El largometraje «Caja de resistencia» de Concha Barquero y Alejandro Alvarado llegará a las salas de cines españolas el próximo 12 de septiembre, unos días antes de participar, el domingo 28 de septiembre, en la 57ª edición del Festival de Cine Documental Alcances que se celebra en Cádiz entre el 26 de septiembre y el 3 de octubre de 2025, tras una trayectoria extraordinaria que ha convertido el film en una de las películas documentales más premiadas en festivales —SEMINCI, Jenjou (Corea del Sur), L’Alternativa, Márgenes, Sevilla— y avaladas por la crítica en España el pasado año. Además, la cinta viene precedida de un exitoso estreno en cines en Portugal durante la pasada primavera, en la que ha tenido un recorrido por distintas salas del país vecino.
Con motivo del estreno de Caja de resistencia en cines, tuve la oportunidad de charlar con sus directores, Concha Barquero y Alejandro Alvarado.
¿Qué historia hay detrás de «Caja de Resistencia» y qué os llevó a fijaros en la figura de Fernando Ruiz Vergara?
El documental parte de una investigación sobre Rocío, la única película terminada de Fernando Ruiz Vergara y la primera obra censurada judicialmente en democracia. Pero Caja de Resistencia no se limita a contar la historia de esa película, sino que amplía el foco para recuperar el conjunto de su obra, incluyendo proyectos inconclusos y materiales olvidados. Lo que nos interesaba no era solo rescatar una figura silenciada, sino establecer un diálogo intergeneracional: preguntarnos qué significa hoy recuperar una voz como la suya, qué implicaciones tiene contar desde los márgenes, y cómo la censura de entonces resuena en el presente.
A partir del caso de Rocío, exploramos también los límites de la libertad de expresión, el fracaso como parte del proceso creativo y las condiciones que impiden que muchas obras lleguen a terminarse. Ruiz Vergara fue un cineasta que se atrevió a cuestionar el relato oficial, a nombrar responsables y a buscar conexiones entre el poder político, económico, eclesiástico y cultural. Ese gesto sigue siendo profundamente contemporáneo.
El título «Caja de Resistencia» tiene una carga simbólica potente. ¿Qué significa para vosotros y cómo dialoga con el contenido de la película?
El título nace de algo muy literal: cuando accedimos al legado de Fernando Ruiz Vergara, nos encontramos con sus materiales guardados en cajas. Cajas que contenían su historia, sus películas no realizadas, sus archivos personales. Pero también nos remitía a un concepto político: la «caja de resistencia» como fondo de apoyo solidario en contextos de lucha, especialmente en el sindicalismo. Esa doble lectura nos pareció poderosa.
Por un lado, está la idea de la resistencia cultural: de obras que se resisten al olvido, de creadores que no encajan en los cauces institucionales, de historias que no se ajustan al discurso oficial. Por otro, la necesidad de una red de apoyo, de alianzas, de solidaridad entre generaciones y entre disciplinas para sostener esa resistencia. La película habla de eso: de las ruinas de lo que no pudo ser, pero también de la posibilidad de reactivarlo hoy desde una mirada crítica y colectiva.
¿Por qué sigue siendo tan difícil contar ciertas historias en democracia? ¿Creéis que sigue existiendo censura a día de hoy?
Aunque ya no existe una censura estatal organizada como en el franquismo, hoy vivimos otras formas de censura más difusas, pero igual de efectivas. Hablamos de la censura de mercado, de la presión institucional, de la autocensura y de los mecanismos ideológicos que moldean lo que se puede o no se puede contar. Muchas veces no hace falta prohibir nada: basta con no financiarlo, con no programarlo, con no difundirlo.
Los creadores aprendemos muy pronto qué temas son financiables y cuáles no, qué discursos se celebran y cuáles se evitan. Esa normalización genera una especie de mímesis, incluso en el cine más «crítico», donde lo radical puede volverse una pose. Y mientras tanto, ciertos relatos quedan fuera, simplemente porque no encajan en la lógica de la industria o del reconocimiento.
Lo paradójico es que hoy el discurso sobre la censura ha sido capturado en parte por sectores reaccionarios que se presentan como víctimas. Pero la verdadera censura afecta sobre todo a quienes cuestionan las estructuras de poder. Caja de Resistencia intenta visibilizar esas tensiones.
El documental mezcla archivo, entrevistas, ficción y recreaciones. ¿Cómo fue el proceso de construcción formal y cuáles fueron los principales retos?
Fue un proceso largo, complejo y profundamente artesanal. No somos cineastas a tiempo completo, por lo que la película se fue construyendo a lo largo de varios años, entre otras ocupaciones. La investigación inicial fue clave: bucear en archivos, recuperar documentos, identificar materiales y comprender los proyectos inacabados de Ruiz Vergara. Luego vino la fase de rodaje, que se realizó en distintas etapas, algunas autofinanciadas y otras ya con respaldo institucional.
El gran desafío era cómo representar lo que no existe. ¿Cómo poner en pantalla una película que nunca se filmó? Ahí recurrimos a la fabulación, a la creación digital, a lo performativo. Mezclamos entrevistas, narración en off, documentos históricos, animación y capas visuales que conforman una propuesta más ensayística que expositiva. Queríamos hacer una película política, pero también plástica, sensorial, incluso poética.
No se trataba solo de informar, sino de activar una mirada, de invitar a pensar desde el deseo, desde la posibilidad, desde lo que no fue pero podría ser.

La película también propone una reflexión sobre la memoria histórica y el presente político. ¿Qué papel juega el cine documental en esa disputa del relato?
El cine documental tiene un papel fundamental como contrarrelato. En un país como España, donde el relato oficial sobre la Transición y la dictadura sigue muy instalado, obras como Caja de Resistencia permiten cuestionar las versiones hegemónicas y visibilizar lo que se intenta borrar o suavizar.
Fernando Ruiz Vergara intentó hacer eso en su tiempo con Rocío, y por eso fue censurado. Hoy sigue siendo necesario confrontar el pasado desde el presente, no solo por justicia histórica, sino porque muchas de las estructuras de poder que él denunciaba siguen activas.
El documental no es solo registro: es intervención. Tiene una capacidad de activar el pensamiento crítico, de construir memoria desde abajo, desde las voces silenciadas, desde los restos y las huellas. Y también desde la imaginación, porque recordar no es solo repetir el pasado, sino resignificarlo para proyectar futuros distintos.
Tras años de trabajo, archivos, montaje e investigación, ¿Qué conclusiones personales os deja este proyecto?
La frase que Fernando Ruiz Vergara dice en la película, «queda todo por hacer», resume bastante bien nuestra sensación tras este proceso. A pesar del trabajo encomiable de filmotecas e instituciones, sigue habiendo un patrimonio audiovisual inmenso sin catalogar, investigar o preservar. Y muchas veces ese archivo no está en lugares oficiales, sino en cajas olvidadas, en casas, en discos duros personales.
Para nosotros, este documental ha sido una forma de investigar a través de la creación. No hay separación entre hacer cine e investigar, y ambos requieren tiempo, paciencia, intuición y deseo. También reafirmamos la importancia de lo colectivo, de trabajar desde redes de afectos y colaboración.
Creemos en un cine que trabaje con materiales del pasado para imaginar otra manera de habitar el presente. Un cine que no solo registre, sino que reanime, fabule, cuestione. Porque en ese ejercicio de mirar hacia atrás con atención, también se abre la posibilidad de ver más allá.