¿Cuál es el aspecto de un fantasma? A lo largo de la historia del cine, innumerables películas han mostrado espectros, espíritus y presencias fantasmales. Desde la efectiva sábana con dos agujeros a los realistas humanos translúcidos elaborados con CGI, el cine ha intentado convertir en visibles las almas de aquellos que ya no están, pero siguen entre nosotros de algún modo. Sobre el papel, «Presence» es una película de casa encantada, pues narra la mudanza de una familia a una casa suburbana habitada por un ente paranormal. Sin embargo, el interés de la propuesta del nuevo film de Steven Soderbergh está en que el espectador no sabe cómo es el fantasma, porque toda la acción la vemos a través de sus «ojos».
Y es que Presence está entregada al ejercicio de punto de vista que plantea su director. La trama se elabora en base a secuencias aparentemente inconexas que presencia este espíritu y que muestran a una familia rota, buscando pasar página. La carga psicológica de la cinta es muy elevada y deja los acontecimientos en segundo plano, pues el fantasma que da sentido a la película ejerce, casi todo el rato, como un mísero espectador de las acciones. Del mismo modo que un voyeur, el espectro (en el fondo, el espectador) tiene acceso a los momentos más íntimos de la vida personal y familiar de los verdaderos protagonistas que añaden a su lista de preocupaciones el hecho que un fantasma habite su domicilio.
El principal reto técnico del film es recrear los movimientos y percepciones del fantasma, al que nunca vemos. Para ello, Soderbergh ejerce como su propio director de fotografía y construye los desplazamientos del espectro a base de travellings flotantes técnicamente prodigiosos y elegantes. El montaje, construido con poco más que cortes a negro y elipsis temporales le dan una cualidad intermitente, pero perenne, al ente, y dotan de un ritmo tenso a la cinta. Igual de efectivo resulta el diseño de sonido, que se esmera en acentuar cada crujido de la madera y cada brisa como si se tratara de un vídeo de ASMR, acentuado con la atmosférica banda sonora de Zack Ryan.
Soderbergh huye de las respuestas evidentes y deja casi todo a la interpretación, a pesar de un final algo más satisfactorio narrativamente que el resto de la cinta. El fantasma puede ser el trasunto de muchos temas que trata la película, desde la incomprensión que sienten los adolescentes al trauma de una muerte cercana. El director juega con muy pocos elementos (un reparto muy corto, una cámara digital y una única localización) para recordarnos el pulso narrativo que siempre ha demostrado. De algún modo, esta película podría haberla firmado el actual M. Night Shyamalan, alejado de la promesa del cineasta gigantesco que un día fue y dedicado a sus pequeñas obras de género, rebosantes de talento, pero con menos millones invertidos en publicidad.
En resumen
Presence parece destinada al olvido por lo íntimo de su propuesta y lo poco llamativo de los nombres involucrados en ella (más allá de Soderbergh y Lucy Liu), pero vale la pena asomarse a ella, del mismo modo que el fantasma se asoma a la vida de la familia Payne. Su entrega total a la puesta en escena la convierte en una obra radical en su forma, a pesar de ser accesible en su fondo.
