El pasado martes 14 de enero tuve el gran placer de ver «The Brutalist», la nueva película de Brody Corbet en la que Adrien Brody se mete en la piel de László Tóth, un emigrante obligado a huir de la posguerra de Hungría a USA.
László no es un emigrante común, sobrevive en albergues, trabajando como obrero hasta que conoce a Harrison Lee Van Buren, un magnate que, aunque al principio cuestiona la visión de Tóth, posteriormente se da cuenta de que se trata de un genio de la arquitectura reconocido por la Bauhaus.
Desde entonces Harrison y László desarrollan una relación en la que este hace lo posible para complacer a Lee Van Buren, tanto en lo profesional como en lo personal.
The Brutalist, de forma técnica, grita creatividad, cariño y pasión. Luego, empiezas a nadar en el hilo narrativo de la película y descubres la desolación nacida por la cultura del esfuerzo que marca László durante toda la película.
La delicada situación de dependencia económica de la familia Tóth nos descubre la dinámica de poder que ejercen Harrison y sus hijos a través de bellos planos y diálogos potentes que nos dejan conocer la psicología de los personajes claramente.
Bajo mi perspectiva, The Brutalist, es una historia desgarradora contada de una forma hermosa y poética, con una filosofía muy contundente que explica la evolución natural del argumento.
Es más que comprensible que se haya convertido tan rápidamente en una de las favoritas a optar a un «Oscar».