisma y deslumbrando con sus blancas carillas. Hablamos, como no, del Tito Denzel, el amo indiscutible del cotarro, que consigue levantar la película en más de una ocasión, a pesar de que su personaje se mueva en una ambigüedad mal trabajada. Mescal, por su parte ofrece una interpretación más que digna, y su personaje no acaba resultando todo lo antipático que cabía esperar con un precedente tan icónico como el Máximo construido por Crowe.
Lejos de ser la catástrofe que muchos se empeñan en demostrar afanosamente, se percibe en Gladiator 2 el suficiente trabajo duro como para mirarla con compasión, resaltando las cualidades que indudablemente tiene, y que se ven lastradas por los aciertos de la obra seminal. No es un caso de segunda parte mala, es un caso de primera parte excepcional, que permanece imbatible a pesar del tiempo que han parecido tomarse para dar con el proyecto adecuado, y del esfuerzo invertido en un proyecto que pedía a gritos que lo dejaran como estaba. Pero sin llegar al Elíseo, tampoco se quema en el fuego del Averno.
Como ya ocurriera con el Megalópolis de Coppola, esta película está rodada por un señor que merece un respeto y, sin afán de ser indulgentes, quizás la película no sea el escenario perfecto para librar en él batallas encarnizadas.