En los años 30, durante la Gran Depresión, surgió en Estados Unidos un subgénero bastante disparatado, la screwball comedy. A saber, comedias de enredo con un ritmo vertiginoso y diálogos afilados, y siempre con la guerra de sexos como telón de fondo. Eran, en resumidas cuentas, una parodia de las comedias románticas. De un tiempo a esta parte, el nombre de Ari Aster se ha asociado a otro par de subgéneros algo más difusos y sin unos códigos tan sedimentados como los mencionados arriba. Si hace unos años se comenzó a invocar en los círculos más culturetas la antipática, pedante y oportunista etiqueta elevated horror, ahora hay otra vertiente de la comedia que el director neoyorquino parece querer poner de moda, y no es otro que la nightmare comedy. Y es que, en tan solo un año, ha estado detrás -como director en una y productor en la otra- de dos soberbias muestras de esta nueva categoría que, acabe o no siendo asimilada por la cinefilia, resulta clarificadora para tratar de definir lo inclasificable de una película que oscila entre lo espeluznante y lo humorístico, sin ningún pudor y sin cortapisas.
A continuación vamos a tratar de medirle la temperatura a esta delirante propuesta. Para ello, habría que comenzar hablando de su director, que no es otro que el noruego Kristoffer Borgli, prolífico cortometrajista y responsable de la también extravagante Sick of Myself, estrenada tan solo un año antes de la película que aquí nos ocupa. El realizador de casi cuarenta años ha madurado de forma notable con respecto a su anterior obra, y consigue dotar a la historia de un ritmo vibrante, que no decae en ningún momento, y que mantiene el interés de su original premisa durante algo más de cien minutos de metraje.
Paul Matthews (Nicolas Cage) es un aburrido padre de familia que imparte clases de Biología evolutiva en la universidad. Su vida transcurre de forma anodina hasta que todo el planeta comienza a soñar con él y su popularidad lo convierte de la noche a la mañana en una rock star. El apocado profesor pasará a ser la celebridad del momento, pero la fama le tiene preparado un nuevo revés y su sueño muy pronto se convertirá en pesadilla.
Al igual que pasaba con Barbie (Greta Gerwig, 2023), la película de Borgli, sin ser en exceso sesuda, sí toca de forma tangencial temas más profundos y consigue hilarlos de forma sólida, desembocando en una lectura que arroja una reflexión bastante certera y con mucha mala leche acerca del mundo que nos ha tocado vivir. El punto de partida tiene su razón de ser en lo que podría definirse como una fuerte activación del inconsciente colectivo a través de una sincronicidad junguiana. El propio Carl Gustav Jung es mencionado por un personaje -no por casualidad, una chiflada- al principio de la historia, y el director se sirve de algunas de sus tesis para ir a lo que parece ser el verdadero meollo de la cuestión, que no es otro que poner el foco en la deriva que está tomando todo este asunto de las redes sociales y la cultura de la cancelación.
Si bien tomamos como base este planteamiento onírico, bastante ingenioso y sugerente, Borgli parece usar ese trampolín para lanzarse a la piscina y hablar del modo en que nos proyectamos en los otros, o incluso en el que nosotros mismos nos proyectamos al exterior. Para Jung, las proyecciones eran esos arquetipos agazapados en las profundidades de nuestra psique que vertemos en un agente externo. Atribuciones, en definitiva, en virtud de las cuales hacemos responsables de lo que nos pasa a los demás y a nuestro entorno, sin tomar las riendas de nuestra vida y sin asumir que lo que estamos proyectando nace de nuestro propio inconsciente. De igual manera, el personaje de Cage, ve cómo esta repentina y efímera fama, mitiga un anhelo de trascendencia que permanecía latente y que se activa y eleva hasta romper todos los marcadores. Se produce, entonces, un crush entre estos dos anhelos, el de proyectarse en el otro y el de proyectarse a sí mismo, abordando así los dos lados del espejo –o de la pantalla- que podemos encontrar en las redes sociales.
Lo inconsciente conecta con el mundo consciente y se establece una transferencia entre esas dos realidades. Realidades que el director no pretende diferenciar desde un punto de vista visual, generando así una confusión entre la realidad y la realidad que nosotros construimos a través de nuestra percepción. Esta dicotomía entre realidad/ficción, consciente/inconsciente, vida real/ imagen que proyectamos en redes, está articulada a través de un planteamiento similar al llevado a cabo por Christopher Nolan en Origen (2010), aunque mientras el realizador británico parecía conferirle un aire de cotidianidad al mundo onírico para despistarnos en su juego de matrioskas, el noruego parece ir en el sentido inverso, otorgándole una pátina de extrañeza al mundo real, invitándonos con ello a redefinir qué es real y qué no lo es, pero ya no sólo como mero golpe de efecto, sino más bien como una invitación a cuestionarnos nuestra mimetización con nuestra propia proyección en el exterior. De igual modo, la sincronicidad que se desata en la película parece apelar a la profunda alienación que estamos experimentando como sociedad, donde todos navegamos a la deriva en un mundo interconectado en el que todo resulta cada vez más efímero e ilusorio. Así, Paul Matthews comprobará cómo su estrellato de ensueño pronto se convertirá en pesadilla, y aquellos que tanto lo amaban por las razones equivocadas, comenzarán a sentir rechazo hacia él, e incluso a celebrar su caída en desgracia, por el mismo motivo.
