Merced al dinero, no son pocos los creadores que en los últimos años han jugado impunemente con la nostalgia de muchos espectadores, vendiendo remakes y secuelas bajo la premisa de que estaban hechas con alma y aportaban algo diferente. Que eran, en resumidas cuentas, «necesarias». Tras tanto engaño por el que, a menudo, nos hemos dejado arrastrar, en ocasiones con cierto masoquismo y no poca indulgencia, era de esperar que otra nueva entrega de una película de los ochenta fuera puesta en cuarentena, antes de salivar con las expectativas.
Lejos de ese afán impío por rentabilizar el cine con el que crecimos, la tardía secuela del repulsivo y carismático ‘bioexorcista’ sorprende por el mimo con el que está hecha y por respetar el espíritu de la original, redimensionando algunas de sus aristas sin que su tono desenfadado se tambalee.
La historia nos trae de vuelta a la familia Deetz en el contexto de una pérdida. Charles, el entrañable promotor inmobiliario y padre de Lydia (Winona Ryder), ha fallecido devorado por un tiburón tras un accidente de aviación, dejando a Delia (Catherine O’Hara) viuda. Su nieta Astrid (Jenna Ortega), es una adolescente oscura y resabiada, y la relación con su madre es igual de complicada que la que mantenía su progenitora con su madrastra años atrás. Las tres deberán volver al viejo hogar familiar en la pequeña localidad de Winter River y reencontrarse –o encontrarse por primera vez- con unos fantasmas del pasado que han recargado las pilas durante estas décadas.
Con un majestuoso comienzo que homenajea el inicio de su predecesora al mismo tiempo que hace un guiño a la introducción de Ed Wood (Tim Burton, 1994), la cámara nos guía a través de una maqueta hasta la casa de la colina, en cuya ventanita aparece una figura real –¿la Erika atrapada en el cuadro en La maldición de las brujas (Nicolas Roeg, 1990)? -. Rápidamente saltamos a un programa de sucesos paranormales presentado por Lydia, en modo Criswell –curiosamente interpretado en el biopic de Burton por Jeffrey Jones, actor que dio vida a Charles en la cinta original-. La adolescente atormentada es ahora una adulta aún más atormentada que ha conseguido capitalizar su percepción extrasensorial y su trauma, aunque bajo la sombra de un personaje repulsivo que viene a representar la nueva masculinidad pasada por el filtro new age.
Las tres mujeres emprenderán un viaje al pasado y se encontrarán, como no, con ese diablo travieso con ganas de dar la murga que, a su vez, también tendrá que escapar de una amenaza, la encarnada por Delores (Monica Bellucci), un trasunto de novia cadáver con el que el fétido fantasma ha mantenido una relación tóxica centenaria. Las idas y venidas constantes entre el más allá y el más acá marcarán un viaje familiar en el que se solucionarán viejos conflictos, y las protagonistas se enfrentarán a sus fantasmas y demonios, ya sean de apariencia sobrenatural o de carne y hueso.
El jugoso personaje de Rory (Justin Theroux) parece ser el blanco perfecto de todos los odios personales de Burton, ya que encarna el verdadero monstruo arquetípico para el de Burbank, un lobo con piel de cordero, un farsante que se presenta como persona compasiva y sensible y que es, en definitiva, un ser despreciable. Otro que tal baila es Wolf Jackson, un galán noventero trasnochado al que da vida un Willem Dafoe en estado de gracia. Los dos actores se lo pasan en grande y consiguen aportar numerosos matices a sus personajes, algo que por desgracia no logra Monica Bellucci, relegada a un papel que, aunque simpático, acaba siendo testimonial.
Tras unos años en los que el gótico por excelencia parecía haber perdido esa pulsión que lo hizo único en los noventa, y después del duro golpe mortal que supuso Dumbo (Tim Burton, 2019) a unos años de agonía creativa, el cineasta californiano parece haber encontrado una nueva vía subiéndose a lomos del que fue su primer éxito. Y la empresa, aunque simple, no parecía sencilla, y corría grandes riesgos de acabar en catástrofe, si tomamos en consideración otros tristes ejemplos de ocasos artísticos que han buscado en vano redimirse con el reciclaje de éxitos pasados. Ateniéndonos a la paradoja «cambiarlo todo para que nada cambie», aquí Burton no ha tenido que cambiar nada para así, quizás, cambiar el devenir de su trayectoria.
Y el resultado se salda con el desparrame más hiperventilado de una imaginación que parecía marchita desde hace lustros. El escaso uso de CGI y la vuelta a la artesanía stop-motion, hacen de esta película algo muy singular en el panorama actual, y consigue sacar una sonrisa al espectador más escéptico. Los homenajes a La máscara del demonio (Mario Bava, 1960) –no sólo la secuencia cumbre de la película, sino uno de los mejores momentos que ha rodado el cineasta en su carrera- y a ¡Estoy vivo! (Larry Cohen, 1974) –mejor no desvelar nada- aportan una energía delirante que da una pista del renacer que ha sentido Burton durante el rodaje, explotando su vena más juguetona, dándolo todo en la creación de cada criatura y acercándose a la obra original con respeto pero de manera desenfadada.
Sin caer en la solemnidad y profundidad psicológica fruto de estos tiempos oscuros, este nuevo Bitelchús sitúa a las mujeres como auténticas protagonistas de la historia y hace una radiografía de los hombres bastante crítica. Con la excepción del entrañable Bob, los personajes masculinos son aquí lo que los blancos en una telecomedia de negros: estúpidos. Y no solo eso, malvados, vanidosos, egoístas… ridículos. Delores, la novia chupaalmas de Bitelchús, representaría su homólogo femenino, una mujer tóxica que no acepta un no por respuesta y cuya máxima es satisfacer sus deseos aunque tenga que dejar tras de sí un reguero de sangre (o de cuerpos sin alma).
Resulta estéril el debate de comparar las dos películas, separadas por la friolera de 36 años, pero si alguna obra actual podía acercarse a su predecesora, esta es sin duda, Bitelchús Bitelchús. La falta de ambición de la primera, que tan sólo aspiraba a ser un divertimento, y la ambición desmedida de esta por mantenerse en ese tono, hace que las dos convivan en una sana armonía. Cada hallazgo de la original es aquí llevado a otro nivel y resuelto de manera refrescante y con solvencia –ampliando nuevos horizontes en la exploración de la otra vida-, y el relato sobre la familia que subyace se entrelaza de manera orgánica con el delirio que acontece ante nuestros ojos, en un perfecto equilibrio entre profundidad y disparate.
La vuelta de Burton devuelve la esperanza a la generación que lo descubrió cuando empezaba su carrera y siembra la expectativa de que una nueva época fértil puede estar por venir.