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«El último late night»: Entrevista con el diablo

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Sergio Román
Sergio Román
Cinéfilo empedernido y cineasta de vocación. He desarrollado mi trayectoria delante y detrás de la cámara, dentro (haciendo cine) y fuera (escribiendo sobre él). Me gusta Alex Cox y me gusta Michael Bay. Nada humano me es ajeno, y si es de cine menos.
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El found footage del año es la estilización suprema de un subgénero que ha dado más penas que alegrías desde que se popularizara con el bombazo que supuso El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick, Eduardo Sánchez, 1999), hace ya un cuarto de siglo. Tuvo cierto recorrido a través de películas desiguales en sus resultados, pero algunos sucedáneos como Paranormal Activity  (Oren Peli, 2007), sí consiguieron hacer el agosto y unas cuantas secuelas más o menos olvidables. Dejando a un lado la calidad de las obras, el mayor problema cabía encontrarlo en la dificultad para contar toda una historia siendo fieles al punto de vista, limitado al de la cámara que capta las imágenes que son encontradas a posteriori. A este respecto, podemos citar un ejemplo de cine de género patrio que no sólo reventó taquillas, sino que consiguió, además, darle una vuelta de tuerca a estas limitaciones inherentes a la propuesta formal, ramificándose en diferentes puntos de vista a través del uso de varias cámaras en su secuela, y apostando por romper con el formato en su tercera entrega, que se rendía sin complejos a un disfrute completamente omnipresente. Sí, hablamos de Rec (Jaume Balagueró, Paco Plaza, 2007). 

El último late night (Cameron y Colin Cairnes, 2023) también consigue mantener una encomiable coherencia visual, pero ésta deja de ser tan importante cuando, desde la introducción, las propias imágenes parecen establecer de inmediato un pacto inmersivo con el espectador. Sus artífices tienen la ocurrencia de grindhousear la estética, llevándonos a un programa nocturno de variedades en los años setenta. Su presentador, Jack Delroy (David Dastmalchian), no sólo es un hombre que acaba de vivir una tragedia personal, también es una estrella en horas bajas que necesita un pequeño empujón de audiencia para que su programa de entrevistas no sea expulsado de la parrilla televisiva. Para ello, recurrirá a un suculento grupo de extraños invitados con el que pretenderá hacer las delicias –o satisfacer el morbo- de los televidentes durante la noche de Halloween. Ni qué decir tiene que todo se irá a hacer puñetas y la cosa empezará a ponerse de un feo que asusta.

El mayor logro de los hermanos Cairnes es la renovación del moribundo found footage al sumar fuerzas con esta necesidad de buscarnos en décadas pasadas –Anna Biller y sus exploitation retro Viva! y The Love Witch, por citar ejemplos acometidos con un rigor exquisito-, rememorando una nostalgia, la del celuloide, y la de una magia que parece que ya no va a volver. Atrás quedan esas texturas que han dado paso a la nitidez del digital, capaz de captar cualquier impureza en la piel de un actor. Resulta irónico que esa asunción de que el fotoquímico está en vías de extinción, nos ha llevado a muchos a contemplar con la misma fascinación imágenes televisivas de otra época, consolidando la idea de que lo vintage, por el simple hecho de serlo, supone ya en estos tiempos de constantes precipicios estéticos, un enorme cajón de sastre en el que cabe ya cualquier añoranza, por modesta que sea.

No obstante, la película también juega con otros elementos interesantes como la reconstrucción de falsas imágenes de archivo relativas al clima satanista que proliferó en Estados Unidos desde finales de los sesenta, y es en esa referencia a personajes reales -como pudieron ser en el equipo catódico un Dick Cavett, y en el satanista un Anton LaVey- cuando se prende la mecha del imaginario y a los pocos minutos, el espectador predispuesto ya está dentro de este interesante mash up. Unas gotas de El exorcista (William Friedkin, 1973) -o de La semilla del diablo (Roman Polanski, 1968) / Network, un mundo implacable (Sidney Lumet, 1976), como mencionó Kevin Smith- y ya tenemos más que suficiente para salir flipados del cine, sin pedirle muchas más peras al olmo.

Los elementos -porque es una película de elementos- se entremezclan unos con otros con bastante solvencia, y quizás el mayor problema sea un desenlace que pretende jugar a un dramatismo que, si bien es sembrado en los primeros minutos, adquiere un interés desigual durante su desarrollo, quizás porque parece que el tono de la película va por otros derroteros. Se agradece, no obstante, la intención por dotar de profundidad a la historia, pero quizás no hacía falta. En cualquier caso, el background de los acontecimientos narrados dibuja una idea interesante en la medida en que al final, esta película cuenta una historia más vieja que el mundo. Así y todo, lo que queda es un clímax deslavazado, pero no en el buen sentido. Sus responsables dan la espalda a lo que prometía ser un Grand Guignol y abogan por nolanizar el asunto, pero enmarcándolo dentro un onirismo que, si  bien en ocasiones remata la faena con astucia –y con sentido-, a menudo se convierte en un refugio cuando la cosa desbarra o no da más de sí. No obstante, sí que hay momentos bestias que están de rechupete, como la muerte de un personaje al más puro estilo villano de Indiana Jones. Ahí sí que se detecta un esmero a la hora de traer de vuelta la mágica repugnancia de ese cine que nos hizo soñar.

Y para el final, lo que resulta más escalofriante del conjunto: su actor protagonista. Eterno secundario carismático que parece destinado a dar mucho de qué hablar, Dastmalchian lleva la turbiedad de fábrica –en su enigmático rostro- y aquí se convierte en una decisión de casting de lo más acertada, porque su personaje tiene un cierto regusto de personaquecaebienatodoelmundo al más puro estilo John Cusack, pero con un halo ambiguo, a caballo entre lo melancólico y lo oscuro, que sostiene la tensión de toda la cinta. En última instancia, ALERTA DE SPOILER, la historia se sitúa dentro del arquetipo fáustico, y el protagonista consigue rellenar con su interpretación y su sola presencia todo lo que se echa en falta a nivel narrativo, creando un personaje que, bajo la apariencia de tipo corriente, parece albergar un oscuro secreto. Su nombre merece encabezar muchas más carteleras de ahora en adelante.

En resumen

Estamos ante una película única en la que se rompe la cuarta pared desde el principio y en la que los espectadores son llevados de la mano a una fantasmagoría ejecutada con rigor y cariño. Vayan a verla. No lo digo yo, lo dice Stephen King.

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