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“La monja II”: Deberías ir pensando seriamente en colgar los hábitos

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Álex Oliveres
Álex Oliveres
En el pasado fui bloguero, actor, monologuista y guionista. Era como un artista del Renacimiento, pero de serie Z. En la actualidad vivo rodeado de DVD’s, cintas de VHS, cómics y libros. Yo lo llamo coleccionismo. Mi terapeuta dice que es síndrome de Diógenes. De tanto en tanto me gusta escribir sobre las películas que veo o de alguna de mis idas de olla.
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Voy a ir directo al grano que sé que muchos de vosotros tenéis prisa: ni siquiera una película tan mediocre como “La monja” se merece una secuela tan espantosa como “La monja II”.

Y eso que la cosa no empieza del todo mal. Su prólogo, sin ser la octava maravilla del mundo, parece prometer que presenciaremos un sano entretenimiento repleto de disfrutables jumpscares. Nada más lejos de la realidad. Tras esta introducción, la película emprende una cuesta abajo que la acabará llevando a uno de los peores clímax finales que ha dado el cine de terror en los últimos años.

La monja II tiene la baza de tener unos personajes conocidos ya de la entrega anterior, pero también tiene el hándicap de que una de sus sorpresas, el hecho de que Maurice esté poseído, ya la conocemos desde el desenlace de la primera parte. Así que esta secuela se ve en la obligación de plantearnos un misterio nuevo con el que intentar captar nuestra atención. Evidentemente, no os desvelaré nada de esté misterio. Lo único que os diré es que Maurice se encuentra trabajando en un internado para chicas, lugar donde ha entablado amistad con una niña que sufre acoso por parte de sus compañeras y de la que está enamorado secretamente de su madre. En el citado internado suceden extraños sucesos, que nosotros sabemos que están causados por el ente diabólico que posee a nuestro amigo “El franchute”, pero el resto no tiene ni idea. Para nosotros, el gran misterio radica en saber qué diablos, y nunca mejordicho, está haciendo la monja ahí.

Por otra parte, tenemos a la hermana Irene, la heroína de la primera entrega, a la que el Vaticano le encomienda la misión de averiguar qué se esconde detrás de unas misteriosas muertes que van sucediendo en distintos puntos de Europa. En esta cruzada se le une la hermana Debra, interpretada por una Storm Reid que ofrece una auténtica masterclass de cómo no se debe actuar nunca en una película de miedo. Juntas harán frente a la amenaza demoníaca a la vez que superan algún trauma personal y una crisis de fe.

La película va avanzando farragosamente sin proporcionar ni el más mínimo susto digno de mención. Y al ser un producto tan blanco, olvidaos de ver alguna escena gore. Hay pocas muertes y las que hay no son nada reseñables. Pero por muy increíble que os parezca, en ningún momento llegas a caer presa de la desesperación. La monja II logra que te convenzas a ti mismo de que todo el tedio que estás soportando será compensado con un desenlace memorable. Y a ver, memorable tal vez lo es. Pero para mal.

De verdad que hay veces que uno no sabe cómo ciertas decisiones de guion pasan todos los filtros habidos y por haber hasta llegar a ser plasmadas en la pantalla. Y el clímax final de “La monja II” tiene varias decisiones absurdas. Y es que ver a la hermana Irene salir literalmente volando después de recibir un puñetazo de Maurice te hace llegar a perder la fe en el ser humano y la ilusión por seguir viviendo. Un clímax que además de absurdo peca de ser excesivamente largo y sin nada de brío o nervio. ¡Ah! Aquí tampoco encontrareis nada de terror. Parece ser que todos los sustos se los han guardado para La monja III.

Llegados a este punto os preguntaréis si hay algo remarcable. Bueno, hay una escena postcréditos que hará gracia a los fans más acérrimos del Warrenverso. ¡Eh! Pero solo a ellos.

En resumen

Veréis, un amigo y yo tenemos una coña recurrente. Siempre que vemos una película de terror que nos parece un desastre, empezamos a apostar sobre cuando tardará en aparecer algún tótem del género defendiéndola a ultranza y citando influencias, que solo percibe él, del cine de terror gótico italiano, de la Hammer e incluso del puto expresionismo alemán. Se me hace difícil de creer que alguien, por muy necesitado de notoriedad y de casito que esté, se pondrá a defender a capa y espada a La monja II. Aunque, bien pensado, siempre hay algún pobre perdedor dispuesto a hacerlo.

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