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«Here»: Un tren eléctrico con destino a la emoción

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Sergio Román
Sergio Román
Cinéfilo empedernido y cineasta de vocación. He desarrollado mi trayectoria delante y detrás de la cámara, dentro (haciendo cine) y fuera (escribiendo sobre él). Me gusta Alex Cox y me gusta Michael Bay. Nada humano me es ajeno, y si es de cine menos.
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El cambio de siglo trajo consigo el secuestro de Robert Zemeckis a manos de la tecnología y algunos ya lo dábamos por perdido, hasta que decidió hacer lo que mejor sabe hacer y nos brindó esa obra descomunal sobre aviación y alcoholismo titulada «El vuelo». Han tenido que pasar más de diez años para que el cineasta de Chicago volviera con otra película a la altura de su talento y, críticas desastrosas mediante, «Here» consigue reunir ese afán por el virtuosismo técnico y tecnológico de su autor con una historia humana que, si bien no consigue ser el nuevo «Forrest Gump», sí acaba resultando profundamente conmovedora.

El discípulo más aventajado de Spielberg crea aquí un artefacto ‘high concept’ que parece abocado a una experimentación formal más propia de Lars von Trier, y al que el cineasta consigue imprimir una emoción que, a priori, parecía improbable. Y es que todo transcurre íntegramente en un salón o, mejor dicho, en un lugar concreto del espacio, desde el cual la cámara contempla impasible, y desde tiempos prehistóricos, la sucesión de fenómenos, eventos y personas que han pasado por allí, hasta centrarse paulatinamente es una serie de historias que se van alternando de manera algo jazzística, y que finalmente acaban cediendo protagonismo a la principal.

Un comienzo que trae de vuelta las aperturas más grandilocuentes de Jonathan Glazer en Under the Skin, y del propio Trier en Bailar en la oscuridad, que presenta una serie de elementos dispersos, colocados y dosificados de manera escalonada con la capacidad milimétrica de un cineasta que sabe qué tecla apretar en cada momento. Así, y en contra de lo que cabría esperar de una premisa tan encorsetada, el aparato formal acaba dejando espacio al aspecto más emocional, que Zemeckis consigue trabajar desde la limitación que, a priori, marca la distancia física de sus personajes con la cámara, demostrando, como ya hiciera en la estupenda Náufrago, que sabe sacar agua de una piedra.

La película, basada en la novela gráfica de Richard McGuire, supone la unión con motivo de su 30 aniversario de toda la plana mayor de Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994). Este referente ineludible y casi buscado por sus artífices se presta a un pulso en el que la cinta que nos ocupa no resulta del todo mal parada. El trabajo de los actores desprende una extraña hermandad entre todos ellos, y profundiza sin caer en estereotipos en las relaciones afectivas y paternofiliales, ofreciéndonos interpretaciones muy comedidas que son una bomba de relojería de la que bullirán momentos verdaderamente conmovedores que, al igual que en la oscarizada película de 1994, desembocarán en esos clímax ‘larger than life’ tan del gusto de los estadounidenses… y de muchos de nosotros.

Destacar la inmensa labor de un Paul Bettany -recuperado del cine de superhéroes y que, a la postre, estuvo en otro artefacto reverso oscuro de este titulado Dogville (Lars von Trier, 2003)- , que aquí interpreta a un hombre que tiene que superarse a sí mismo para poder cuidar de su mujer enferma. Un veterano de guerra con tendencia a la bebida e instalado en la queja, que acabará trascendiendo la prisión mental en la que se encuentra, sanando también la relación con su hijo. Tom Hanks, por su parte, también hará un viaje hacia el perdón y la aceptación, cerrando viejas heridas, y entendiendo el significado de la palabra Amor.

Y, parafraseando al mítico productor Robert Evans cuando trató de explicar de qué iba Chinatown, Here se asemeja también a un estado mental, revelándose el escenario principal como una suerte de prisión donde todos parecen atrapados sin posibilidad de escape. Pero, merced a la inmensidad del tiempo, que todo lo relativiza, es también una prisión con una ventana que siempre permanece abierta hacia lo trascendente, un espacio en constante movimiento en el que nada permanece eternamente, y que mantiene a todos los personajes unidos bajo el manto de lo divino. En otro lenguaje más cristiano, la película tiene ese afán grandilocuente de El atlas de las nubes (Tom Tykwer, Hermanas Wachowski, 2012), con unas pinceladas en su estructura herederas del tándem Iñárritu-Arriaga, unido a grandes dosis del panteísmo de Terrence Malick.

Y es ahí donde la película aterriza toda esa pretenciosidad, convirtiéndola en simple ambición llevada a buen término, creando una propuesta más de andar por casa, nunca mejor dicho, pero bajo el manto de la tecnología. Y el resultado se antoja encomiable por el enorme riesgo de sus intenciones, haciendo gala de las infinitas posibilidades expresivas que todavía puede tener el cine en su vertiente más popular. El uso de la inteligencia artificial y la tecnología ‘deepfake’ para rejuvenecer a sus protagonistas contribuyen, contra todo pronóstico, a revalorizar la experiencia, gracias al buen hacer de su director, y a la propia distancia focal con los actores, que permanecen lejos, ofreciendo unos resultados más satisfactorios que los obtenidos en El irlandés (Martin Scorsese, 2019).

Una obra donde se percibe a un cineasta desatado que está jugando con su tren eléctrico con una intención muy clara, integrando todos los aspectos de la realización cinematográfica en una amalgama perfectamente compactada, que resulta un testimonio de su talento innato para contar historias, y que lo colocan como uno de los grandes cineastas de raza del cine reciente. Resulta refrescante que todavía se lleven a cabo este tipo de disparates en un mundo de franquicias donde todo parece florecer bajo la sombra y el yugo de grandes ‘M’ (McDonalds y Marvel), y en el que el prestigio de un cineasta parece no ser aval suficiente. Pero Zemeckis, al igual que su mentor, todavía goza de una más que merecida libertad que, bien dirigida, todavía puede brindarnos joyas como esta.

Una película imprescindible para entender el buen entendimiento que puede haber entre técnica, tecnología y una buena historia cuando hay una intención clara detrás. Y una muestra más del talento de un cineasta superdotado del que no se habla lo suficiente, y que es capaz de mover (o no mover) la cámara como quien chasquea los dedos.

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