Hacia mucho que no iba al cine. El tiempo para ir, el precio y la oferta, que es siempre repetitiva, no me motivaba lo suficiente para desplazarme a un buen cine a ver algo que merezca la pena.
Tanto en Mundoplus.tv como en otras webs la película del año parece que va a ser Una batalla tras otra, la nueva obra de Paul Thomas Anderson. Todo hace indicar que hay consenso sobre algo que, en la mayoría de los casos casi nunca coincide con esas expectativas. Es algo cíclico.
Existen productos audiovisuales que necesitan una promoción brutal, una defensa a ultranza de lo que proponen antes incluso de que se estrenen, una especie de tirita antes de la herida porque lo que cuentan parece tan diferente, es una propuesta tan original y generan un rechazo tan generalizado por parte la crítica, que necesitan un envoltorio lo suficientemente prestigioso para que te compres una entrada y tengas la paciencia de quedarte a verla.
Luego hay productos que van de eso, pero que en realidad tienen toda una maquinaria detrás para fomentar que se hable de ellos, críticos incluidos, más allá de las virtudes y los defectos que tengan, en plan si se habla tanto de lo buena que es, será porque lo es, no porque yo no vea que lo sea. Incluso cuando la historia, el lenguaje, los diálogos o el propio argumento no sean nada originales y se hayan reconstruido a lo largo de la historia del cine en numerosas ocasiones.
Una batalla tras otra es un producto de ese estilo. Busca su espacio en la promoción audiovisual, más que en el boca a boca, y se rodea de todo un catálogo de adjetivos (única, original, rompedora, etc) para llegar a provocar que uno se compre una entrada, bien envuelto como está este producto para llamar la atención del espectador. Y menudo envoltorio.
Leonardo Di Caprio, Sean Penn, Benicio del Toro… Y Paul Thomas Anderson, un director que hizo dos películas estupendas en sus inicios (Boogie Nights y Magnolia), para posteriormente intentar estar a la altura sin conseguirlo, a lo Francis Ford Coppola.
Anderson es ese tipo de artista, creador, o cualquier otra etiqueta que se le quiera poner, que provoca una reacción totalmente desmesurada por parte de la crítica a sus películas.
Licorice Pizza era una buena película, pero no La Película sobre la adolescencia en California en los 70, entre otras cosas porque la protagoniza una inexpresiva cantante metida a actriz, Alana Haim, cuyo único mérito es formar parte de un grupo musical al que Anderson les hace los videoclips.
Puro Vicio, también inspirada en los 70, era también un buen producto, pero cuyos devaneos argumentales eran tan caóticos (al igual que los de la novela), que te hacían bostezar hacia la mitad, mientras intentabas aguantar la sobredosis de marihuana e interpretación a partes iguales de Joaquim Phoenix.
The Master, también protagonizada por Phoenix, iba sobre el nacimiento de la iglesia de la cienciología, esa otra historia grandiosa, aunque generó menos adeptos. Y Pozos de Ambición, sobre el petróleo, llena de grandes momentos e interpretaciones que se quedaban en multitud de nominaciones y gran expectación, cuando al final se parecía más a uno de esos números de mago: nada por aquí, nada por allá.
Los primeros diez minutos de Una batalla tras otra intentan coger el toro por los cuernos, sorprender, hacer honor a la expectación creada y mostrarte una sucesión de acciones y decisiones de los personajes (en parte porque son la base de la siguiente parte de la película) bastante alejada de lo habitual en el cine de Anderson, salvo en Magnolia: un inicio frenético que te hace pensar por momentos donde está el aburrido Paul Thomas.
Tras algo así, lógicamente, la cosa se calma y viene la parte aburrida e inconexa de la historia, con un Sean Penn convertido en una especie de diablo onmipresente que te saca de la narrativa e inclina la balanza hacia su personaje, dejando un poso de “ah, que era el prólogo” para fundirnos en una gran elipsis.
Cuando hay tantas expectativas provocadas por la brutal promoción de esta película, ese reparto y Paul Thomas Anderson dirigiendo, no puedes evitar subir el listón, esperar que ya en los primeros instantes te sientas fascinado por la historia.
Pero eso no sucede. Esperas Magnolia, una sucesión de escenas de todos los personajes que te levanten de la butaca, pero no hay eso. El planteamiento es fuerte, con unos personajes fuertes que hacen cosas que te seducen, pero que no te impresionan. Todo es bastante trillado, aunque hay una cosa que si está presente y que no te esperas en una pelicula de Paul Thomas Anderson: el humor.
Una revolución, con sus claves a través del lenguaje, los gestos de autoproclamación, las situaciones rocambolescas, tiene en el humor una vía de escape tan poco apropiada, dado lo solemne de lo que se dice, que funciona de un modo muy efectista y original. Probablemente este sea el punto rompedor de la historia, con un Di Caprio que encarna a la perfección ese personaje harto del mundo y la revolución y que sabe ser patético cuando las situaciones se vuelven patéticas, acompañado de un Benicio del Toro metido a Tsen Tsei latino, uno de los mejores puntos de la película.
No hay flashbacks, lo cual significa que la estructura es sólida. Hay personajes que en cualquier otra narración volverían a aparecer más tarde, personajes que siempre representan una tabla de salvación para las historias, una ruta de escape para cualquier guionista. Sería bien en un flasback, bien en una escena nueva que da impulso a la historia. Aquí no. Aquí hay lo que hay, y la historia simplemente sigue adelante.
Y esta es la gran paradoja de Una batalla tras otra. Tras la decepción inicial al estilo “esto no es lo que están diciendo que es” y un poco ayudados por una estructura sólida, el humor, y el desarrollo de la historia, empiezas a prestar atención y dejar atrás las sobre valoradas promociones que te han llevado a estar en una butaca viendo esta nueva película que seguramente no sea la «película del año», pero que te está emocionando y que transcurre de una manera coherente, bien contada, y con un final a la altura.
Y es entonces cuando te preguntas: ¿era necesaria esa promoción?