Y aquí topamos con el que parece ser el eje fundamental de la película, que no es otro que la cultura de la cancelación que tan en boga ha estado los últimos años y que es una consecuencia lógica de esa sincronicidad y de ese eterno proyectarse en el otro, bien sea desde la fascinación o desde el rechazo. En ese camino, el cineasta siembra pequeñas pistas rociando la historia con personajes variopintos que parecen ser el recipiente de algunos de sus odios personales. A saber, la ex-novia abducida por el pensamiento new age, los universitarios de piel fina que necesitan asistencia psicológica tras sufrir pesadillas con su profesor, la trabajadora de una agencia de influencers con aspiraciones de groupie, o el CEO de esa empresa, un hípster narcisista y sin escrúpulos al que encarna el siempre estupendo Michael Cera. Como colofón, Borgli no deja escapar la oportunidad de lanzar un dardo envenenado a la cultura woke, parodiando la presunta diversidad de unos pijos erigidos ahora en portavoces del nuevo statu quo.
La película supone una muestra más del gran regreso protagonizado por Cage en los últimos tiempos. Tras una década plagada de prolíficas incursiones en producciones de medio pelo, el actor ha recuperado el prestigio perdido encadenando un puñado de películas que han gozado de un culto casi instantáneo, siendo Mandy (Panos Cosmatos, 2018) y Pig (Michael Sarnoski, 2021) dos buenas muestras de ello. De entre todas, Dream Scenario bien podría ser la gloriosa culminación a esta etapa, pues establece, en cierta manera, un ejercicio metacinematográfico con la propia figura de Cage como meme, parodiando el impacto que el actor ha tenido en la cultura popular durante los últimos años. Huelga decir que éste ha recibido su primera nominación a un premio importante desde la obtenida hace más de dos décadas por Adaptation. El ladrón de orquídeas (Spike Jonze, 2002). Esta línea difusa entre los dos Cage -el real y el percibido por el público- dotan al filme de un aire casi redentor en el que la estrella trasciende toda expectativa y nos regala una muestra más de ese descomunal talento cuyo insoportable peso es difícil de llevar.
Al igual que es inevitable establecer esa comparación entre el Cage actor y el Cage figura pública, hay otras reminiscencias inevitables de las que se ha escrito en numeras reseñas, desde la evidente influencia de Pesadilla en Elm Street (Wes Craven, 1984), hasta los ecos del mejor Charlie Kaufman -con ¡Olvídate de mí! (Michel Gondry, 2004) y Anomalisa (Charlie Kaufman, 2015) a la cabeza-, o incluso de la ya mencionada Adaptation, a través de la cual Cage ejerce de hilo conductor. Hay otros aromas mucho más sutiles en una partitura de Owen Pallett que recuerda a las colaboraciones de Paul Thomas Anderson con Jonny Greenwood y Jon Brion, o a las de este último con los propios Kaufman y Gondry. Mención aparte merecen algunos guiños en la puesta en escena al cine de Terrence Malick en los que, de forma burlona, sí parece establecerse una diferencia entre sueño y realidad. Esta planificación sorprendente y llena de inventiva, se potencia con la fotografía en 16mm del operador Benjamin Loeb, responsable también de la fotografía de Mandy -a la postre, otra película protagonizada por Cage-, y del propio director, quien también ejerce de editor de la cinta y que, a través de un montaje algo sincopado, consigue mantener el pulso narrativo incluso al desembocar en el cuestionado tercer acto, considerado por muchos como anticlimático.
Una vez llegados al tramo final, parecemos asistir a una concatenación deslavazada de escenas que a ratos evocan el abstracto desenlace de Mulholland Drive (David Lynch, 2001), donde todo parece fundirse en un caos indescifrable y sin asideros y en el que, como mencionamos reiteradamente, es difícil, si acaso no imposible, dilucidar qué es real y qué imaginario. El nombre de Paul Matthews ha sido tachado con una gran X y hasta su propia esposa considera impostada su catarsis. No obstante, a pesar de los numerosos embistes que sufren su reputación y su credibilidad, Paul mantiene una actitud estoica y la interpretación de Cage se resiste a despojarlo por completo de toda dignidad. A este respecto, cabe mencionar ciertos paralelismos entre la composición del personaje que hace Cage y la que hace Paul Giamatti en la reciente -y estupenda- Los que se quedan (Alexander Payne, 2023), así como en el background de ambos y, también, en cierto modo, en la forma en que son tratados por sus guionistas y directores, dejando una ventana abierta a la esperanza.
En resumen
La omnipresente A24 va un paso más allá y lanza una propuesta que resignifica ese cine con aire de modernidad al que nos tiene acostumbrados, y el resultado es una película con muchas aristas que sin duda dará mucho de qué hablar en años venideros, pues aborda cuestiones candentes cuyas consecuencias aún están por determinar.