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«Paradise is burning»: infancias casi rotas

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María Garagó
María Garagó
Guionista, amante de las historias y sus personajes, en cualquiera de las pantallas y fuera de ellas, entendiendo la vida como esencia de la ficción, y la ficción como parte indispensable de la vida.
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Decía Agatha Christie que «una de las cosas más afortunadas que te pueden suceder en la vida es tener una infancia feliz». Por desgracia, no siempre es así. Un niño no siempre es feliz. No siempre puede serlo. Al menos, no de la forma en que deberían serlo los niños. Y no porque él lo haya elegido, los niños no eligen esas cosas, sino porque su entorno se lo impide.

Sobre la infancia y la ausencia de ella reflexiona Paradiset brinner (Paradise is burning). La cinta está dirigida y coescrita por la cineasta sueca Mika Gustafson, premiada a mejor dirección en la Sección Horizontes del Festival de Venecia. Llega a los cines españoles el próximo 7 de junio.

Laura cuida de sus hermanas pequeñas desde que su madre se fue de casa, hace ya meses. Lo hace como puede, con lo poco que tiene, que es, sobre todo, su amor. Cuando los servicios sociales planean una visita, Laura hace todo lo posible por encontrar a alguien que se haga pasar por su madre. Lo hace porque no quiere perder a sus hermanas, pero por el camino termina descuidándolas.

Se entiende que un niño va a la escuela, merienda, juega con sus amigos en el parque, hace alguna actividad extraescolar, quizá… Es lo que entendemos que debería hacer un niño, pero no siempre pasa lo que esperamos. Hay muchos niños y niñas a quienes su familia o su entorno les han arrebatado su infancia. Y no solo ocurre en los países del tercer mundo. En cualquier país hay niños que no van a la escuela, que no meriendan, tan siquiera comen. Pero si algo caracteriza a un niño es su inocencia. Su pureza. Y es gracias a eso que, aunque no tenga qué merendar o no sepa leer, siempre va a encontrar la manera de pasárselo bien. De jugar.

Paradise is burning retrata la infancia y adolescencia casi rotas de tres hermanas abandonadas por sus padres. Tres niñas (ninguna supera la mayoría de edad) que subsisten como pueden. Viven en sociedad, pero al mismo tiempo al margen de ella. Ninguna va a la escuela, ni paga por la comida que se lleva a la boca. Sencillamente porque no pueden.

Cada hermana representa, no creo que por azar, tres momentos determinantes de la vida de una niña. La pequeña, de 6 años, está empezando a ser consciente de lo que ocurre a su alrededor, está empezando a perder esa inocencia pura de los más pequeños, lo cual se materializa muy inteligentemente en la caída de su primer diente de leche. La mediana, de unos 11 años, está entrando en la adolescencia, anunciada por la llegada de la menstruación. Y la mayor, de unos 16 años, se enamora por primera vez. Es un primer amor extraño, con una mujer, bastante más mayor que ella, pero que puede llegarse a entender, pues es la única persona que le ha dado atención y cariño en mucho tiempo.

Creo que lo más importante de la película es que, en este entorno de pobreza, de tiempo detenido, de ausencia de expectativas de vida, estas niñas tienen la capacidad de seguir siendo niñas. Por eso hablo de infancias casi rotas. Estas niñas son capaces de pasarlo bien, de jugar, de reírse, de bailar… porque se tienen entre ellas. Tienen su amor incondicional. Y con eso les vale.

En resumen

Paradise is burning reflexiona sobre qué ocurre cuando una niña crece en un mundo roto, aparentemente sin futuro. Y la respuesta, desde mi punto de vista, es que sigue siendo una niña.

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