El pasado 28 de enero Movistar Plus+ estrenaba una de sus producciones originales más esperadas de 2022: “Todos mienten”. La serie creada y dirigida por Pau Freixas contaba con todos los ingredientes para convertirse en uno de los bombazos de la temporada televisiva. A saber, un gran reparto, una trama enrevesada con asesinato de por medio y varios posibles culpables, y un creador, responsable de éxitos como «Polseres Vermelles», «Los misterios de Laura» o «Se quién eres». Y, sin embargo, a pesar de contar con un primer episodio que promete y mucho, la serie va desinflándose poco a poco, con una historia que pretende mostrarse compleja, pero que termina enredada en su propia madeja absurda e histérica. Por lo tanto, lo que prometía emociones fuertes acaba proporcionándonos un relato incoherente, con personajes exagerados y faltos de personalidad y una trama tan vacía como el estómago de Carpanta.
Todos mienten cuenta la historia de Macarena (Irene Arcos), una mujer que aparentemente lo tiene todo en la vida. Tiene dinero, está casada con un reconocido psiquiatra, tiene una hija, es profesora en el instituto, es guapa y es popular. Sin embargo, toda esa fachada perfecta se viene abajo cuando en un video compartido en internet aparece manteniendo relaciones con Iván (Lucas Nabor), alumno suyo e hijo de Ana (Natalia Verbeke), una de sus mejores amigas. Ese video pondrá patas arriba la vida de Belmonte, una apacible urbanización de clase alta, donde nada parece ir mal. Sin embargo, poco a poco iremos descubriendo que bajo las simples apariencias se esconde una realidad en la que los secretos y las miserias no se pueden tapar con dinero. Aunque, siendo honestos, lo que prometía ser un thriller de los no levantarse del sillón, acaba convirtiéndose con el paso de los minutos en un sainete sin mucha gracia.
La serie de Movistar Plus+ (no me acostumbro a la nueva nomenclatura) aspira a ser un thriller de alto perfil, pero mientras avanzamos en la trama, descubrimos que debajo de la superficie no hay nada, solo el vacío. Tras un hermoso escaparate, con un gran reparto, y un primer episodio que sin duda engancha, y atrae nuestra atención, la serie comienza poco a poco el descenso a los infiernos de la locura. Pero, al contrario que Lovecraft, aquí los dioses primigenios son sustituidos por personajes de cartón piedra, en apariencia complejos pero que solo son un mero espejismo.
La serie dirigida por Pau Freixas tiene un arranque potente, que va mostrando detalles del presente y el pasado de los personajes, colocando las piezas de un puzle que en apariencia parece complicado, pero que acaba resultando bastante menos de lo que esperábamos. Las expectativas estaban muy altas, por el reparto, por el director y los (las) guionistas, y por ese arranque prometedor. Sin embargo, Todos mienten en su afán de «imitar» el estilo de otros thrillers como los escritos o basados en las novelas de Harlan Coben (su influencia es clara), no consigue que nos impliquemos en la historia. Ya sea, porque está no nos resulte en absoluto creíble (vale, las historias de Coben son de todo menos creíbles), ya sea porque los personajes resulten antipáticos e inaguantables, desde los adultos a los hijos, o ya sea simplemente porque la trama se alarga en exceso, y los presuntos secretos que ocultan los personajes no dan para seis episodios. En definitiva, un cúmulo de ingredientes que se cargan el guiso, perdón, la serie.
Además, ocurre algo curioso con Todos mienten, y es que conforme vamos avanzando en el relato, aumenta la sensación de que en el fondo la serie (creadores y reparto) no se toma muy en serio a sí misma. Incluso hay algún personaje, como el interpretado por Juan Diego Botto que parece haber mirado detrás de la cortina, y al que solo le falta romper la cuarta pared al más puro estilo de Parker Lewis o Deadpool, y decirnos: «La broma continúa». Y, mientras llegamos al final esta sensación va creciendo, hasta culminar en un último episodio que acaba con un chiste y un guiño cinéfilo.
En resumen
Todos mienten no es lo que parece, o al menos no es lo que nos prometía. No siempre tener un buen reparto, un buen equipo de guionistas y una buena premisa consigue llegar a buen puerto. Detrás de una historia con amigas que se odian, hijos con vidas paralelas, matrimonios imperfectos, amantes estafados, cuchillos japoneses (o coreanos) con vida propia, crisis matrimoniales de verbena, y un asesinato, encontramos una serie con pies de barro, con un bonito envoltorio que esconde un relato descorazonador. Lo que comienza siendo emocionante, termina aburriendo y degenerando en una sinrazón de vaivenes sin sentido, que nos terminan de desenganchar de la historia. ¡Una lástima!