La nueva película de Oz Perkins viene avalada por una desmedida campaña de marketing que prometía un nuevo hito en el cine de terror reciente. La estética vintage y su cuidada planificación, dan como resultado una obra que, a pesar de destilar insalubridad de principio a fin, acaba siendo un ejercicio voluntarista muy descompensado en el que tan solo brillan elementos aislados. Así, tras un primer tercio prometedor, todos los ingredientes se deslizan por un embudo sin alcanzar una verdadera cohesión, rozando incluso la nada.
La historia nos introduce en los años noventa, en una América regada por la paranoia y el miedo a las sectas satánicas. La agente del FBI Lee Harker (Maika Monroe) deberá seguir las pistas para resolver el caso de un misterioso asesino en serie con el cual parece tener una conexión singular. Las claves que encuentra a lo largo de su investigación, la enfrentarán con un oscuro secreto que permanecía oculto en su mente, y los acontecimientos se precipitarán por una espiral cada vez más demencial.
La presencia de Nicolas Cage es uno de los puntos más controvertidos de la película. Su caracterización como el antagonista de la cinta, el grimoso Longlegs, se mueve en un tono limítrofe entre lo espeluznante y lo ridículo. Si bien el personaje goza de una de las presentaciones más inquietantes que ha dado el cine, su presencia se va desinflando a medida que avanza la historia, no quedando claro si nos encontramos ante un paria –la escena con la dependienta del supermercado así parece atestiguarlo- o con la encarnación del mal absoluto en la tierra. Su maquillaje -que recuerda al de Gary Oldman en su vertiente monstruosa en Drácula, de Bram Stoker (Francis Ford Coppola, 1992)- , o la inquietante disfonía de su voz, convierten el personaje en un nuevo vehículo para el Cage más histriónico.

Es inevitable pensar que Perkins no supo dosificar los excesos de Cage, que en ocasiones cae en lo ridículo y pone en entredicho el tono de toda la cinta. El personaje remite sin miramientos al Buffalo Bill de El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991), habitando un agujero igual de mugriento y oscuro, y cultivando también curiosas «aficiones». Pero a diferencia del villano encarnado por Ted Levine, Longlegs solo resulta perturbador cuando permanece fuera de cuadro, insinuándose como un mal omnipresente que infecta toda la atmósfera.
Ricos ingredientes mal cocinados que podrían haber dado lugar a la película de terror del año. Resulta doloroso ver cómo todo se va por el retrete de manera irremisible. La voluntad por materializar la idea del mal desemboca en un final explicativo que echa por tierra el poder evocador sembrado en su introducción, y la presencia del antagonista pronto se ve frustrada de la manera más torpe, revelándose como un simple gancho para generar interés en la primera mitad de la película.
Nada de lo que prometía su premisa llega a cristalizar y todo se diluye, algo habitual en las películas que acaban siendo asfixiadas por sus propias ambiciones, y que vagan sin rumbo, sin poder agarrarse a algo que pueda pasar por una historia sólida. Un guion más trabajado habría potenciado los puntos fuertes y habría invertido el sentido del embudo, haciendo que la película fuera de menos a más, pero la premura del cineasta se paga cara, y lo que queda es un artefacto bastante hueco.
La exploración del mal ha sido un tema muy recurrente en el cine de los últimos años y tiene todas las papeletas para tomarle la delantera a las historias de fantasmas, brujas, demonios, o incluso del demonio mismo. Películas como Los sin nombre (Jaume Balagueró), ya atinaron al acercarse a esta abstracción con resultados mucho más perturbadores y, la infravalorada Regresión (Alejandro Amenábar, 2015), también la abordó con igual acierto, aunque desde una óptica completamente racionalista en la línea de Scooby-Doo. Oz Perkins se apresura demasiado en epatar al espectador, y nos abruma con su extensa artillería de malas vibraciones pero, acabada la historia, da la sensación de que en realidad no tenía mucho que contar.
En resumen
Nos quedamos con sus buenas intenciones y con algunos momentos notables que, por desgracia, no son suficientes para reflotar un conjunto mal hilvanado que se hunde en las profundidades del sinsentido. Su medida puesta en escena con ínfulas autorales no es suficiente para arreglar todo este desaguisado, y lo inquietante por lo inquietante, ya no surte efecto en un espectador algo más exigente. Le hubiera venido de perlas tener menos pretensiones, pero quizás eso hubiera frustrado que la película llegara a nuestras salas con esa expectación rodeada de fanfarria posmoderna. Cabe preguntarse si no estamos ya demasiado empachados de películas que empiezan la casa por el tejado.
Una cinta que para muchos ya será de culto y para otros tantos lo será en años venideros. Poco importa que no sea una película redonda, ya que esto, sin duda, la hará más de culto aún.